Ese domingo Michel Salas, Jiliam Pomare y Salomé Piza salieron temprano desde la Casa del Paraíso con una guía botánica bajo el brazo y la intención de ponerle nombre a lo que el bosque seco del santuario lleva años ofreciendo en silencio. El recorrido siguió «el camino de la libertad», ese sendero que termina justo donde los aviarios de Ara esperan el momento de soltar a las guacamayas — un final que le da un peso particular a cualquier caminata por ahí.
A lo largo del trayecto detuvieron el paso unas treinta veces: para comparar una rama con su ficha en el libro, para prensar una muestra entre papeles, para fotografiar flores antes de que el sol del mediodía las marchitara. Ahí estaba la *Caesalpinia pulcherrima* con sus estambres largos como hilos de fuego amarillo, la Moringa de flores blancas puesta junto a su descripción en la guía, el Uvito (*Cordia alba*) recién cortado y todavía fresco, y el Ébano (*Caesalpinia ebano*) con sus vainas oscuras colgando entre el follaje.
Al final del sendero, frente a los aviarios, los tres sonrieron para la foto. Detrás de ellos, las colinas verdes y las flores de colores que bordearon todo el camino. En las manos, treinta nombres nuevos — o mejor dicho, treinta nombres viejos que el bosque ya tenía y que ellos se encargaron de anotar.
Entre la vegetación tupida de la reserva, Michel Salas se detuvo ante un árbol que no pasaba de los cuatro metros pero que lucía como si no le hiciera falta crecer más: un ébano, Caesalpinia ebano, con las flores amarillas encendidas bajo el sol de marzo y las vainas verdes todavía tiernas colgando de las ramas. El árbol es pequeño aún —la especie puede alcanzar portes considerablemente mayores—, pero ya le está cumpliendo al ciclo con toda la seriedad del caso.
El ébano es una especie nativa de la región Caribe, resistente a la sequía y con una generosidad de usos que asombra: su follaje alimenta el ganado, sus flores convocan a las abejas, su madera aguanta lo que le echen. En la Fundación lo registramos también con el nombre popular de guacamayo —aunque vale aclarar que ese apodo no se usa en Villanueva, Bolívar—, y es que al árbol le sobran nombres como le sobra utilidad. Michel tomó seis fotografías que capturan los detalles de las flores, las vainas y el porte completo del individuo, con la vegetación tropical de fondo como testigo. Un buen hallazgo para el inventario de la reserva.
Michel Salas andaba por el santuario cuando la vio: una guacamaya azul y amarilla posada en las ramas de un carambolo que florecía con pequeñas flores rosadas y rojizas entre hojas de verde intenso. Era un solo individuo —una Ara ararauna— y no se inmutó con la presencia del observador. Ahí estaba, curiosa, manipulando el follaje con ese pico curvo y negro que parece hecho para el juego tanto como para comer.
El árbol tenía frutos en desarrollo, todavía verdes y pequeños, y la guacamaya los exploraba sin apuro, como quien revisa una despensa conocida. Detrás de ella, una mata de plátano y el cielo azul despejado del mediodía caribe completaban la escena. Michel registró el momento con fotos y video desde las coordenadas del santuario, al noreste de la reserva.
El carambolo —conocido en la región simplemente como carambolo, aunque pertenece a la familia Oxalidaceae— es uno de esos árboles que se han ganado un lugar en la dinámica del santuario. Que una Ara ararauna lo visite cuando está en plena floración dice algo sobre cómo estos espacios van tomando vida propia, rama a rama.
Michel Salas salió ese domingo con un propósito claro: anotar lo que florece. En un rincón del santuario donde los plataneros extienden sus hojas como toldos y la tierra se mantiene oscura y húmeda, encontró primero una Mussaenda en plena celebración —brácteas rosa pálido y crema rodeando pequeñas flores verdosas, brillantes entre la vegetación densa, como si la planta llevara semanas esperando que alguien la mirara con atención.
Veinticuatro metros más adelante, en el segundo punto del recorrido, el hallazgo fue distinto: una planta silvestre de tallos rojizos y espigas colgantes de color blanco-verdoso, posiblemente un Amaranthus, con las hojas perforadas por insectos que ya habían pasado antes que Michel. Esa herbivoría —esos pequeños huecos verdes— también es datos, también entra al inventario.
Dos puntos georreferenciados, dos especies, dos historias distintas de cómo crece la vida en el mismo sector del santuario. Así avanza el registro botánico de la Fundación Loros: paso a paso, planta por planta, con alguien dispuesto a detenerse y mirar.
Frente a la casa del santuario, entre el césped seco y la sombra de una buganvilla fucsia, Michel Salas se detuvo ante un arbusto que pasaría desapercibido para cualquier ojo apurado. Era un crucetillo —Randia aculeata— con sus tallos espinosos y sus hojas pequeñas de un verde intenso, y esa tarde del 22 de marzo tenía flores: tubulares, colgantes, de un amarillo verdoso apenas abierto, como si todavía estuvieran decidiendo si era hora de mostrarse.
Michel documentó el hallazgo con tres fotografías que capturan el porte del arbusto, su entorno de jardín tropical y esas flores en proceso de apertura. Alrededor, un papayo al fondo y arbustos con flores rosas y naranjas completaban la escena, recordando que incluso el jardín más cotidiano del santuario guarda sus propias historias botánicas.
El crucetillo, de la familia Rubiaceae, es una planta nativa del Caribe colombiano, conocida por sus frutos que sirven de alimento para aves. Tenerla floreciendo a la entrada de la casa no es un detalle menor: es una señal de que el calendario vegetal sigue su curso, puntual y silencioso, en los 520 metros cuadrados de Loros.
Entre las coordenadas que guarda el santuario hay una planta que ese domingo no quería pasar desapercibida. Michel Salas la encontró en plena flor — una Caesalpinia de la familia Fabaceae — con ese amarillo tan encendido que parece robado de un amanecer caribe. Los estambres filiformes se abrían como pequeños fuegos artificiales silenciosos, y entre las ramas colgaban ya vainas alargadas, verdes unas, oscuras otras, señal de que la vida en esta planta va de prisa.
El árbol crece rodeado de compañía generosa: plátanos que lo sombrean, buganvilias rosadas y naranjas que le hacen competencia de color, y un cielo parcialmente nublado que el 22 de marzo no se decidía entre llover o quedarse quieto. Las cuatro fotografías que Michel tomó ese día capturaron flores abiertas, capullos en desarrollo y el porte general del individuo — un retrato completo de una planta que ya tiene nombre, coordenadas y lugar en la bitácora del santuario.
Michel Salas recorrió ayer una franja de vegetación tropical en la Fundación Loros con los ojos puestos en los árboles, no en el suelo. El primero que encontró fue un mamón —Melicoccus bijugatus— alto y frondoso, con una banda blanca rodeándole el tronco para mantener a raya a los trepadores. La caja nido ya estaba instalada entre sus ramas, aunque el árbol llegó sin frutos al encuentro: todavía no es su temporada.
