En los senderos y colinas de la Fundación Loros viven diecisiete caballos que nadie encierra en establos. Al atardecer se les puede ver moviéndose solos entre la vegetación — dos blancos por el camino de tierra, un castaño pastando al borde — como si el predio entero fuera suyo, porque de alguna manera lo es. Se llaman Lucero, Mariposa, Rosita, Estrella, Bohu, Pony, Blanquito, Coroso, Zipacoa, Rambo, Albino, Don Quijote, Indio, Sombra, Canario, Palomo y Luna, y cada nombre carga una historia distinta.
Entre ellos hay tres que el equipo menciona con orgullo especial. Indio llegó desde las canchas de polo y hoy es considerado uno de los mejores del plantel. Albino es el reproductor de raza de la fundación, con tres crías ya registradas que andan por ahí mezcladas entre los potreros. Y Bohu, el más veterano, lleva seis años caminando estas lomas — más tiempo que varios de los voluntarios que han pasado por aquí.
Durante las faenas ganaderas estos caballos trabajan de verdad, y cuando llegan visitantes de cualquier rincón del mundo, son ellos quienes los llevan por los senderos del predio. Pero la mayor parte del tiempo simplemente pastan libres en las colinas verdes, bajo un cielo que a veces se nubla y a veces regala esa luz dorada que lo pone todo bonito.
Carlos Andrés Matas Contreras andaba por la finca Los Guardianes cuando el movimiento lento entre las ramas lo detuvo en seco: un oso perezoso trepaba sin afán por los árboles, indiferente al mundo y a la cámara que Carlos Andrés le apuntó con sus propias manos. Era el único. Se tomó su tiempo, como es su costumbre, y Carlos Andrés grabó cada movimiento con la paciencia que le enseña el mismo animal.
En ese mismo punto, dos barranqueros completaban la escena. Con su pecho naranja encendido y su cola larga, estas aves son presencia frecuente en la reserva, pero verlas junto a un perezoso en el mismo cuadro tiene algo de regalo inesperado. Los tres compartían el territorio de Los Guardianes como si siempre hubiera sido así, sin prisa, sin alboroto.
Empezar de cero en lo alto del roble
Omar Enrique Berdugo Cabeza hacía su ronda habitual en la Fundación Loros cuando levantó la vista hacia el roble y notó algo que no cuadraba: el nido de la pareja de chejas estaba vacío. Las abejas africanas se habían adelantado, colonizando el interior con sus huevecillos y obligando a la pareja a retirarse. Pero la historia no terminó ahí. Pasados los días, una vez retirada la invasión, las chejas regresaron. Sin aspavientos, sin rodeos, volvieron a su roble y comenzaron de cero, como si el tiempo perdido fuera simplemente parte del oficio de anidar.
Más abajo en la reserva, otra pareja escribía su propio capítulo. La guacamaya B29 salió temprano en busca de alimento mientras su compañera, la B127, esperaba asomada a la ventana del nido, aireándose en la quietud de la mañana. Este no era el nido que les habían asignado originalmente — ese lo bajaron para restaurarlo y, cuando lo devolvieron al roble, la pareja simplemente lo rechazó. Encontraron otro y allí se quedaron, tan resueltas como las chejas, demostrando que en la Fundación Loros la terquedad y la vida a menudo son la misma cosa.
B127 toma fresco en el roble del lago
Desde debajo del arco, Omar Enrique Berdugo Cabeza los observa en silencio: ahí está B127, asomada a la cavidad del roble junto al lago 1, acicalándose con calma, tomando el fresco de la tarde. Adentro, en la oscuridad tibia de la madera, los huevos esperan. Afuera, el macho B29 vuela hacia los alrededores forrajeando, buscando el alimento que le llevará a su pareja.
Llegar a ese roble no fue fácil. Esta pareja perdió un huevo cuando aves africanas les invadieron el nido anterior — ese huevecillo que ya no volvió. Después de que los intrusos se fueron, B29 y B127 regresaron a intentar restaurar lo que había sido suyo, pero algo en ese lugar ya no les convenció y lo dejaron. Tampoco funcionó el nido de madera que se les instaló: ellas excavan hacia abajo con la fuerza del pico, y la madera no tenía el grosor que necesitan; lo perforaron, lo tuvieron que bajar para arreglarlo, y aun así lo rechazaron.
