El domingo 22 de marzo, cuando el sol caribeño todavía no pesaba sobre el matorral seco de Villanueva, Michel Salas, Jillian Pomare, Salomé Piza, José Marín y el equipo de la Fundación Loros salieron a caminar con una guía botánica bajo el brazo y la intención de ponerle nombre a lo que el bosque lleva años ofreciendo en silencio. Desde el jardín del santuario, donde un uvito cargaba flores y frutos al mismo tiempo, hasta los rincones más áridos donde las ceibas muestran sus huesos en plena sequía, la jornada fue una acumulación de hallazgos que el monte entregaba uno a uno, sin apuro.
El recorrido siguió el llamado camino de la libertad, ese sendero que atraviesa el bosque seco tropical y termina frente a los aviarios donde las guacamayas azules y amarillas esperan el momento de volar. A lo largo del trayecto, el equipo se detuvo unas treinta veces: para comparar una hoja con su ficha, para fotografiar la sangresuela de bayas rojas encendidas entre la hojarasca, para registrar la moringa floreciendo sola en un claro sin que nadie la hubiera sembrado, para documentar el orejero cargado de vainas maduras y flores al mismo tiempo, frecuentado en silencio por ardillas. José Marín guió además a un grupo de estudiantes de Botánica de la Universidad de Cartagena por el mismo bosque, y el santuario cumplió sin anunciarlo su papel de aula abierta.
Al caer la tarde, cuando Michel fotografiaba un ébano joven en plena floración y una guacamaya exploraba sin prisa las ramas de un carambolo, el inventario del día sumaba más de treinta especies documentadas, desde el crucetillo nativo floreciendo frente a la casa hasta la liana de la familia Apocynaceae que sangraba leche blanca al cortarse en el monte seco. Treinta nombres viejos que el bosque ya tenía, y que el equipo se encargó de anotar: así avanza, paso a paso y planta por planta, el conocimiento que sostiene la conservación de estas 520 hectáreas.