A pocos metros, otro árbol esperaba con más generosidad. El mamey —Manilkara zapota, de la familia Sapotaceae— lucía sus frutos maduros de piel rugosa y color marrón rojizo colgando entre el follaje denso. En el tronco, unas láminas de metal hacían las veces de escudo contra cualquier animal con intenciones de subir. También tenía su caja nido, también instalada de antes, también vacía.
Dos estaciones preparadas, dos puertas abiertas. No había nadie adentro ese domingo, pero las cajas siguen ahí, asomadas entre las ramas bajo un cielo nublado de marzo, esperando al inquilino que todavía no ha llegado.
Entre la hojarasca brillante de un ficus, donde la savia lechosa rezumaba por la corteza como si el árbol sudara bajo el calor de marzo, Michel Salas encontró a un loro de ala naranja posado con la calma de quien lleva toda la mañana en el mismo sitio. El ave estaba sola. Verde intenso del cuerpo, cabeza amarilla, y esa cola encendida en naranja, rojo y amarillo que parece hecha para contradecir la monotonía de la selva.
El Amazona amazonica no se inmutó. Se dejó fotografiar entre las ramas del Ficus —familia Moraceae, uno de esos árboles generosos que produce fruto y sombra a partes iguales— mientras el exudado lechoso del tronco marcaba el aire con su olor característico. No había más individuos cerca. Solo ese loro, ese árbol, y Michel con el ojo puesto en el lente.
En la tarde del 22 de marzo, Michel Salas y Salomé Piza encontraron en los terrenos de la Fundación Loros algo que fácil se pasa por alto entre la hojarasca: una dormilona en flor. La planta, *Mimosa pudica*, crecía sobre suelo seco y tapizado de hojas caídas, con sus ramas delgadas cargadas de botones verdes apenas apuntando, y una flor ya abierta que mostraba sus filamentos blancos con toque amarillo — discreta y precisa, como suelen ser las cosas que más valen la pena.
La dormilona es de esas plantas que casi todo el mundo ha tocado de niño para verla encogerse, pero pocas veces se detienen a mirarla de verdad. Pertenece a la familia Fabaceae, subfamilia Mimosoideae, y su floración en este ambiente de transición estacional dice algo del estado del suelo y la época. Michel y Salomé la fotografiaron y dejaron el registro con coordenadas precisas: 10.4473°N, 75.2620°O. Un hallazgo pequeño en tamaño, pero exacto en lo que cuenta.
Michel Salas anduvo esta tarde por la zona del santuario con los ojos bien abiertos y la cámara lista. Entre los hallazgos del recorrido, encontró una parcela rural donde varias matas de banano —Musa sp.— lucen sus racimos verdes colgando pesados y sus bellotas de color púrpura intenso, esas inflorescencias que parecen un corazón recién nacido. Al fondo, árboles de mango con frutos asomados entre el follaje, y una pequeña construcción de ladrillo con techo de zinc que le da al lugar ese aire de finca caribeña de toda la vida.
Pero el otro descubrimiento del día fue más sutil y quizás más llamativo para quien sepa mirarlo: una planta del género Senna —familia Fabaceae, subfamilia Caesalpinioideae— floreciendo en medio de la vegetación boscosa densa. Michel la sostuvo entre los dedos para mostrarla mejor, y en la foto se ven las flores amarillas abiertas junto a varios botones que todavía guardan su turno. Ese amarillo limpio contra el verde oscuro del bosque es de los colores que el santuario sabe regalar sin avisar.
Dos coquillos sobre la tierra seca
Jillian Pomare llegó ese domingo con dos plantas en la mano, raíces y todo. Las depositó sobre el suelo arenoso y compacto, donde las huellas de pisadas contaban el ir y venir del trabajo de campo. Eran dos ejemplares de Cyperus sp. —lo que en estas tierras conocemos como coquillo o junco— con sus tallos triangulares inconfundibles y sus inflorescencias abiertas como pequeños plumeros: una todavía amarillo-verdosa, la otra ya seca y dorada, como si el tiempo entre las dos hubiera pasado en cuestión de centímetros.
El registro quedó así: dos plantas arrancadas de raíz, depositadas sobre tierra árida, sin más compañía que una hoja seca caída al lado. No había animales, no había gente visible. Solo ese gesto silencioso de sacar algo del suelo para mirarlo de cerca, que es muchas veces el primer paso para entender qué está creciendo —y qué está desplazando— en los terrenos abiertos de la reserva. El coquillo es una maleza tenaz en zonas agrícolas, y su presencia aquí merece atención.
En el bosque secundario de la Fundación Loros, donde la tierra seca guarda alfombras de hojas caídas y los troncos cortados recuerdan historias más viejas, Michel Salas se detuvo frente a un árbol que no necesitaba anunciarse. Era un mamón — Melicoccus bijugatus, de la familia Sapindaceae — con el tronco gris y robusto partiéndose hacia arriba en ramas que tejen una copa generosa contra el cielo nublado. Sobre la corteza, casi como inquilinos discretos, crecen plantas epífitas que podrían ser bromelias o helechos, instaladas sin pedir permiso.
Ese domingo Michel no registró fauna visitando el árbol — ni loros, ni aves, ni nada que se moviera entre sus ramas. Pero el mamón estaba ahí, firme en las coordenadas 10.4473, -75.2618, con sus raíces superficiales extendiéndose sobre la tierra como dedos quietos. A veces un árbol no necesita testigos para importar; basta con que alguien lo encuentre y diga: aquí está, existe, lo vimos.
En un rincón del santuario donde el sendero de tierra se pierde entre la vegetación tropical, Michel Salas encontró algo que no era del todo silvestre: dos buganvilias sembradas, quietas y encendidas en plena floración. La primera, de brácteas rosa fucsia, crece a la orilla de un estanque de aguas verdosas, tan llamativa que parece prendida fuego contra el cielo azul del Caribe. La segunda, blanca cremosa, asoma más discreta entre los troncos delgados de un camino sombreado, como si prefiriera el silencio.
Lo que Michel fotografió no son flores en el sentido estricto: son brácteas, unas hojas modificadas cargadas de antocianinas, los mismos pigmentos que tiñen las moras y las berenjenas. En el centro de cada grupo de brácteas, casi escondidas, sí florecen unas pequeñas flores tubulares blanco-amarillentas. El color que uno ve —ese fucsia que detiene el paso— depende de la luz, del pH del suelo y de la salud de la planta.
Ambas son especies introducidas en Colombia, cultivadas por el ser humano a partir de *Bougainvillea glabra* y *Bougainvillea spectabilis*, originarias de Suramérica pero ajenas a estos suelos del Caribe colombiano. Alguien las trajo, alguien las sembró, y ahí siguen, habitando el santuario con una belleza que no pidió permiso para quedarse.
Michel Salas andaba por el santuario cuando se topó con él: un árbol de limón (*Citrus × aurantiifolia*) que alguien plantó en algún momento, en algún día que nadie supo precisar. Está en las coordenadas 10.4475, -75.2618, dentro del área del santuario de la Fundación Loros, rodeado de vegetación tropical exuberante y de buganvilias rosadas y rojas que se asoman por el fondo como si quisieran contarle algo al cielo azul de esa tarde de marzo.
