En el Cerro el Peligro, Omar comenzó la mañana como siempre: con el sonido de una campana. Ese tañido sencillo, repetido cada día desde el punto de liberación, es ya un código secreto entre los humanos y los cielos. Y los cielos respondieron: dieciocho guacamayas *Ara ararauna* descendieron entre la vegetación, con sus alas azules y amarillas encendidas por el sol radiante de la mañana, y se posaron en los comederos colgantes como si el mundo fuera exactamente del tamaño que debe ser.
Estas aves no son silvestres que pasaban por ahí. Son guacamayas que la Fundación liberó, y que hoy siguen aprendiendo a ser salvajes de a poco, con una red de apoyo todavía tendida bajo sus alas. El aviario de metal entre los arbustos floridos no es una jaula — es una base de operaciones, el último amarre antes de que el monte las reclame del todo. Cada visita al comedero es un paso más en ese proceso que el equipo llama reintegración, y que en el campo simplemente parece dieciocho pares de alas llegando a desayunar.
Un pichón de mochuelo fue encontrado en el patio de un colegio, donde un maestro lo rescató y lo llevó hasta las puertas de la fundación. El trabajador Carlos Andrés recibió al pequeño búho, que se encontraba en una etapa muy temprana de desarrollo, cubierto de plumón grisáceo y con pocas plumas. El rescate quedó registrado en video, mostrando el momento en que Carlos Andrés atiende al polluelo sobre una superficie de concreto, en un entorno con vegetación. Una historia que demuestra cómo la comunidad educativa y la fundación trabajan juntas por la fauna silvestre.
La tarde del 25 de febrero, José Marín andaba por el área de los nuevos cultivadores cuando el monte le devolvió una respuesta inesperada: voces de aves. Entre los sonidos que reconoció estaban las tangaras azuladas, con ese silbido limpio y metálico que tienen, y las guacharacas, que nunca se quedan calladas mucho tiempo. No era un silencio de tierra intervenida — era un sector que ya empezaba a hablar.
Que las aves estén en esa zona tiene su peso. Los nuevos cultivadores representan un cambio reciente en el paisaje, y la presencia de fauna sonora — aunque sea registrada solo por el oído — dice que algo allí les resulta habitable. Las tangaras buscan frutos y follaje; las guacharacas se mueven donde hay cobertura y tranquilidad. José no reportó nada extraordinario, ningún comportamiento fuera de lo común, pero a veces el dato más sencillo es el más importante: los animales están.
Al atardecer del 25 de febrero, un profesor del colegio Moisés Cabeza Junco llegó a la fundación con un búho entre las manos. Lo había encontrado al pie de una ceiba en su finca cerca de Cañaveral, quieto en el suelo. Buscó el nido entre las ramas sin encontrarlo, y decidió traerlo.
Carlos, uno de los trabajadores, lo recibió con la calma de quien conoce el monte. Sin perder tiempo, salió a atrapar dos lagartijas —lobitos, como les dicen por acá en la costa— y el búho se las comió sin dudar, lo que a Carlos le pareció buena señal. "Está bien así", dijo, con esa certeza tranquila que da el trato diario con los animales de la reserva.
Contactamos a Marcela Villadiego, del EPA Cartagena, para trasladarlo al CAV —Centro de Atención y Valoración— donde podrá recibir atención especializada. La historia de este búho empezó debajo de una ceiba, sola y sin explicación, como tantas cosas en el campo. Pero hay quienes saben recogerla.
En la finca Vista Hermosa, Nilson llegó con la novedad antes de que cayera la tarde: los bananitos manzanos ya estaban listos para recoger. Esos guineos pequeños, más dulces y aromáticos que los bananos corrientes, se dan con generosidad en esta tierra, y Nilson —que conoce cada rincón de la finca como la palma de su mano— sabía exactamente cuándo había llegado su momento.
La cosecha de los bananitos manzanos de Vista Hermosa es una de esas alegrías sencillas que uno no se cansa de recibir.
Esta mañana, Omar salió solo al santuario de liberación a cumplir su ronda de alimentación, como tantas otras veces. Pero algo en el aire estaba diferente. Sin apuro, sin más compañía que el sonido del monte desperezándose, sintió que la reserva le hablaba de otra manera —esa forma silenciosa en que la naturaleza se deja ver cuando uno no la está buscando con afán.
Fue entonces cuando los goleros aparecieron. Volaban juntos, en esa danza ordenada que tienen, subiéndose en las mismas corrientes de aire como si se pusieran de acuerdo sin necesidad de palabras. Omar los miró un buen rato. En ese vuelo apretado, en esa confianza entre ellos, encontró algo que lo movió por dentro: la imagen viva de lo que significa mantenerse unidos, de lo que puede hacer una familia que se cuida.
No hubo novedad que reportar, ningún incidente que registrar. Solo un hombre, unas aves, y ese momento quieto en que el campo te recuerda, sin decirte nada, que hay belleza en las cosas simples.
La tarde del 25 de febrero, con el calor pegando duro como suele hacerlo en estas tierras cerca de Cartagena, Angélica Cecilia Mármol llegó al santuario con las manos llenas de flores de Jamaica recién cortadas. Esas flores rojísimas, casi encendidas, que crecen tranquilas en los jardines de la Fundación y que ese día se convirtieron en un jugo frío, ligeramente ácido, del color de un atardecer de verano.
No hubo intermediarios entre la tierra y el vaso: la cosecha, la preparación y el servicio salieron todos de las mismas manos que conocen cada rincón del santuario. Y como si eso fuera poco, al final del recorrido por las 520 hectáreas los visitantes encontraron la recompensa que nadie rechaza bajo este sol: agua de coco bien fría, bajada directamente de los cocoteros de la finca, sin más procesamiento que la sed y un machete.
Hay algo en ese gesto — ofrecer lo que la misma tierra produce, sin adornos — que dice más sobre lo que es la Fundación Loros que cualquier folleto. El santuario no solo se camina. También, de vez en cuando, se bebe.