Al final, eligieron el roble. Un árbol de verdad, con la densidad y el carácter que estas guacamayas exigen. Ahí está B127 esta tarde, tranquila en la entrada de su nido, como quien sabe exactamente dónde quiere estar.
La poza que guarda memoria y nidos
Omar Enrique Berdugo Cabeza salió esa mañana rumbo a su labor cuando decidió dar un rodeo por el Arroyo de los Guardianes. Antes de ver nada, lo primero fue el sonido: cantos de aves que se abrían entre los árboles como si el santuario estuviera despertando a su propio ritmo. Más adelante, unas flores salpicaban el sendero con color, y Omar siguió caminando hasta que el camino lo llevó adonde tarde o temprano lleva a todos: la Poza de los Borrachos, ese lago que todavía carga en su nombre las historias de los campesinos que venían a refrescarse después de una parranda, y de las mujeres que llegaban con sus bateas en la cabeza, hacían una pelota de jabón de perro y golpeaban la ropa con el manduco hasta sacarle el sucio, para luego abrirla a secar en la orilla.
Cuando el sol empezó a alumbrar el agua esa mañana, Omar se acercó despacio a unos nidos que encontró entre la vegetación del lago. Un ave lo encaró de inmediato — sin atacar, pero sin ceder — con ese lenguaje que no necesita palabras: este nido es mío. Omar reconoció en ella el parecido con una tiamaría y se retiró con respeto. De regreso hacia su punto de trabajo, el cierre lo pusieron unas pollonetas, cantando alegres como si quisieran rematar la jornada con música.
Primavera desbordada en el aviario 4
Ese sábado de febrero, el bosquecito del aviario 4 amaneció con una energía distinta. Omar Enrique Berdugo Cabeza lo notó desde el primer recorrido: el aire olía a temporada de amor. Las chejas B222 y B104 se acicalaban despacio, pluma a pluma, con esa calma que solo existe entre los que ya se conocen bien. A unos metros, en los comederos, los loros amazona B03 y B01 se apareaban sin importarles el mundo, y cerca de las aulas tres parejas de loritos hacían lo mismo, aunque con menos paz: los tres machos disputaban a la vez por una sola hembra, enredados en ese caos alegre que trae la época.
En medio de toda esa bulla, el lorito B73 decidió que Omar le resultaba sospechoso. Se le vino volando encima —territorial, celoso, emplumado de indignación— y frenó justo antes de llegar. No hubo ataque. Solo una advertencia de cerca, suficiente para que Omar pudiera ver, a centímetros, lo que significa un ave libre en plena vida. Tres especies, un solo bosquecito, y una mañana que el guardián describió sin dudar: maravillosa.
El B07 llegó a cubrir el dolor
Omar Enrique Berdugo Cabeza estaba haciendo el aseo del aviario 1 cuando miró hacia arriba y vio un pico sobre la malla. En el suelo, brillando sola, estaba la medalla de identificación del B13. Llevaba semanas notando que algo faltaba en el grupo, que el loro no aparecía, y ese día supo por qué. Un depredador no identificado le había quitado la vida sin dejar más rastro que esa medalla y las marcas de su picaje. El hallazgo lo cargó solo un momento antes de dar la noticia.
El B13 era pareja del B12, y su ausencia dejó al aviario con un silencio distinto. El B11 y el B12 quedaron juntos, pero incompletos. Semanas después llegó el B07, y sin que nadie lo organizara, los tres empezaron a andar emparejados.
El día del registro fotográfico, el B07 estaba posado en la entrada de una caja nido instalada en un árbol con floración rosada, quieto y erguido como un centinela. Adentro, el B11 y el B12 descansaban. Lo que Omar describió con sencillez lo dice todo: el B07 llegó a cubrir ese dolor.
Agua fría en plumas calientes
La tarde del 28 de febrero caía pesada sobre la Fundación Loros cuando Omar Enrique Berdugo Cabeza terminó su ronda de alimentación y notó que los loros del aviario 2 ya no aguantaban más el calor. Fue a buscar la manguera, abrió el chorro y dejó que el agua fría cayera sobre las plumas. Lo que vino después fue pura alegría: las aves se abrieron al agua, la buscaron, la celebraron con ese alboroto inconfundible que tienen los loros cuando algo les gusta de verdad.