No hay fecha de siembra. No hay nombre de quien lo puso ahí. Solo el árbol, quieto y arraigado, con sus hojas brillantes filtrando la luz de la tarde, indiferente al misterio de su propio origen. Hay algo entrañable en eso: que alguien, en algún momento, decidió plantar un limoncillo en este rincón del santuario, y que el árbol siguió creciendo sin necesitar que nadie lo recordara.
Queda registrado. Si alguien sabe quién lo sembró y cuándo, la bitácora tiene espacio para esa historia.
Michel Salas caminaba por el predio cuando se topó con algo que no encajaba del todo: un arbusto de hibisco en plena floración, con sus flores rojo-rosadas de pétalos dobles abriéndose al sol de la tarde. Llamativo, sin duda. Pero el *Hibiscus rosa-sinensis* no es de aquí — llegó, como tantas plantas ornamentales, porque alguien un día quiso adornar un jardín.
Las palmeras al fondo y el cielo despejado completaban una estampa tropical, casi de postal. Solo que en la Fundación Loros ese tipo de postal tiene matices: lo que brilla no siempre pertenece. El registro queda en el inventario del predio en las coordenadas 10.4474, -75.2618 — una nota al margen sobre lo que crece en estos 520 hectáreas, lo nativo y lo que llegó después.
El número 2 y sus doce compañeros
Durante años, el guacamayo número 2 cargó con un veredicto que parecía inapelable: era demasiado manso para vivir en libertad. Había crecido tan cerca de los humanos, tan acostumbrado a su presencia, que muchos dudaban de que pudiera encontrar su lugar entre los árboles. Pero los animales, a veces, se encargan de desmentir lo que creemos saber de ellos.
El 21 de marzo, Alejandro Rigatuso lo encontró en el sector de los aviarios de Ara, cerca del Cerro El Peligro, y lo que vio no dejaba espacio para la duda: el número 2 volaba integrado a una bandada de unos doce guacamayos, como si siempre hubiera sido así.
Llevan meses en libertad. Ya no es el guacamayo manso de los aviarios — es uno más entre doce, en una bandada que se mueve y decide junta. A veces la mansedumbre no es una condena, sino simplemente el punto de partida.
En plena época seca, cuando el bosque muestra sus huesos, un grupo de alumnos partió desde La Manga hacia El Peligro guiados por José Marín. El paisaje que encontraron era el del bosque seco tropical sin disimulo: pasto amarillento, arbustos polvorientos y árboles que habían soltado sus hojas como quien se quita un abrigo. En ese escenario de aparente aridez registraron tres ceibas —esos gigantes de corteza gris con espinas que imponen desde lejos— y un orejero (Enterolobium cyclocarpum) que se sostenía solemne entre la vegetación rala.
El hallazgo más curioso del día fue un fruto seco abierto de la familia Apocynaceae, encontrado al inicio del recorrido. La cáscara exterior era verde-grisácea, pero adentro guardaba una sorpresa: una semilla cubierta de fibras rojizas y peludas, como si el árbol hubiera escondido algo suave en medio de tanta aspereza. Alguien lo fotografió con el cielo azul de fondo y el monte pelado al horizonte, y la imagen quedó como un pequeño retrato de lo que el bosque seco es capaz de guardar incluso en sus días más áridos.
El tronador, la enredadera y el fruto que nadie nombra
Michel Salas salió ese domingo por los caminos de tierra de la reserva con la cámara lista y los ojos abiertos. En el primer punto que registró, la vegetación lo recibió con una abundancia callada: una enredadera de frutos rojo-anaranjados partidos en dos, mostrando sus semillas negras como si posaran para él; más arriba, otra trepadora distinta colgaba flores rosa-lila entre el follaje verde contra el azul del mediodía. Y dominando el conjunto, el tronador — ese árbol de porte grande y tronco grueso que la gente de por aquí conoce bien por su nombre, aunque la ciencia todavía no se haya puesto de acuerdo con ellos.
A unos quinientos metros al oriente, el paisaje cambiaba de tono. El camino era más seco, más arenoso, con arbustos que empezaban a acusar el peso de la sequía. Fue allí donde Michel encontró el fruto más curioso del día: pequeño, verde, acanalado, con la forma exacta de una calabaza en miniatura. Lo sostuvo en la palma para fotografiarlo bien. Nadie en el equipo supo decirle el nombre. A veces el monte guarda sus secretos así, sin prisa, esperando que alguien vuelva a preguntar.
Michel lo encontró erguido y solitario en el matorral seco, con el tronco gris dividiéndose hacia el cielo como brazos abiertos: un orejero de gran porte, Enterolobium cyclocarpum, documentado en uno de los sectores más áridos del santuario. Lo que más llamó la atención fue verlo en dos tiempos a la vez — las vainas maduras negras y abultadas colgando junto a pequeñas flores blancas esponjosas, como si el árbol no quisiera elegir entre el pasado y el futuro.
El orejero lleva encima varios siglos de uso. Con sus frutos se prepara el dulce de carito, ese sabor que conocen bien los pobladores del Caribe colombiano, y también sirven para aliviar infecciones de garganta. El tronco y las ramas alimentan hornos de carbón pesado. Pero hay un dato que Michel mencionó casi de paso: las ardillas frecuentan mucho ese árbol, atraídas por sus semillas y vainas. Así, en silencio, el orejero lleva décadas siendo despensa, medicina y refugio.
Queda registrado en las coordenadas exactas donde Michel lo encontró, dentro del matorral tropical seco de la reserva. Un árbol que, al parecer, nunca ha necesitado que nadie le explique para qué sirve.
Bajo un cielo azul de marzo, Michel caminaba por el paisaje rural cuando se topó con él: un totumo de porte mediano, ramas extendidas hacia todos lados, cargado de frutos oscuros y redondeados en distintas etapas de maduración. El árbol estaba solo, sin compañía de pájaros ni mamíferos que vinieran a disputarse esa abundancia. Michel sacó las fotos, registró las coordenadas y lo sumó al mapa de recursos alimenticios de la Fundación.
El totumo —*Crescentia cujete*— es de esos árboles que en el Caribe colombiano uno da por descontado: su fruta aparece en patios, potreros y bordes de camino desde siempre. Pero para las especies que la Fundación protege y rehabilita, un árbol en producción activa es exactamente lo que el mapa necesita: un punto de referencia, una despensa marcada, una promesa de que el alimento está ahí cuando haga falta.
Bajo un cielo azul sin disculpas, Michel Salas se detuvo frente a uno de los árboles más antiguos y reconocibles del santuario: un tamarindo de tronco grueso y copa ancha que ese domingo 22 de marzo lucía cargado de vainas. Las ramas se tendían hacia todos lados como brazos que ofrecen algo, y entre ellas colgaban los frutos oscuros y curvados del Tamarindus indica, confirmando que el árbol atraviesa una temporada fértil.