En la mañana del 25 de febrero, Omar encontró lo que el monte guardaba con descuido: vísceras regadas en el suelo y varios palos de yuca cortados en distintos sectores de la reserva. Alejandro recibió el aviso y fue al lugar. La escena levantó preguntas inmediatas — ¿un campesino que pasó por ahí, un animal, algo más?
Fue precisamente un vecino campesino, Yego, quien se acercó a Alejandro a contarle lo que sabía. Yego explicó que él avisa cuando anda por esos lados, para que no vayan a pensar que es él el responsable. Su gesto de buena fe abrió una conversación más larga sobre quién o qué podría estar detrás: ¿tigrillos?, ¿un gavilán?, ¿los búhos que rondan esa zona? Nada descartado todavía.
De la visita quedaron dos tareas concretas: instalar láminas en los árboles y en las jaulas para protegerlos, y gestionar la posibilidad de levantar una casita de cuidador en el sector, con un perro que ayude a disuadir a los depredadores. La reserva tiene 520 hectáreas y no todos sus rincones tienen ojos. A veces los primeros ojos son los de un vecino que avisa.

Esta mañana, cerca de casa Paraíso, Corina Leonor se topó con una guacamaya azul y amarilla (*Ara ararauna*) entregada por completo a uno de sus placeres favoritos: morder y saborear guayabas verdes, una a una, con esa concentración solemne que solo tienen los loros cuando algo les gusta de verdad. Estaba sola, aunque "sola" quizás no sea la palabra exacta para una individua que ha elegido este rincón de la reserva como su lugar en el mundo.
No tiene nombre todavía, pero el equipo la reconoce sin necesidad de uno. Es la guacamaya que prefiere quedarse cerca de la casa, la que no se pierde entre el monte como hacen otras. Y hay una razón concreta para ese apego: ella y su pareja se apropiaron de uno de los nidos artificiales que la fundación construyó junto a la casa principal, y ahí se instalaron como si siempre hubiera sido suyo.
Para quienes seguimos el programa de liberación, ese detalle vale más que cualquier dato. Una guacamaya liberada que escoge una caja-nido, que consigue pareja, que se queda — eso no es azar. Es el proceso funcionando.
El 25 de febrero, en plena mitad de un recorrido guiado por Corina Leonor, la reserva decidió ofrecer su propio espectáculo sin previo aviso: una pareja de animales sorprendida en pleno cortejo —o algo más que cortejo— ante los ojos atónitos del grupo. Los visitantes, que venían a ver la reserva, terminaron viendo más de lo que esperaban.
Corina cuenta que ninguno de ellos había presenciado algo así antes. Hubo risas, había cómo no haberlas, pero también esa mezcla de asombro genuino que solo da el campo cuando se comporta como campo: sin guion, sin horario, sin pudor. La crónica quedó incompleta sin el nombre de los protagonistas de cuatro patas, pero la escena, dice ella, habló por sí sola.
Estas son las visitas que la gente recuerda. No las que salen perfectas en el libreto, sino las que se desvían de repente hacia algo vivo, inesperado, un poco incómodo y completamente real. Fundación Loros, 520 hectáreas donde la naturaleza no espera a que el tour haya terminado.

Meses atrás, Loreta desplegó las alas hacia un jobo alto y no miró atrás. Nadie la llamó. Nadie la empujó. Simplemente llegó el momento que todos en Fundación Loros habían esperado desde que ella llegó siendo casi una cría, traída de una jaula en Cartagena donde había pasado su niñez entera sin saber que tenía alas. Aprender a volar le costó más que a cualquier otra. Y una vez que voló, volar le costó aún más. Cuando un loro crece así —sin monte, sin bandada, sin árboles—, cada paso hacia la libertad se vuelve una montaña.
Pasaron los meses. No había rastro de la lora número 14. Solo la esperanza, que en este trabajo es lo que reemplaza a la certeza.
Entonces, el 20 de febrero de 2026, Loreta reapareció posada sobre la valla de la reserva, tranquila, con su etiqueta al cuello y las colinas verdes de Villanueva abriéndose detrás de ella. Libre y entera. El agradecimiento, como siempre en estas tierras, les pertenece a los vecinos de la zona —esos que siembran papayas, jobos, cerezos y mangos sin pedirle nada a nadie— y que sin saberlo sostienen, papaya a papaya, la vida silvestre que vuela sobre sus techos.