El orejero que carga historia y ardillas
Michel lo encontró erguido y solitario en el matorral seco, con el tronco gris dividiéndose hacia el cielo como brazos abiertos: un orejero de gran porte, Enterolobium cyclocarpum, documentado en uno de los sectores más áridos del santuario. Lo que más llamó la atención fue verlo en dos tiempos a la vez — las vainas maduras negras y abultadas colgando junto a pequeñas flores blancas esponjosas, como si el árbol no quisiera elegir entre el pasado y el futuro.
El orejero lleva encima varios siglos de uso. Con sus frutos se prepara el dulce de carito, ese sabor que conocen bien los pobladores del Caribe colombiano, y también sirven para aliviar infecciones de garganta. El tronco y las ramas alimentan hornos de carbón pesado. Pero hay un dato que Michel mencionó casi de paso: las ardillas frecuentan mucho ese árbol, atraídas por sus semillas y vainas. Así, en silencio, el orejero lleva décadas siendo despensa, medicina y refugio.
Queda registrado en las coordenadas exactas donde Michel lo encontró, dentro del matorral tropical seco de la reserva. Un árbol que, al parecer, nunca ha necesitado que nadie le explique para qué sirve.