Michel registró la presencia del individuo con dos fotografías y su ubicación precisa. El árbol ya figuraba en el mapa del santuario, pero el reporte de hoy le añade algo importante: está produciendo fruto, activo, en buen estado. En una zona de vegetación seca como esta, donde el pasto amarillea y los arbustos se aprietan contra el suelo, ese tamarindo es una despensa abierta para la fauna del lugar.
La crónica quedó asentada en la bitácora con coordenadas, fotos y la firma de Michel. El tamarindo seguirá ahí, repartiendo vainas entre quienes sepan buscarlo.
Ese domingo de marzo, Michel Salas caminaba entre los matorrales del santuario cuando los uvitos lo detuvieron: varios árboles cargados de racimos con frutos que iban del verde al amarillo bajo un cielo sin una sola nube. Los fotografió desde abajo, con el follaje cerrándose sobre el azul, y siguió adelante.
Más adentro, entre la maraña de ramas y enredaderas del sotobosque, encontró dos plantas más. Una, que los locales conocen como pica pica: urticante, con vainas secas y frutos, cuya identidad taxonómica exacta queda pendiente de confirmar. La otra, sostenida entre sus manos y cotejada contra la página 69 de la guía de campo, resultó ser moringa — Moringa oleifera — completamente silvestre, con sus hojas pinnadas y sus flores blancas abiertas sobre un suelo reseco de vegetación tropical seca.
Nadie la sembró ahí. Estaba sola, floreciendo sin que nadie la invitara.
Michel Salas caminaba entre el matorral cuando la encontró: una plantita de tallo delgado, hojas ovaladas y, asomando entre el follaje seco, una hilera de bayas rojas tan intensas que parecían recién pintadas. Era la Rivina humilis, conocida en estos parajes como sangresuela, y no tardó en recordar para qué la usan los niños de por aquí — aprietan esas bayitas contra la piel y aparecen con el brazo manchado de rojo, fingiendo heridas que asustan a las madres y arrancan carcajadas entre los amigos.
La planta estaba en plena floración, con sus botones en racimos apuntando hacia arriba y los frutos maduros colgando como pequeñas cuentas de collar. Michel la fotografió en las coordenadas del santuario, en ese rincón de vegetación baja y hierba pajiza donde la Rivina humilis de la familia Petiveriaceae crece casi en silencio, sin llamar la atención de nadie que no sepa buscarla. Pero una vez que la ves, con ese rojo vivo entre tanto verde y tierra seca, ya no puedes ignorarla.
Entre la vegetación densa del santuario, Michel Salas avanzaba despacio por uno de los senderos internos con la mirada atenta de quien sabe que el bosque siempre guarda algo. Era el 22 de marzo cuando, mochila al hombro, se detuvo frente a un árbol que lo detuvo en seco: un Pseudobombax ellipticum en plena floración, con sus flores blancas estallando en racimos de estambres finos como hilos de seda.
La especie, conocida popularmente como algodón de seda, pertenece a la familia Malvaceae y tiene una floración que no pasa desapercibida: esas flores sin pétalos visibles, puro estambre, parecen pompones suspendidos entre las ramas. Michel la fotografió y la registró en el inventario botánico que adelantaba esa tarde en las coordenadas al norte de la reserva.
El hallazgo quedó consignado: un individuo florecido, documentado, en un rincón del bosque por donde pasan los senderos pero no siempre la atención.
El suelo estaba tan agrietado que parecía un mapa partido en mil pedazos. Así encontró Michel Salas el terreno cuando salió a hacer su recorrido de inventario de flora en ese rincón del santuario donde el monte seco aprieta y la vegetación se dispersa como si también buscara sombra. Entre arbustos y vainas colgantes, Michel fue anotando, fotografiando, tocando hojas y frutos con la calma de quien sabe leer el campo.
El hallazgo del día fue una liana. Al cortarla, soltó un exudado abundante —esa "leche" blanca que es seña inconfundible de la familia Apocynaceae, subfamilia Asclepiadoideae. Más adelante, otro regalo: un fruto ya abierto, mostrando hacia afuera sus fibras blancas y sedosas como si ofreciera algo. En la palma de la mano, Michel reunió tres semillas negras con la radícula ya asomando —germinando ahí mismo, al aire libre, listas para que el viento las lleve a otro rincón del santuario.
En total, seis registros fotográficos de una jornada corta pero densa. El monte seco guarda más de lo que muestra a primera vista.
El domingo 22 de marzo, Michel Salas se agachó entre la vegetación espesa de La Manga y encontró lo que el santuario guardaba sin anuncio: una mata de campanillas silvestres con flores azul-violáceas en forma de trompeta, botones verdes apretados esperando su turno para abrirse. Era una Convolvulaceae —probable Ipomoea— creciendo rastrera y discreta entre hierbas secas y plantas enredadas, como si llevara ahí mucho tiempo sin que nadie se diera cuenta.
Michel la fotografió dos veces: primero de lejos, donde se ve el manchón de color entre tanto verde; luego con la mano sosteniendo una rama para mostrar el detalle de los botones. En esa segunda foto queda todo dicho: la planta, la mano, la espesura al fondo. El hallazgo quedó georreferenciado en las coordenadas 10.444474°N, 75.257507°O, un punto más en el mapa vivo del santuario.
Las Ipomoea son maestras del disfraz —aparecen donde menos se espera, trepan, rastrean, florecen en azul cuando el resto del monte está en verde— y este registro de Michel es un recordatorio de que La Manga todavía tiene cosas por mostrar a quien se agache a mirar.
En el sendero de tierra que atraviesa el bosque tropical de la reserva, Michel Salas se detuvo ante una liana que colgaba generosa desde las copas, con ese follaje verde brillante que parece absorber toda la luz de la mañana. Cuaderno en mano, Michel levantó una rama para examinarla de cerca: pertenece a la familia Sapindaceae, un grupo que incluye desde el mamoncillo hasta el guaraná, y que en estos bosques encuentra su expresión más silvestre en forma de bejuco trepador.
Los frutos apenas asomaban, todavía verdes e inmaduros, guardando la promesa de volverse café cuando llegue su hora. Mientras Michel anotaba los detalles, un perro café deambulaba por el sendero detrás de él, ajeno al hallazgo, como si el bosque fuera el lugar más natural del mundo para pasar la tarde. Las coordenadas quedaron marcadas, las fotos tomadas, y la liana siguió colgando sobre el camino, tan quieta y paciente como siempre.
Lo que florece sin que nadie lo siembre
El domingo 22 de marzo, Jillian Pomare recorrió los jardines y zonas boscosas del santuario con la calma de quien no busca nada en particular y termina encontrándolo todo. Entre el pasto verde y la sombra generosa de los árboles grandes, apareció una flor de Canna indica —coral tirando a salmón, con los pétalos abiertos como si llevara días esperando que alguien la notara— que Jillian levantó hacia la luz del sol para inmortalizarla.
Más adentro, el recorrido fue dejando imágenes del santuario en su estado más cotidiano: el follaje ceroso y oscuro de lo que parece un ficus maduro, las ramas extendidas del dosel filtrando el cielo azul de marzo, y el techo rojo de la casita rural asomándose entre la vegetación como parte natural del paisaje. Nada extraordinario en apariencia, pero sí la confirmación silenciosa de que el lugar está vivo y en buen estado.
