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Camino hacia la Libertad

Bitácora de Fundación Loros


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B214 y su comedero de la Casa del Paraíso

Omar lo encontró sin buscarlo mucho: ahí estaba B214, instalado en el comedero del bosquecito cercano a la Casa del Paraíso como si llevara años siendo el dueño del lugar. El loro —uno de los individuos del grupo liberado que lleva seguimiento en la reserva— no mostró ningún apuro por explorar más allá. Comió en la mañana, comió al mediodía, siguió comiendo en la tarde. Hay algo que da risa y también algo que tranquiliza en la imagen de este animal que decidió que ese rincón de sombra y fruta era suficiente mundo por hoy. Alejandro lo resumió mejor que nadie: "éste se va a poner gordo ahí en el comedero". El equipo tiene registro en video de la observación, una postal quieta de B214 aprovechando, sin afanes, cada visita al plato.

Maicol y el ojo dorado del militaris

Ese viernes Maicol salió al santuario con la cámara Sony Alpha que le prestó Alejandro, y lo que encontró fue un elenco de lujo. El guacamayo verde (Ara militaris) con placa B101 posado sobre madera, ese ojo dorado mirando directo al lente. El escarlata con su rojo que encandila. El azul y amarillo con un ala extendida como si supiera que lo estaban fotografiando. Y el loro de cabeza azul B112, ese azul violáceo en la cabeza que parece pintado a mano. Algunos andaban libres por el santuario — la cámara los encontró entre la vegetación, con el fondo desenfocado y la luz de mediodía filtrándose entre las ramas. Otros estaban en el aviario, agarrando rodajas de mango y naranja con las garras, el pico curvo trabajando sin pausa. Nueve imágenes en total: cuatro especies, dos programas de identificación FL-VN, y un archivo que ya tiene cara de sitio web nuevo.
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Cuatro carasucias y una mesa puesta afuera

El 23 de abril, con la mañana todavía fresca sobre el aviario de Decameron, Omar abrió las puertas y cuatro cotorras carasucia salieron al aire libre. Hasta ese momento habían conocido el mundo desde adentro: troncos de madera, malla metálica, un recipiente con frutas y la vegetación tropical apretada contra los bordes de su encierro. Ese rincón fue su refugio mientras se recuperaban; el cielo abierto, su siguiente paso. Como parte del protocolo de fidelización al sitio, el equipo dejó frutas dispuestas en el exterior del aviario antes de soltar las aves — una manera de decirles, sin palabras, que este lugar también les pertenece. La idea es sencilla y efectiva: que las cotorras regresen por su cuenta, que reconozcan el sitio como propio, que la libertad no sea una ruptura sino una extensión de lo conocido. Una mesa puesta afuera, esperándolas.
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Festín de mangos en la tarde

Hay escenas que no necesitan mucha explicación. Omar lo sabía cuando apuntó la cámara y simplemente grabó: loros entre las ramas cargadas de mango, picando la fruta madura con esa precisión suya, dejando caer cáscaras y semillas al suelo del santuario. Cuatro videos llegaron desde el campo, y en todos se repite la misma historia quieta — el verde de las plumas, el amarillo y rojo del mango, el ruido sordo de los picos trabajando. No hizo falta más palabras que las que mandó Alejandro: "Loros comiendo mango, no hay nada más bonito." Tiene razón.

José Marín camina los límites del cerro El Peligro

Desde el piedemonte de Arenal hasta la cima del cerro El Peligro, José Marín —encargado de seguridad de la Fundación Loros— recorrió hoy a pie cada tramo del sendero y confirmó algo que vale la pena registrar: todo el trayecto transcurrió dentro de las tierras de la institución. En el camino fue saludando a los campesinos vinculados a la Fundación, Daniel Otero Ríos, Vidal Galindo Ríos y Efraín Almeida Castillo, y se cruzó con el señor Juancito, quien se detuvo un momento junto al cartel de Área Protegida para posar con el pulgar en alto. El único que no apareció en su punto fue Luis Emiro Ricardo García, cuyo rancho amaneció vacío, como que no se acercó por esos lados hoy. Al llegar a la parte alta del cerro, José encontró un lago que guarda más promesa que agua: el líquido entra y se escapa sin quedarse, y habrá que recobrarlo. Desde ahí, sin embargo, la vista es de esas que detienen a cualquiera —un panorama que conecta visualmente con las aguas de Arenal que corren ladera abajo. Entre las piedras del cerro El Peligro también registró unos cactus que el sol de la tarde volvía casi dorados, una imagen que pocas veces se piensa cuando se habla de esta reserva caribe.
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El B173 cruzó la malla hacia el monte

