A media tarde, cerca de los aviarios #1 y #2 de la Fundación Loros, Omar Enrique Berdugo Cabeza vio llegar el primero: un loro verde que aterrizó en un árbol de papaya y comenzó a picar la pulpa anaranjada de un fruto maduro. Antes de que Omar pudiera terminar de mirarlo, ya eran tres los loros disputándose el banquete, y un carpintero se había sumado también a la fiesta. La escena fue tan clara que el equipo empezó a hablar de lo mismo: sembrar más árboles frutales en toda la zona.
Mientras Omar hacía el registro fotográfico de la escena, quien lo acompañaba de cerca era Sombrerito, loro identificado con medalla B12, que andaba a lo suyo explorando los alrededores. En un momento dado, Omar lo vio detenerse frente a un fruto de balsamina — esa fruta de pulpa amarilla con pepitas rojas por dentro que los campesinos conocen por su sabor dulce y peculiar — y ponerse a comer con toda la calma del mundo, como si llevara años haciéndolo.
En total, cuatro fotografías y cinco videos quedaron como testimonio de esa tarde: loros silvestres sobre las papayas, un carpintero de visita y Sombrerito disfrutando de su balsamina bajo el sol de la reserva.
Cerca del límite de la finca Piedemonte, donde la tierra de la Fundación Loros se despide antes de ceder paso a otro paisaje, hay un nogal que guarda una historia de viaje largo. Las semillas llegaron desde Argentina, cruzaron fronteras en algún bolsillo o maleta, y terminaron aquí, en la costa Caribe colombiana, plantadas dentro de un neumático viejo que ahora hace las veces de maceta.
Fueron Rosangela, Chiarita y Alejandro quienes lo sembraron. El árbol todavía es joven, casi frágil al ojo que no sabe mirar. Pero quien se agacha a observarlo bien ve los brotes nuevos asomando rojizos en la punta de las ramas, esa coloración que en las plantas es señal de que algo está funcionando, de que la vida sigue su curso sin pedir permiso.
El neumático no es decoración: es ingenio puro, la solución práctica de quienes trabajan con lo que tienen. Y ahí está el nogal, quieto entre la maleza y la luz del trópico, llevando en su madera joven la memoria de otro suelo y la promesa de echar raíces en este.
El golero que guió el camino de vuelta
El martes 7 de abril, Caldique llegó hasta el lago Los Borrachos —en los predios de los Guardianes— con una misión que ya se había cumplido a medias desde la mañana. Antes, bajo la sombra verde del bosque, varios canarios habían sido liberados. Omar los vio posarse en las ramas con esa quietud que solo tienen los animales cuando reconocen que el espacio que los rodea les pertenece.
Pero fue a las 11:34 cuando la jornada ganó su mejor momento. El golero liberado en Los Borrachos no salió disparado como suelen hacer. Se quedó delante de los vehículos del equipo y empezó a caminar por el camino, como si quisiera escoltar a quienes lo habían traído hasta ahí. Los carros lo siguieron, despacio, sin apurarlo. Cuando el golero sintió que ya había cumplido, se hizo a un lado y desapareció entre el monte.
Nadie supo exactamente cuántos canarios volaron ese día —Omar grabó el video pero no hizo el conteo—, y quizás eso no importa tanto. Lo que quedó registrado fue la imagen de un ave negra y grande abriendo paso por un camino de tierra, y un equipo de personas que, por una vez, dejó que otro llevara la delantera.
Piedra a piedra, el nombre del santuario
Ese domingo, sin que nadie se lo pidiera, Omar Enrique Berdugo Cabeza recogió piedras del jardín del santuario y empezó a acomodarlas sobre la tierra, una por una, dejándose llevar por la imaginación. Cuando terminó, el nombre de la Fundación Loros aparecía escrito en el suelo entre bugambilias rosadas y moradas, con la palapa de paja de fondo. Una idea que nadie le había sugerido, nacida sola en el medio de la tarde.