A veces la bitácora no registra eventos sino presencias. Esto fue uno de esos días.
El domingo 22 de marzo, José Marín entró al bosque de la Fundación Loros acompañado de un grupo de estudiantes de Botánica de la Universidad de Cartagena. El sendero los fue recibiendo poco a poco: primero la sombra espesa de un árbol de ramas abiertas, luego el túnel verde que forma la vegetación sobre el camino de tierra, con la luz del sol colándose entre el follaje y dibujando manchas doradas sobre la tierra. Al fondo, las colinas seguían cubiertas de ese verde que no pide permiso.
Mientras avanzaban, el grupo fue nombrando lo que el monte les mostraba: zarza enredada a los bordes del camino, lianas colgando con esa paciencia lenta que tienen las plantas trepadoras. José reportó que había muchas más especies de importancia botánica en la zona — el inventario estaba apenas comenzando cuando enviaron el último mensaje: todavía seguían adentro, buscando.
Hay algo que vale la pena en una clase de campo que no termina a tiempo porque el bosque tiene más para dar. Eso fue lo que pasó ese domingo en la reserva: el santuario cumplió su papel sin anunciarlo, y los estudiantes se fueron con las manos llenas.
En el sector que los de la Fundación llaman La Manga del Peligro, Michel Salas levantó la cámara hacia el cielo del mediodía y capturó lo que el árbol tenía para mostrar: una copa abierta, generosa, con las ramas terminadas en racimos de frutos blancos como perlas pequeñas. Era un día de sol limpio, de esos en que el azul del cielo sobre Cartagena parece recién pintado.
El árbol es una uvita —Cordia dentata, conocida en estos montes por sus frutos pequeños que atraen aves y mamíferos cuando maduran— y ese domingo estaba bien cargado. Michel no vio animales ese momento, pero los frutos no mienten: cuando la uvita está así de plena, la visita es solo cuestión de tiempo.
Ese domingo Michel Salas salió solo a recorrer La Manga del Peligro bajo un cielo sin una nube, de ese azul intenso que solo aparece cuando el verano aprieta de verdad en la Costa. El matorral estaba en esa transición particular que tanto le gusta a los botánicos: mezcla de verde vivo y marrón seco, ramas entrelazadas cargadas de vainas que crujen con el viento. Michel documentó con cuidado dos puntos GPS y fue registrando lo que el monte tenía para mostrar: una liana con frutos en samara, esas estructuras aladas y ligeras que el viento se llevará lejos cuando llegue la brisa correcta, y varios árboles de la familia Fabaceae con racimos densos de legumbres secas color beige que colgaban pesadas de las ramas.
Pero el hallazgo más preciso del día fue una planta que Michel reconoció sin dudar: Brickellia sp., de la familia Asteraceae, con sus frutos secos y plumosos dispersándose entre la maleza como pequeños cohetes de algodón. Es una especie poco frecuente en los registros de la reserva. Seis fotografías quedaron como testimonio de un sector que, a juzgar por lo que se ve en las imágenes, guarda más de lo que entrega a primera vista.
Michel Salas levantó la vista entre el follaje y encontró lo que el bosque había dejado ahí para quien supiera mirar: una liana de la familia Bignoniaceae trepada entre las copas, con sus vainas largas y oscuras balanceándose despacio contra el cielo azul de marzo. Desde abajo, la masa de ramas y hojas de distintas formas parecía un tejido apretado, casi impenetrable, pero las vainas colgantes la delataban.
Más abajo, en una rama delgada al alcance de la mano, Michel encontró algo más discreto: una ooteca de textura rugosa y color grisáceo, pegada con la firmeza de quien sabe que ahí dentro viene algo importante. Podría ser de mantis religiosa u otro insecto —el campo no siempre entrega todas las respuestas de una sola vez. Lo que sí quedó claro es que en ese rincón de la reserva, entre lianas y ramas entrelazadas, la vida estaba ocupada en sus propios asuntos.
Ese domingo 22 de marzo, Michel Salas entró al monte con el cielo azul intenso que solo da la mañana seca de la Costa. Entre el matorral denso de la reserva, donde las ramas se entrelazan y la hojarasca cruje bajo los pies, encontró al uvito floreciendo de nuevo —la misma planta trepadora de flores blanco-amarillentas que ya ha dejado su huella en otras entradas de esta bitácora— colgada de los arbustos como si no hubiera parado de crecer desde la última visita.
A pocos metros, casi escondida entre la vegetación arbustiva, Michel identificó dos individuos de Urera baccifera, la pringamosa que tanto respeto le inspira a quien la roza sin querer. Allí estaba, con sus hojas lobuladas de verde amarillento, los tallos errizados de espinas finas y los pequeños racimos de flores blancas asomando en la parte alta. No hay que tocarla, pero sí mirarla: en ese rincón de las 520 hectáreas, la pringamosa florece con la misma calma que todo lo demás.
Michel registró cuatro fotografías y dos puntos GPS del área —coordenadas 10.4456°N, 75.2598°O— antes de seguir camino. El monte tropical hace lo suyo, silencioso y puntual.
El 25 de enero, Salomé Piza y Michel Salas caminaron por el matorral de la reserva bajo un cielo despejado de esos que hacen brillar el verde de las plataneras. En el primer punto del recorrido, entre hojas anchas de Musaceae y los penachos verdes del bledo —ese Amaranthus retroflexus que crece sin que nadie lo siembre—, encontraron lo que valía la pena: una Ara ararauna, la guacamaya azul y amarilla, posada quieta sobre el follaje. Está en proceso de rehabilitación, y ese día se dejó filmar sin prisa, como si supiera que había tiempo.
Unos metros más al norte, el monte se ponía más espeso. Salomé y Michel registraron una Fabaceae de vainas secas que colgaban marrones de las ramas —especie pendiente de confirmar— y un arbusto cargado de frutos en todos los estados del tiempo: verdes, naranjas, negros. Era Capsicum frutescens, el ají guai guao, como lo llama la gente del campo por aquí. Con ese último registro cerraron el día, con la reserva mostrando, de a pocos, lo que guarda.
La Casa Plantada despierta en marzo
Gerard O'Neill llegó a la Casa Plantada con cámara en mano y encontró un rincón que parecía haber florecido de golpe. En un solo recorrido registró 14 especies: la buganvilia de púrpura encendido que ya vivía ahí antes de que alguien la nombrara, el corozo esbelto recortado contra el cielo azul, el plátano con su racimo tierno y la flor rosada colgando como un farol, y una Cordia alba —el uvito de la familia Boraginaceae— cargada de frutos verdes en racimos sobre las ramas.
Lo más inesperado fue la Sansevieria en flor. Esta planta de hojas moteadas, que pasa años sin dar señales de floración, apareció con un racimo de flores amarillo-verdosas y estambres finos como hilos. Cerca de ella, las cannas mostraban sus colores: una naranja-salmón sostenida entre los dedos de Gerard, otra rojo-rosado con los capullos aún cerrados. También asomó lo que podría ser un carambolo con sus frutos en formación, y un arbusto con hojas perforadas por algún insecto —detalle menor que el lente no dejó pasar.