Este 22 de abril, Alejandro recorrió los senderos del santuario con la cámara al hombro y la jornada le dio de todo. Lo más significativo ocurrió en el aviario #1: el loro amazónico B173 FL-VN fue liberado. Antes de salir, el ave posó tranquila sobre una barra metálica, con su medallón verde colgado al cuello como si supiera que era la última foto dentro de la malla. Después, el monte. A pocos pasos de allí, el B214 FL-VN sigue su propio calendario. Verde con manchas amarillas en la cabeza y rojas en las alas, este individuo observa el mundo desde su recinto mientras avanza en rehabilitación — todavía no es hora, pero el plumaje ya lo dice todo. Más adelante en el recorrido, dos loros amazónicos reposaban sobre una plataforma de madera elevada entre la espesura, ajenos al trajín, como si llevaran semanas siendo dueños del lugar. Al fondo de uno de los senderos, colgada de una estructura metálica entre el follaje, una caja nidal espera. La luz de la tarde se filtraba entre los árboles cuando Alejandro la fotografió: silenciosa, lista, instalada para cuando alguien decida que ese rincón también puede ser hogar.
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Juancito y el letrero que protege el monte

Hay un letrero verde plantado en la orilla del predio, donde el terreno despejado se encuentra con la sombra del bosque. Dice lo que no se puede hacer aquí: no cazar, no quemar, no talar. Lo administran la Fundación Loros e Inversiones Riman S.A.S., y unas cámaras lo vigilan las veinticuatro horas. Ese día, José Marín vino desde la Fundación a hacer una visita de inspección al área protegida, cerca de Cartagena. Lo acompañó Juancito, uno de los campesinos de la zona. Se paró junto al cartel con el pulgar en alto y las botas de caucho bien puestas, como quien conoce ese pedazo de tierra mejor que nadie. No hacía falta decir mucho más: la foto lo contaba todo. El monte detrás, el sol encima, y ese hombre posando al lado de las reglas que él mismo ayuda a respetar.
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Siete cactus esperando en El Peligro

El sendero de tierra del Sector El Peligro guardaba, entre su vegetación tupida y sus sombras de mediodía, una sorpresa vertical: siete cactus columnares que se alzaban entre los arbustos como centinelas silenciosos. José Marín los recorrió uno a uno bajo la luz solar que se filtraba entre las copas, documentando su presencia en lo que fue un censo y reconocimiento del sector. Posiblemente del género Cereus —el mismo que los campesinos de la Costa llaman cardón—, estos ejemplares crecen integrados a la vegetación tropical densa que bordea el camino, una combinación poco común que mezcla lo seco con lo frondoso. Las fotografías que trajo José muestran los cactus como parte natural del paisaje: el suelo de tierra con hojas caídas, los troncos acanalados subiéndose por entre el follaje verde, y ese silencio de monte que solo rompe el viento. Siete ejemplares registrados, un sector mejor conocido, y un nombre que por ahora no intimida: El Peligro resultó ser, esta tarde, un lugar tranquilo para contar cactus.
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La manga del pueblo, bajo vigilancia

Hay entradas a la reserva que no son senderos trazados en ningún mapa, sino caminos que el tiempo y el paso de la gente fueron dibujando sin permiso. La manga del pueblo es una de esas. José la conoce bien, y por eso la incluyó en su recorrido de control de hoy: llegar, mirar, confirmar. En el árbol de tronco grueso que marca ese acceso, el letrero verde de la Fundación Loros seguía en su sitio, firme, anunciando que esto es área protegida y que la caza, la quema y la tala no tienen cabida aquí. Nada fuera de lo normal. Ningún rastro que encendiera una alarma. A veces eso —la calma, el orden, el letrero intacto— es exactamente la noticia. José siguió su camino. El punto quedó registrado en las coordenadas 10.426319, -75.245452, como un nuevo pin en la memoria de la reserva.
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Desde arriba, las jaulas y las ciénagas

José Marín llevaba un rato caminando la ladera cuando encontró el punto. No lo buscaba — fue llegando, como suele pasar con los buenos lugares. Desde esa cima en las coordenadas 10.4281°N, 75.2449°O, el santuario entero se tiende abajo: el bosque espeso con las instalaciones de la Fundación semiocultas entre la vegetación, las jaulas de liberación asomando entre las copas, y más allá, quietas y plateadas bajo el cielo de abril, las ciénagas. En primer plano, una zona abierta — terreno pelado, arbustos ralos, la huella de lo que el monte perdió — contrasta con la densidad verde que empieza metros más abajo. Pero lo que José notó ese miércoles no fue la herida sino la brisa, y la vista. Desde allí se puede ver al mismo tiempo el lugar donde los animales esperan y el lugar al que van: las jaulas y las ciénagas en un mismo horizonte, como si el camino entero cupiera en una sola mirada. El punto quedó registrado en la bitácora del santuario como uno de los miradores más valiosos del área. José siguió su expedición.
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Treinta y siete regresos entre El Paraíso y Los Guardianes