Después, la jornada siguió al aviario #2, donde los loros hicieron lo que mejor saben: contagiar. Hay algo en su bullicio y en sus colores que rompe la seriedad de cualquier visitante, y ese día no fue la excepción.
Al salir del aviario, el campo deparó una última sorpresa: dos morollos —esas palomas medianas de plumaje pardo que habitan los bordes del santuario— estaban en pleno cortejo. Una escena discreta y precisa, que Omar registró con calma. Dos aves, la primavera avanzando, y el ciclo siguiendo su curso entre los árboles de la reserva.
Las golondrinas supieron primero
Antes de que cayera la primera gota, el bosque ya lo sabía. Omar Enrique Berdugo Cabeza estaba recorriendo los alrededores de la casa principal, pasando por los aviarios y el camino que bordea el lago 2, cuando el cielo todavía no decía nada claro. Fueron las golondrinas las que avisaron: un vuelo más nervioso, más bajo, cruzando el aire con urgencia. Luego los loros se sumaron con su canto, y detrás de ellos las demás aves del entorno, todas moviéndose y vocalizando como si el aguacero fuera ya una certeza que ellas llevaban adentro.
Ese instante —el bosque entero anticipándose a la lluvia— quedó documentado en once videos. No hay alarma en ese canto colectivo, sino algo que se parece más a la alegría: las aves que conocen este lugar de memoria respondiendo a una señal que los humanos apenas aprendemos a leer. Omar Enrique lo vio, lo grabó, y tuvo la lucidez de reconocer que estaba presenciando algo que ocurre cada vez que llueve en la Fundación Loros, aunque no siempre hay ojos atentos para notarlo.
Once ardillas en el mamón que no da frutos
Hay árboles que, aunque no den frutos, lo dan todo. El mamón macho que crece frente al parque de la Fundación Loros es uno de esos: sin semillas que ofrecer, lleva años siendo refugio, comedero y testigo silencioso de la vida que pasa entre sus ramas. Esta tarde, florecido y bullicioso, lo dio todo de nuevo.
Omar Enrique Berdugo Cabeza no podía creer lo que veía. Once ardillas al mismo tiempo, subiéndose y bajándose, disputando parejas, moviéndose con esa velocidad nerviosa que tienen cuando el instinto manda más que el miedo. El árbol entero parecía vibrar. Su compañero Alberto se quedó mirando sin decir nada, como cuando uno sabe que cualquier palabra sobra. Mientras tanto, en los comederos colgantes de las mismas ramas, las guacamayas seguían con lo suyo — tranquilas, ajenas al alboroto — y en algún rincón entre la hojarasca, una ardilla sola bebía agua en silencio, como si no fuera con ella la fiesta.
Omar lo grabó todo. Pero hay cosas que el video no alcanza a capturar: ese momento en que uno para, mira hacia arriba, y entiende que en un solo árbol caben mundos enteros.
El B12 llegó con un ojo cerrado
Carlos lo encontró primero, cerca de la casa de la Fundación. Estaba quieto, el plumaje verde intacto pero con el ojo derecho cerrado, como si cargara el peso de una pelea que nadie vio. Así apareció el B12, un loro amazónico que conocemos bien por la anilla verde que lleva en la pata, convertido de repente en paciente de urgencias.
Alejandro lo recogió con cuidado y lo instaló en una jaulita con agua fresca, banano y papaya cortada. Sin semillas: eso fue lo primero que advirtió Carlos al equipo, porque con un ojo comprometido no había que arriesgar. En la báscula digital marcó 262 gramos — un dato pequeño que en estos casos lo dice todo sobre el estado del animal. El veterinario ya había sido informado.
Ahora el B12 descansa en su jaula roja, con los ojos cerrados y las frutas al alcance del pico. La tarde cayó sobre el santuario sin más novedades, y el equipo lo vigila de cerca mientras espera las instrucciones del vet. A veces la naturaleza del trabajo es esta: encontrar a tiempo, hacer lo justo, y aguardar.