Más tarde, en el aviario 4, el que el equipo conoce como el bosquecito, una guacamaya tenía sus propios planes. Se balanceaba de una rama a otra, de un lado al otro, con una cadencia tan tranquila y repetida que Omar no pudo evitar el paralelo: era como un niño en un columpio, sin apuro, sin propósito más que el placer del movimiento. A veces el campo regala escenas así, sin aviso y sin necesidad de explicación.
La guacamaya que espera a Omar en el camino
Esa mañana, Omar Enrique Berdugo Cabeza hacía su ronda habitual de alimentación cuando notó que no estaba solo. La guacamaya B29 lo seguía de árbol en árbol —uvita, almendro, mango— como si su presencia fuera parte del recorrido. Mientras el ave picoteaba con calma las almendras maduras, un enjambre de abejas africanas cruzó el aire y se instaló en uno de los nidos que los loros B11 y B12 venían explorando. Esos dos nunca han elegido un solo nido: los visitan en rotación entre tres, sin asentarse en ninguno. Ese día, el nido estaba vacío y despejado, y las abejas lo tomaron sin aviso.
Pero lo que más le quedó a Omar fue otra cosa. Cuando él se dirige al pueblo, la B29 lo espera perchada en un árbol al borde del camino, como si supiera que va a pasar. Y cuando Omar regresa a la Fundación, ella ya está ahí. No es casualidad ni hambre: es reconocimiento. Durante toda la jornada, lo siguió de jaula en jaula mientras repartía el alimento. Omar lo dice con sencillez: cuando uno trata a las aves con amor, ellas aprenden quién es uno.
Esta mañana, Alberto llegó temprano al punto de liberación del Cerro El Peligro y encontró más de lo que esperaba. Entre el verde espeso de las colinas y el cielo azul que ya prometía calor, contó 17 guacamayas moviéndose entre las perchas y los comederos cargados de fruta, una cheja discreta entre el grupo, y dos loros reales con ese plumaje que brilla distinto bajo la luz del trópico. Alejandro recibió el reporte y lo pasó enseguida, con 14 fotografías y un video que guardan el registro de toda esa actividad.
Pero el dato que cerró el avistamiento llegó al final, casi de paso: ahí estaba el loro número 25. En las fotos se lo ve posado en una plataforma de madera, con su identificador al cuello y un trozo de fruta en el pico, con las colinas del santuario extendiéndose detrás de él. Veinticinco está bien.
En la Fundación Loros, los trabajadores Eder, Jender y Nilson realizan diariamente el ordeño manual de 22 vacas, iniciando a las 5:00 a.m. La actividad matutina, que incluye el ordeño y el traslado del ganado al potrero, tiene una duración aproximada de 2 horas y 30 minutos. El proceso se lleva a cabo de forma tradicional en corrales de tierra, con los terneros amarrados junto a las vacas durante la faena, como se registró fotográficamente el 28 de febrero de 2026 a las 6:10 a.m. La leche producida es vendida a un comerciante local para la elaboración de derivados como queso y suero.
B29 en el almendro de la tienda
En un barrio a pocos kilómetros de la Fundación Loros, entre el ruido cotidiano de una tienda de esquina y el verde quieto de un almendro, la guacamaya B29 se tomó la mañana con calma. Nadie la llamó, nadie la invitó — simplemente bajó a comer, silenciosa, mientras los vecinos de siempre la miraban como se mira a alguien conocido del barrio. No saben que se llama B29, pero saben quién es: el ave de colores que aparece de vez en cuando y que vale la pena reportarle a la Fundación.
B29 no viaja sola en su historia. Su compañera, la B127, se encuentra en estos días anidando en la reserva, y mientras una cuida el nido, la otra recorre el territorio, aparece en almendros ajenos y se deja ver sin aspavientos. Cuando Omar llegó a registrar el avistamiento, B29 ya había terminado su visita: emprendió vuelo tranquila, de regreso hacia la Fundación, como quien cierra una vuelta al mercado y vuelve a casa.