La Casa Plantada amaneció ese domingo 22 de marzo con varias especies floreciendo y fructificando al mismo tiempo, como si el sector hubiera acordado mostrar todo de una vez.
Ese domingo de marzo, Michel Salas caminaba por el santuario cuando la flor de una papaya lo detuvo. La planta, una *Carica papaya* de la familia Caricaceae, estaba en plena floración, sus flores abiertas y fértiles bajo el cielo azul intenso de las diez de la mañana. Posada sobre ellas, una mariposa que Michel identificó como *Parides photinus* cumplía su oficio antiguo: ir de flor en flor cargando el polen sin saberlo, sin apuro, con la precisión silenciosa de quien ha hecho lo mismo por millones de años.
Unos pasos más adelante, otro hallazgo lo sorprendió: una planta de ají (*Capsicum sp.*) que nadie sembró, creciendo sola entre la vegetación tropical, con sus frutos verdes todavía firmes y pequeños asomando entre hojas brillantes. Junto a una estructura rústica de palma, la planta había decidido por su cuenta que ese era su lugar. En la Fundación Loros, a veces la naturaleza no espera permiso.
El 22 de marzo, Salomé Piza encontró algo que poca gente nota aunque lo tenga enfrente: una sábila en plena flor. La planta estaba erguida en un jardín del área de influencia de la Fundación, con ese tallo largo y firme que lanza hacia arriba cuando le llega el momento, rodeada de sus hojas gruesas y espinosas que guardan agua como un secreto. El sol caía duro sobre el suelo seco, y al fondo, una buganvilla rosada ponía color contra una estructura de madera pintada de vivos.
El Aloe vera —la sábila de toda la vida, la que vive en materas y patios desde hace generaciones— no suele ser el centro de ningún avistamiento. Pero este registro tiene su valor: documenta que en el entorno de la reserva hay plantas con historia larga de uso humano que también florecen, también cumplen ciclos, también merecen que alguien las mire con atención. Salomé la miró, la fotografió y la reportó. A veces así empieza el monitoreo: con lo cercano, con lo que siempre estuvo ahí.
Campanilla morada entre las piedras del santuario
Fue Michel Salas quien la encontró primero: dos flores de un violeta casi imposible, abriéndose paso entre las piedras y la tierra arenosa dentro del santuario de la Fundación Loros. Era Ruellia simplex, la campanilla morada, con sus pétalos anchos y delicados que contrastan con los tallos rojizos y las hojas largas y oscuras que los sostienen. La luz del mediodía caía directa sobre ellas, haciendo que el color pareciera aún más intenso contra el suelo claro.
Lo que llamó la atención no fue solo la belleza de la planta, sino el lugar: creciendo sola, sin compañía aparente, sobre un terreno árido con guijarros, como si hubiera decidido instalarse ahí por cuenta propia. Michel levantó la cámara y la dejó registrada para la bitácora. Género Ruellia, familia Acanthaceae. Una pequeña nota de color en el mapa vivo del santuario.
Ese domingo de marzo, Michel Salas recorrió el jardín del santuario con la calma de quien sabe mirar despacio. Entre los canteros de cemento y el suelo arenoso que el sol seca sin piedad, fue encontrando una por una las plantas que conviven en ese rincón verde de la Fundación: la Ixora con sus racimos de flores rojas encendidas, la bugambilia derramando su morado sobre las ramas del almendro, y la sábila expandiéndose en rosetas carnosas cerca de la zona de juegos.
Pero fue el uvito —un Cordia alba de porte generoso y copa amplia— el que se robó la tarde. Michel lo fotografió con flores amarillo-anaranjadas y frutos verdes al mismo tiempo, esa rareza fenológica que ocurre entre febrero y marzo en el Caribe colombiano. Especie nativa de Bolívar y de casi toda la costa, el uvito es árbol de muchos oficios: da leña, conforma cercas vivas, alimenta al ganado y a los polinizadores, y ofrece frutos dulces que los humanos también pueden comer. Sus flores han sido usadas en medicina tradicional para el dolor de estómago y la bronquitis.
Lo que las fichas no suelen contar es quién lleva sus semillas al bosque: el murciélago frugívoro Carollia perspicillata, ese pequeño navegante nocturno que trabaja en silencio mientras el jardín duerme.
En la entrada del santuario, donde el camino de tierra se abre paso entre la vegetación tropical, hay una papaya que recibe a quien llega. Salomé Piza la encontró esta mañana cargada de frutos verdes pegados al tronco y con flores amarillas asomando entre el follaje, como si el árbol quisiera mostrar todo lo que tiene al mismo tiempo. Alguien la sembró aquí con intención, junto a una estructura de madera que hace las veces de bienvenida al lugar.
La Carica papaya no es una especie silvestre del santuario, pero su presencia cultivada en este punto tiene una lógica sencilla y generosa: un árbol frutal en la puerta es señal de que el lugar está vivo y habitado. Con el cielo azul despejado de fondo y la espesura verde cerrándose a los lados, esta papaya parece haber encontrado exactamente donde quería estar.
B177 tiene alas pero olvidó usarlas
En el aviario 1, aferrado a la malla metálica con la misma tranquilidad de quien lleva demasiado tiempo quieto, el loro amazónico B177 FL-VN observa el mundo desde su percha sin mayor prisa por despegar. Alejandro lo encontró así esta tarde: plumaje verde brillante con detalles amarillos en la cabeza y manchas rojas en las alas, todo en orden, todo completo. El problema no está en las alas —están enteras— sino en algún lugar más difícil de ver. Este loro simplemente no vuela, o no quiere, o ya no recuerda bien cómo.
El cautiverio deja esa huella silenciosa. No siempre se trata de heridas visibles ni plumas cortadas, sino de un hábito que se fue apagando poco a poco mientras los días pasaban iguales dentro del recinto. B177 necesita que alguien lo convenza de que el aire todavía es suyo. El equipo de rehabilitación empezará a trabajar con él en actividades de estimulación de vuelo, con paciencia, sin apuros —que en este oficio los afanes no sirven de mucho.
El currucutú que no olvidó cazar
Un búho currucutú (Megascops choliba) llegó a la Fundación Loros desde un colegio de la región cuyo nombre no quedó registrado. Era un individuo que necesitaba atención antes de poder seguir su camino, y fue Angélica, representante de la Fundación, quien el 27 de febrero de 2026 lo llevó hasta el CAV —Centro de Atención a Víctimas de la fauna silvestre— para continuar allí su proceso de rehabilitación.
Pocos días después de la entrega, el CAV grabó algo que valía la pena documentar: el currucutú cazando un ratón vivo. En el video se ve al pequeño búho —con sus penachos característicos y esos ojos amarillos que parecen saber demasiado— actuar con la precisión silenciosa que define a su especie. No hubo dudas: el instinto seguía intacto.
Ese momento captado en video es, en el lenguaje de la rehabilitación, una buena noticia. Significa que el camino de regreso está abierto.