El mamón de mico que no pierde el verde
Alejandro llegó al santuario con una rama en la mano y una sola certeza: el mamón de mico está siempre verde. El árbol, cuyo nombre científico es *Melicoccus bijugatus*, sigue en pie y activo en algún rincón de las 520 hectáreas de Fundación Loros, ofreciendo sus pequeños frutos amarillos incluso cuando la temporada no lo pediría.
Sin embargo, la rama que Alejandro fotografió sobre una tabla de madera rústica contaba otra historia entre sus líneas. Los frutillos redondos y las hojas lustrosas aparecían salpicados de manchas oscuras —señales que podrían apuntar a una enfermedad o a alguna plaga que está haciendo lo suyo en silencio. La madurez avanzada de los frutos y esas marcas juntas son una advertencia que el equipo tomó nota de registrar.
Por ahora, el árbol resiste y verdea. Pero la imagen quedó en la bitácora como recordatorio de que en el santuario hay que mirar no solo si algo vive, sino cómo vive.
La olla de Omar y los nidos recuperados
En el sector de la casa de Paraíso, donde los árboles dan sombra y los nidos artificiales esperan inquilinos con plumas, las abejas habían llegado primero. Colonias enteras se habían instalado en las cajas que el equipo de la Fundación construyó pensando en loros y guacamayos, y por un tiempo parecía que esos nidos estaban perdidos. Fue Omar quien encontró la solución en lo más sencillo: una olla vieja, trozos de madera y el humo que sale de ellos.
La técnica es de una elegancia artesanal que no necesita explicación larga. El humo adormece a las abejas — las emborracha, dice Omar — sin hacerles daño. En ese estado de calma involuntaria, él retira los panales. Una vez que el panal desaparece, las colonias no regresan. La lluvia borra los rastros de olor que las guiarían de vuelta, y el nido queda libre. Alejandro, que recibió el reporte de primera mano, confirmó que varios de esos nidos ya han sido recuperados.
Es el tipo de conocimiento que se transmite sin manual: una mano que sabe cuánto humo es suficiente, una paciencia que no se aprende en ningún libro. Gracias a eso, en la casa de Paraíso hay cajas vacías esperando el aleteo y el escándalo de un loro que por fin encuentra su lugar.
En las coordenadas que Alberto compartió desde la reserva, la tierra rojiza y las piedras pequeñas guardaban un secreto entre las ramas: un fruto amarillo-verdoso, apenas abierto, con la carne blanca asomándose tímida hacia la luz. Era un cotoperi —conocido también como cotoprix o mamón de mico—, un Talisia sp. que pocos habrían notado de no ser por el ojo entrenado de quien caminaba por ahí ese miércoles.
No fue un hallazgo aislado. Omar ya había reportado varios individuos de esta misma especie en la zona antes, lo que convierte este registro en una confirmación: el cotoperi tiene presencia establecida en ese rincón de la reserva. Alberto lo sostuvo en la mano —rama, hojas alargadas y fruto— y dejó constancia fotográfica de ese momento casi cotidiano que, sumado a los reportes anteriores, empieza a dibujar el mapa de una planta que ya se siente en casa entre los 520 hectáreas de Loros.
Hay árboles que no necesitan de ningún otro argumento que su propia presencia. En el sector pie de monte de la reserva, José Marín detuvo sus pasos ante uno de esos ejemplares: tronco grueso de corteza grisácea, ramas que se abren al cielo nublado con la generosidad de quien lleva décadas haciéndolo, follaje verde y denso que convierte el punto en un pequeño mundo propio. A su alrededor, la vegetación arbustiva cubre casi todo el suelo, apretada y callada, como guardiana de algo que todavía no sabemos nombrar.
No había fauna ese miércoles. No había personas más allá del propio José. Solo el árbol, las coordenadas, una fotografía y la certeza de que ese punto merece ser conocido. El monitoreo de campo de la Fundación a veces funciona así: uno llega a documentar y termina, sin quererlo, deteniéndose a mirar.