En la franja verde que une las fincas El Paraíso y Los Guardianes, el 22 de abril el EPA Cartagena abrió jaulas y soltó el aliento contenido de 37 animales que volvían al monte. Nueve canarios salieron disparados al primer árbol que encontraron; un jilguero menor los siguió de cerca. Dos boas se deslizaron sin prisa entre la hojarasca, mientras ocho iguanas se perdieron entre las ramas con esa elegancia antigua que tienen los reptiles. Alberto, encargado de la finca El Paraíso, estuvo presente para ver el momento en que siete morrocoyes patirrojos tocaron tierra libre por primera vez en quién sabe cuánto tiempo. No todos salieron ese día. Los cuatro titíes cabeciblancos —especie endémica del Caribe colombiano— ingresaron a un encierro de pre-liberación donde pasarán tres semanas aprendiendo, o recordando, lo que significa vivir sin rejas. También encontraron su camino hacia el bosque dos rositas, tres zarigüeyas juveniles, un tumbayegua y una perra que, por algún giro del destino, compartió la jornada con sus compañeros silvestres. Cuando el sol pegaba duro sobre el límite entre las dos fincas, el terreno ya había absorbido a casi todos. Quedaba el silencio particular que dejan los animales cuando desaparecen entre la vegetación: la señal de que todo salió bien.

Tres loros reales al cielo de abril

El martes 21 de abril, Omar llegó al santuario con una jornada que pocos días pueden igualar: tres liberaciones de loros reales en un mismo amanecer. Uno por uno, B180 del aviario uno, B228 del aviario dos y B60 del aviario tres, abrieron las alas sobre las 520 hectáreas de la Fundación Loros y encontraron, al fin, el aire sin malla de por medio. El B180 no tardó en elegir su primer sitio: un guácimo, tranquilo, como si llevara toda la vida posado ahí. El B228 apareció después cerca de una estación de frutas —papaya, sandía cortada sobre una bandeja de metal— explorando con esa cautela curiosa que tienen los animales cuando el mundo de repente se vuelve enorme. El B60, por su parte, tomó el camino del bosquesito, el rincón más tupido de la reserva, y se perdió entre el verde. Los tres llevan en la pata la marca de lo que fueron: números en una etiqueta, plumaje verde brillante con amarillo en la cabeza y rojo en las alas, todo el retrato de la Amazona ochrocephala en su mejor versión. Hoy, gracias al trabajo silencioso de Omar y su equipo, esos números ya vuelan.
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Titíes entre mangos verdes en el piedemonte

José Marín salió solo al sector piedemonte con la señal apenas alcanzando para mandar una ubicación GPS de vez en cuando. En ese recorrido encontró dos árboles que valía la pena dejar en el registro: un camajorú de veinticinco metros, con el tronco claro elevándose entre el follaje verde intenso de la selva, y más adelante —lejos del primero— un árbol de mango cargado de frutos verdes todavía sin madurar, rodeado de arbustos y monte tupido. Fue cerca del mango donde apareció la sorpresa del día: una manada de titíes, entre cinco y seis individuos, moviéndose entre las ramas. El tití gris o tití cabeciblanco (Saguinus leucopus) es una especie endémica de Colombia, con distribución restringida a la región Caribe y el Magdalena Medio, y su presencia en la reserva es siempre una buena señal. José alcanzó a registrarlos en foto y video antes de que se perdieran entre la espesura. El piedemonte, ese día, tenía más vida de la que se ve a primera vista.
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Cuatro cabeciblancos en el piedemonte

Hacía poco, José Marín había visto uno solo entre los árboles del sector piedemonte — un tití cabeciblanco quieto, sin compañía aparente. Era la clase de avistamiento que deja más preguntas que respuestas. Pero esta mañana del 21 de abril, el mismo sendero le devolvió algo distinto: movimiento entre las ramas, voces pequeñas, y al menos cuatro individuos moviéndose juntos. Un macho, una hembra, y más agitación en la copa de los árboles que dejaba adivinar el resto del grupo. El tití cabeciblanco (Saguinus oedipus) es una especie en peligro crítico de extinción, endémica del norte de Colombia. Verlos en familia, en el piedemonte de la reserva, es una señal de que algo está funcionando bien en este pedazo de selva. José alcanzó a grabar el momento en video — esas pequeñas criaturas de cabeza blanca y cuerpo canela moviéndose entre las ramas, ajenas al lente, ocupadas en ser lo que son.

Dos canastillas de alegría para el Paraíso

Esta mañana salieron desde Vista Hermosa dos canastillas rebosadas de mangos maduros, amarillo-anaranjados, con ese olor dulce y pesado que solo tiene la fruta recién cortada bajo el sol del trópico. Algunos venían con las manchas oscuras de quien ya está en su punto justo; otros, todavía firmes, prometiendo madurar en los próximos días. El cargamento iba en la parte trasera de la camioneta, rumbo al Paraíso. Allá los esperan los loros, que conocen bien ese sabor y no se hacen rogar: en cuanto ven llegar los mangos, el alboroto de plumas y picos lo dice todo.
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