El pichón de búho que cruzó tres organizaciones
Un colegio de los alrededores lo trajo sin aviso: un pichón de búho currucutú, pequeño y desorientado, que Carlos recibió en la Fundación Loros y empezó a cuidar desde el primer momento. El 27 de febrero, Angélica lo llevó al Centro de Atención a la Vida Silvestre del EPA Cartagena, donde Marcela —aliada de siempre de la Fundación— y su equipo técnico lo recibieron con guantes y buen trato, listos para lo que viniera.
Lo que vino fue mejor de lo esperado. En el CAV, el currucutú —plumaje grisáceo-marrón, ojos amarillos con esa seriedad que tienen los búhos incluso cuando están bien— ya aparece en video comiendo ratón, que es la señal más clara de que el proceso de rehabilitación va por buen camino. En la foto más reciente, el ave reposa esponjado sobre un montón de ramas verdes dentro de su jaula, como quien sabe que todavía no es hora de irse pero que el momento llegará.
Marcela V. nos envió el reporte desde el CAV el 19 de marzo. El currucutú sigue adelante.
Hay decisiones que se toman caminando. El 19 de marzo, Nicolás recorrió a pie una franja del terreno de la Fundación Loros para resolver una pregunta concreta: dónde van a crecer los dos nuevos aviarios del proyecto Ara. Los primeros, el Aviario #1 y el Aviario #2, ya están construidos y funcionando en el mismo sector, separados apenas por unos metros. Nicolás se movió entre ellos, midió con los ojos, sintió el suelo bajo los zapatos, y empezó a marcar los candidatos para el tercero y el cuarto.
Los cuatro puntos quedaron registrados en un área compacta, lo que sugiere que el complejo de aviarios del proyecto Ara tomará forma como un conjunto concentrado en ese sector de la reserva. Los sitios tentativos para el Aviario #3 y el Aviario #4 están a pocos pasos de los ya existentes, lo que podría facilitar el manejo y el tránsito entre estructuras cuando el programa avance.
Por ahora son coordenadas y terreno por definir. Pero en esos puntos marcados sobre el mapa está la forma que irá tomando, poco a poco, el hogar que el proyecto Ara construye para las guacamayas de la costa caribe.
La pomarosa que alimenta a los que aún aprenden a volar
En la reserva hay un árbol que trabaja sin descanso. Nilson lo encontró cargado hasta los topes: frutos rojos y brillantes de pomarosa —o perita, como la llaman por aquí— apretados entre un follaje denso que casi no deja ver el cielo. El tronco, robusto y de corteza grisácea, sostiene una copa tan generosa que parece no conocer la escasez.
El árbol no pasa desapercibido. Las ardillas lo frecuentan, y los loros silvestres también se dan cita entre sus ramas. Pero hay algo más: los frutos que caen o se recogen de ese árbol terminan en los comederos de la Fundación, como alimento para los loros que todavía están en rehabilitación —esos que aún no saben bien qué hacer con la libertad que se les viene encima.
Fue Nilson quien hizo la presentación oficial, fruto rojo en mano, como quien muestra algo de lo que vale la pena estar orgulloso. Y tenía razón.
Ocho plantas y una papaya arrancada a mano
Corina conoce el sector Casa Guardianes como si fuera su propio patio. Esta tarde llegó acompañada de cuatro visitantes y los fue llevando de planta en planta: primero el limón, luego la piña con sus hojas puntiagudas apuntando al cielo, después la hierba limón que suelta su olor apenas uno la roza. Más adelante, el marañón con sus frutas amarillas y rojas colgando al sol, la poma rosa, el caimito, la guama y el cilantro de monte, esa mata pequeña y discreta que huele a todo lo que su nombre promete.
Los turistas no solo miraron. Olieron, tocaron, probaron. Y cuando llegaron a la papaya, no se conformaron con recibirla cortada: la arrancaron ellos mismos del árbol, con las manos. Ese momento —el peso de la fruta madura, el látex blanco en los dedos, el sol de las tres de la tarde cayendo entre los árboles— es difícil de explicar desde afuera. Corina dice, sin rodeos, que les gustó. Y en ese «les gustó» cabe todo.
Ecos del campo
Evento: 22 de noviembre de 2025
Quince niños bajo la enramada de palma
El 22 de noviembre de 2025, quince niños de la región se sentaron en sillas de madera bajo una enramada de palma, rodeados de la vegetación tropical que caracteriza los alrededores del santuario. Frente a ellos, un cartel negro explicaba paso a paso el procedimiento para reintegrar un ave silvestre a la naturaleza. Ese detalle lo dice todo: no era una charla de grandes palabras, sino de instrucciones concretas para el día en que a uno de esos niños le llegue a la casa un loro o un pájaro herido y no sepa qué hacer.
La actividad fue una alianza entre los biólogos de la Fundación Loros y funcionarios del Hotel Decameron, y fue reportada por Jender Torres, quien estuvo presente desde el principio. Entre los asistentes se coló también un perro de la finca, testigo tranquilo de la tarde. Los niños escucharon, preguntaron, y se fueron con algo que no cabe en ningún folleto: la certeza de que saben cómo actuar. Ese es el tipo de compromiso que la Fundación lleva a las comunidades vecinas, uno que se construye sentado, bajo la palma, con tiempo y sin afán.
Ecos del campo
⭐ Hito histórico
Evento: 10 de junio de 2025
Sesenta y nueve vidas llegaron a Fundación Loros
El 11 de junio de 2025, CORANTIOQUIA hizo entrega a la Fundación Loros de 69 animales: 38 guacamayas azules y amarillas (*Ara ararauna*), 5 guacamayas severas (*Ara severa*), 11 loras cariamarillas (*Amazona autumnalis*), 7 cotorras cabeciazules (*Pionus menstruus*) y 8 titíes cabeciblancos (*Saguinus oedipus*).
Esos números son los que quedaron consignados en el acta de envío. Pero el equipo sabe bien que el camino es largo antes de llegar, y que no todos resisten el viaje. Lo que sí es cierto es que desde ese día, la mañana del 11 de junio de 2025, hubo más alas y más vida en la Fundación.
El 17 de marzo, José Marín salió a caminar por la reserva y el monte le fue entregando sus secretos uno a uno. El primer regalo lo encontró colgando de una trepadora: un fruto de balsamina (Momordica charantia) que ya había reventado solo, abriendo su cáscara para mostrar el arilo rojo brillante que cubre las semillas, encendido como brasas entre las ramas secas. Más adelante, una ardilla se dejó capturar en video mientras saltaba entre los árboles, rápida y sin prestarle mayor atención al observador.
Cerca de allí, casi en el mismo sector, una guacharaca se anunció antes de aparecer — como suelen hacer estas aves ruidosas del trópico — y también quedó registrada en video. El último hallazgo del día fue un termitero de buen tamaño, construido con paciencia de tierra y saliva en medio del matorral, rodeado de arbustos y ramas entrelazadas. Cuatro registros distintos, cuatro puntos GPS, un solo caminante.