El cuco ardilla entre la hojarasca del Pie de Monte
José Marín caminaba por el sector Pie de Monte cuando lo detuvo un movimiento entre el follaje. Era un cuco ardilla —Piaya cayana— moviéndose con la calma característica de quien sabe exactamente lo que busca: insectos escondidos entre las ramas y la vegetación baja. Con su larga cola rojiza y el pecho canela, el ave se desplazaba metódicamente, sin prisa, como si la tarde le perteneciera.
José alcanzó a documentar el momento en video antes de que el animal se perdiera de nuevo entre la espesura. El cuco ardilla es una especie frecuente en bordes de bosque y matorrales del Caribe colombiano, pero verlo así —activo, cazando— siempre vale la parada. En la reserva, cada registro suma al retrato vivo que vamos construyendo de lo que habita estos 520 hectáreas entre el monte y el cielo de Cartagena.
La B87 siempre vuelve a casa Paraíso
Omar la vio llegar esta tarde, como si nada, posándose tranquila cerca de la casa Paraíso. La B87 —una guacamaya cheja, Ara severus, con su placa verde bien visible entre el plumaje— venía de regreso de la Reserva La Ciénaga, en Santa Rosa de Lima, donde tiene costumbre de visitar otras guacamayas y loros antes de retornar al bosquecito de la Fundación. Ese ir y venir ya es parte de su rutina.
Lo que la trae de vuelta, sin embargo, es una historia cargada de pérdida. Cuando la B87 fue liberada primero desde el aviario 2, su pareja quedó adentro. La desesperación la llevó a intentar escapar entre los alambres, y no lo logró. La B87 quedó viuda sin haberlo sabido todavía. Después anduvo un tiempo en compañía de la B90, las dos juntas en este mismo bosquecito, hasta que cada una tomó su rumbo: la B90 se fue hacia el cerro, y la B87 se quedó.
Y aquí sigue. Viaja, explora, visita, pero regresa siempre al rincón donde habitó con su pareja y con la B90. Hoy, a las tres de la tarde, Omar la vio llegar y supo, sin necesidad de binoculares, que era ella.
Corina Leonor iba caminando con un grupo de turistas por el matorral cuando alguien levantó del suelo una vaina seca, oscura, liviana. Era un estropajo —posiblemente de *Leucaena* o *Enterolobium*— aparecido entre la vegetación arbustiva densa de la Posa de los Borrachos, ese rincón del santuario que ya carga historia en el nombre.
La Posa fue, hace años, un lugar de lavanderas. Las mujeres bajaban con su ropa, encontraban el agua y, quién sabe, quizás también encontraban estas vainas fibrosas que la misma tierra les ofrecía para restregar y limpiar. Hoy los turistas pasan por el mismo camino sin saber eso, y de repente la naturaleza les pone en la mano un objeto que conecta con ese pasado cotidiano.
El hallazgo quedó registrado en fotografía: una mano sosteniendo la vaina contra el cielo azul de abril, con las nubes blancas y el monte verde al fondo. Un detalle pequeño, casi sin importancia. Pero en la Posa de los Borrachos, incluso las cosas que se secan y caen al suelo tienen su historia.
El mamón de mico florece en la Y de Broche
En el camino que desde la Y de Broche sube hacia el cerro peligro, hay un árbol que no avisa: simplemente aparece cargado. Alejandro lo encontró así, sin más ceremonia, con sus racimos de frutos amarillo-dorados apretados contra las ramas, algunos ya con las manchas marrones que delatan la madurez plena. Es el mamón de mico, y esta época de abril es la suya.
Los frutos cuelgan en racimos compactos entre hojas grandes y brillantes, y quien los abre encuentra adentro una pulpa blanca cremosa, discreta pero dulce. No es un hallazgo espectacular a primera vista, pero en el santuario estas fruiciones son brújulas: señalan qué está maduro en el bosque, qué sectores van a tener movimiento de fauna en los próximos días, qué vale la pena vigilar.
Alejandro lo documentó con cuidado, abriendo uno de los frutos para mostrar lo que hay dentro. El árbol sigue ahí, cargado, en ese punto donde el camino se bifurca y el cerro peligro asoma entre el follaje.
