El mamón que carga epífitas en silencio
En el bosque secundario de la Fundación Loros, donde la tierra seca guarda alfombras de hojas caídas y los troncos cortados recuerdan historias más viejas, Michel Salas se detuvo frente a un árbol que no necesitaba anunciarse. Era un mamón — Melicoccus bijugatus, de la familia Sapindaceae — con el tronco gris y robusto partiéndose hacia arriba en ramas que tejen una copa generosa contra el cielo nublado. Sobre la corteza, casi como inquilinos discretos, crecen plantas epífitas que podrían ser bromelias o helechos, instaladas sin pedir permiso.
Ese domingo Michel no registró fauna visitando el árbol — ni loros, ni aves, ni nada que se moviera entre sus ramas. Pero el mamón estaba ahí, firme en las coordenadas 10.4473, -75.2618, con sus raíces superficiales extendiéndose sobre la tierra como dedos quietos. A veces un árbol no necesita testigos para importar; basta con que alguien lo encuentre y diga: aquí está, existe, lo vimos.