José cerró el reporte con la puerta abierta: si algo más aparece en el camino, lo envía.
El martes 17 de marzo, mientras recorría una zona de densa vegetación boscosa dentro de la reserva, José Marín se detuvo ante algo que no era fácil de ignorar: un nido de avispas colgado de una rama, construido en barro, de forma ovalada y con esa coloración beige-amarillenta que lo hacía parecer casi una fruta extraña entre el verde oscuro del follaje.
El nido, de buen tamaño, llevaba las marcas del trabajo silencioso de sus constructoras: capas de barro moldeadas con precisión, adheridas a la rama como si siempre hubieran pertenecido ahí. José tomó las fotos y reportó el hallazgo. En la reserva, ese tipo de estructuras son señal de que el bosque funciona: las avispas polinizan, controlan poblaciones de insectos y ocupan su lugar en la cadena sin pedirle permiso a nadie.
Las coordenadas quedan registradas. El nido sigue ahí, entre las ramas, haciendo lo suyo.
El calor del mediodía caía pesado cuando Omar Enrique Berdugo Cabeza se internó en la reserva con frutas para el grupo de titís. Al llegar al punto de alimentación no había rastro de ellos, así que recurrió al sonido del tanque — ese llamado familiar que los monos ya reconocen — y de a poco aparecieron tres, bajaron a comer, y luego se devolvieron por donde vinieron.
Omar siguió el rastro hasta las coordenadas del refugio y ahí estaban los seis: guarecidos en la vegetación más densa, buscando el fresco que el monte les ofrece cuando el sol aprieta. Mientras el grupo descansaba en la sombra, dos poyonetas merodeaban los alrededores, esas rapaces silenciosas que de vez en cuando recuerdan a los titís que el monte también tiene sus propias reglas.
El registro quedó en nueve videos — algunos aparecieron mezclados en el hilo del B20, dos historias distintas que por un momento compartieron el mismo hilo antes de que Omar las separara. Los seis individuos, completos, frescos, en su refugio.
El B20 regresa a la jaula por un rato
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó esa tarde a la Fundación Loros como llega siempre: con los ojos puestos en todo antes de empezar su ronda de alimentación. Fue así como lo vio. El pionus B20 —un loro cabeciazul arisco, de los que nunca se dejan acercar— estaba quieto en una rama de matarratón, con el plumaje encapotado y una pasividad que no era la suya. Omar se acercó, y el ave no huyó. Eso lo dijo todo.
Lo capturó con una toalla, lo llevó a la sala y encontró las huellas de lo que había pasado: en el ala derecha, marcas de un depredador que intentó atraparlo y no pudo; en la izquierda, dos cañones de vuelo ausentes. Con esas alas, el B20 no podía sostenerse en el aire más de dos metros. Lo pesó —378 gramos—, documentó las lesiones con fotos y videos, y lo reingresó a una jaula con frutas frescas, agua y ramas. Luego le avisó al jefe Alejandro y al compañero Carlos para dejar todo en regla.
El B20 ya había conocido la libertad. La conocerá de nuevo cuando las plumas crezcan y las alas vuelvan a ser suyas. Por ahora, la jaula es refugio, no condena.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó hasta el sitio de alimentación con unas fruticas en la mano y, al no ver a nadie, recurrió al viejo truco: el sonido del tanque, ese tambor que los monos tití ya reconocen de lejos. Hubo que esperar. El santuario se quedó quieto un momento, con el calor de la tarde pegándose a las hojas, hasta que de entre la vegetación empezaron a aparecer uno a uno los seis individuos del grupo. Comieron, y luego partieron de vuelta hacia su zona, como si el compromiso estuviera cumplido.
En esa misma ronda, dos poyonetas andaban merodeando cerca del área, atentas a su propio negocio entre el monte. Omar siguió el recorrido y los encontró a todos refugiados en la vegetación fresca, buscando sombra contra el calor de la tarde. Ahí estaban los seis, quietos, descansando en ese rincón de la reserva que ya reconocen como suyo.
Dos vidas nuevas en Valle Verde
Esta tarde, en el sector de Valle Verde, Angélica Cecilia Mármol Venegas encontró lo que a veces llega sin aviso: dos cabritos recién nacidos echados sobre la tierra húmeda del corral, uno hembra y uno macho, con el pelaje marrón todavía manchado de blanco, como si alguien les hubiera salpicado leche encima. Descansaban quietos, con esa calma propia de quien acaba de llegar al mundo y aún no sabe bien dónde quedó.
Más arriba, en las praderas abiertas que se extienden hacia las colinas, el resto del hato seguía su tarde de siempre: vacas de todos los colores pastando bajo la luz cálida del final del día, y un grupo numeroso bebiendo en el abrevadero natural, rodeado de vegetación tropical y cielo azul. Una escena sin prisa, como corresponde a este lugar.
En la Fundación Loros, el nacimiento de estos dos cabritos en Valle Verde es uno de esos momentos que el equipo de campo registra con cuidado —pasto de calidad, agua limpia, cercado seguro— para que lo que llega al mundo aquí tenga, desde el primer día, todo lo que necesita.
Sin palabras del campo, sin crónica
Omar envió catorce videos a lo largo del día, uno tras otro, sin una sola palabra de acompañamiento. Desde el lado del cronista, los mensajes se acumularon también: preguntas sobre la especie, el lugar, quién estaba, qué había pasado. Ninguna tuvo respuesta.
Los videos llegaron, pero sin voz no hay historia. Una crónica necesita lo que la cámara no siempre captura: el nombre del lugar, el olor a tierra mojada, el dato de quién estaba ahí y por qué importa lo que vieron. Sin eso, estas imágenes permanecen mudas en la bitácora.
Queda pendiente esta entrada. En cuanto Omar o alguien del equipo cuente qué grabaron ese 16 de marzo, la historia encontrará sus palabras.
La ardilla, el rocío y el loro que aprende a callar
Esa mañana, Omar Enrique Berdugo Cabeza recorrió el santuario con un grupo de visitantes que dejaron sus nombres en el olvido pero se llevaron algo más duradero: la imagen de los loros verdes sobrevolando los sectores B12, B11 y B07, posándose cerca, sin miedo, como si llevaran toda la vida esperando compañía. Fue entre ese vuelo y ese asombro cuando apareció, discreta, una ardilla silvestre bebiendo el rocío que la madrugada había dejado dormido sobre las hojas de plátano — uno de esos instantes que el santuario regala sin avisar.
Más adelante, en los aviarios 1 y 4, las guacamayas ya estaban en lo suyo: pimentón, cacahuate, papaya, banano y girasol, el desayuno de siempre, disfrutado con esa solemnidad colorida que solo ellas tienen. Pero fue en el aviario 3 donde la mañana guardó su momento más silencioso. El loro real emitía sonidos imitativos — esa costumbre tan humana que en él suena a trampa — y el equipo, fiel al protocolo, respondió con silencio. Porque aquí la meta no es que el loro aprenda a hablar como nosotros, sino que olvide cómo hacerlo, para que el día que cruce la cerca hacia el monte, vuele libre de todo lo que le enseñamos.