La ceiba suelta su nieve donde duermen los titis
Cerca de la jaula de pre-liberación, donde los titis hacen sus últimas pausas antes de volver al monte, una ceiba decidió este martes que era hora de soltar lo que guardaba. Corina Leonor la encontró así, cargada de pelusa blanca lista para dispersarse, y alcanzó a grabarla antes de que el viento se llevara las primeras semillas. Era una imagen de esas que el campo regala sin avisar: el árbol abierto como un algodonal silencioso, soltando vida en todas direcciones.
Hay algo particular en que sea justo ese rincón de la reserva. La zona de la jaula de pre-liberación es un lugar de transición, donde los animales van recuperando el instinto de lo salvaje. La ceiba, ajena a todo eso, cumplía su propio ciclo con la misma naturalidad de siempre. El resto del día transcurrió tranquilo, con visitantes recorriendo la reserva sin novedades. Pero el video de esa ceiba nevada quedó como el registro del día.
María José y la sed de la B87
En la finca La Ciénaga, un martes de abril, María José —esposa de uno de los trabajadores— se topó con una visitante inesperada: la lora B87, sola, posada y con una sed que no disimulaba. No era bióloga ni guardabosque, pero algo en el comportamiento del animal le bastó para entender lo que necesitaba. Le ofreció agua.
El registro llegó a la Fundación por cuenta de Luis, de la organización Horses Cartagena, quien recibió el video de primera mano y lo compartió con el equipo. No siempre son los expertos quienes hacen los hallazgos más valiosos: a veces es la mirada atenta de alguien que vive cerca del monte, que conoce sus silencios y sus señales.
La B87 apareció sola en esta ocasión, sin más compañía que la de una mujer de buen corazón en una finca del Caribe. Ese encuentro cotidiano —agua ofrecida, agua recibida— es también parte del mapa que vamos trazando sobre cómo se mueven nuestros individuos por el territorio.
Jender siembra su huerto en Los Guardianes
Agachado sobre la tierra arcillosa y seca del sector Los Guardianes, Jender —cuidador de ese rincón de la reserva— fue abriendo huecos uno a uno para recibir las plántulas que llegaron ese día: sapote, papaya, anón, limón y guama. Con las manos metidas en el suelo, sin apuro, trasplantó cada mata alrededor de su propia casa, como quien no solo cuida un territorio sino que echa raíces en él.
El suelo de Los Guardianes es duro y seco, como buen suelo tropical que guarda la sequía en la superficie. Pero ahí estaban las plántulas, con sus hojas verdes y brillantes, algunas todavía húmedas del trasiego, esperando que la tierra las acepte. No se registró cuántas fueron en total —esas cosas a veces se cuentan mejor con tiempo, cuando ya están dando fruto.
Hay algo particular en sembrar árboles frutales alrededor de la propia casa: es un gesto que piensa en los años que vienen, en las sombras y los frutos que uno no siempre alcanza a ver crecer. Jender lo sabe, aunque no lo diga.
Carlos y Alberto, la fruta y el calendario del monte
Ese lunes de abril, Carlos y Alberto salieron al santuario con las canastas vacías y regresaron con tres sabores distintos de la temporada: mangos de piel verde y amarilla, ciruelas costeñas —esa *Spondias purpurea* que va del verde rabioso al rojo encendido en cuestión de días— y carambolas, las que por estos lados llaman torombolo o fruta estrella. Los árboles estaban cargados, con las ramas llenas de frutos en todos los estados de madurez a la vez, como si el monte no se pudiera decidir entre guardar o soltar.
La cosecha va directamente a la dieta de los loros de la Fundación, pero hay algo más que frutas en esos cajones plásticos: hay información. Cada foto registrada ese día es un dato fenológico, una anotación en el calendario invisible que el santuario lleva sobre sus propios árboles — cuándo florece, cuándo carga, cuándo hay abundancia y cuándo hay escasez. Saber eso es, a la larga, saber cuándo los loros comen bien.