La sábila que floreció en el patio
El 22 de marzo, Salomé Piza encontró algo que poca gente nota aunque lo tenga enfrente: una sábila en plena flor. La planta estaba erguida en un jardín del área de influencia de la Fundación, con ese tallo largo y firme que lanza hacia arriba cuando le llega el momento, rodeada de sus hojas gruesas y espinosas que guardan agua como un secreto. El sol caía duro sobre el suelo seco, y al fondo, una buganvilla rosada ponía color contra una estructura de madera pintada de vivos.
El Aloe vera —la sábila de toda la vida, la que vive en materas y patios desde hace generaciones— no suele ser el centro de ningún avistamiento. Pero este registro tiene su valor: documenta que en el entorno de la reserva hay plantas con historia larga de uso humano que también florecen, también cumplen ciclos, también merecen que alguien las mire con atención. Salomé la miró, la fotografió y la reportó. A veces así empieza el monitoreo: con lo cercano, con lo que siempre estuvo ahí.