Raaa raaa raaa en el Cerro Peligro
Había algo en el aire sobre el Cerro Peligro esa mañana. Omar Enrique Berdugo Cabeza lo supo antes de ver nada: un coro de alarma —raaa raaa raaa— que rompió el silencio del cerro con la claridad de quien lleva años leyendo ese lenguaje. Dieciocho guacamayas, dos chejas y dos loros miraban hacia arriba, tensos, siguiendo con los ojos algo que daba vueltas muy elevado en la cima.
Era un gavilán. Volaba en círculos anchos, sin prisa, pero no estaba solo. Lo acompañaban varios goleros, esas aves oscuras y pacientes que, según lo que Omar ha aprendido en el campo, se mezclan con los depredadores en el aire para despistar a sus posibles víctimas, sembrar confusión antes de que llegue el peligro real. Una estrategia vieja, silenciosa, que los loros de la reserva conocen bien.
El gavilán nunca atacó. Siguió girando y se alejó. Pero el grupo no bajó la guardia de inmediato —las vocalizaciones de alerta lo dicen todo: en el Cerro Peligro, las aves no dejan pasar nada sin nombrarlo.
Betove y las guacamayas que alertan el cielo
Omar Enrique Berdugo Cabeza subió al cerro temprano, como lo hace el que sabe que el monte tiene sus propios horarios. En el punto de liberación, las guacamayas azules y amarillas —Ara ararauna— lo recibieron como a alguien conocido. Pero fue al regreso cuando el cerro le mostró algo más: las aves lanzaban vocalizaciones de alerta hacia el cielo, ese código antiguo y urgente que los loros usan cuando un depredador ronda desde arriba. Omar se detuvo a escuchar.
Camino abajo, en la vía, una iguana juvenil ocupaba el centro del camino con una seriedad que parecía un mensaje. Se quedó quieta el tiempo justo —lo suficiente para ser vista— y luego desapareció entre la vegetación con toda la velocidad de lo silvestre.
De vuelta en los aviarios, Omar repartió la dieta del día: banano, guayaba, papaya, pimentón, semillas de girasol y cacahuate, entre guacamayas, loros amazónicos y loros reales. Fue ahí donde se reencontró con Betove, un loro real que vive en el aviario y que es uno de los personajes que hicieron posible el hito número 15 de la Fundación Loros. Un loro que ya carga historia.
Ternera parda al caer la tarde en Don Rafa
Al final de una jornada larga en el sector Don Rafa, cuando Jender y Eder salieron a recoger el ganado del potrero, la tarde les guardaba una sorpresa: una vaca parda recostada entre los arbustos, lamiéndole el lomo a una ternera hembra recién nacida. La cría todavía estaba húmeda, con la placenta visible en la tierra rojiza del sendero, y la manada blanca se alejaba tranquila al fondo del camino como si nada extraordinario hubiera ocurrido.
Como la ternera no podía sostenerse sola, tocó improvisar: la cargaron sobre un caballo y la llevaron así, balanceándose suave entre los brazos, hasta el establo. Urgía ponerla a mamar, porque las primeras horas son las que definen si una cría arranca con fuerza o no. Nilson y sus compañeros lo sabían bien, y no perdieron tiempo.
Horas después, el reporte llegó escueto pero suficiente: la ternera ya había mamado, estaba bien nacida y en buen estado. La vaca parda, quieta en el establo, seguía lamiéndola. Una historia completa, contada sin palabras, que Jender y Eder encontraron casi sin buscarla al terminar el día.
Omar andaba haciendo un mandado en la tienda de una vecina cuando, al voltear a mirar, se encontró con una visita inesperada: la guacamaya B29 posada en el árbol de almendra de al lado, comiendo tranquila y sin apuro, como si ese rincón del barrio le perteneciera tanto como la reserva. Alrededor de ella, la comunidad la miraba con la familiaridad de quien reconoce a un vecino de toda la vida.
La dueña de la tienda no sabe que al ave la llaman B29, ni que su compañera, la B127, está en este momento anidando en la Fundación Loros. Pero sí sabe que cuando la ve pasar, vale la pena avisarle al equipo. Ese hilo invisible entre los vecinos y la Fundación es lo que permite rastrear a estas aves más allá de los límites de las 520 hectáreas de la reserva.
Al momento en que Omar terminaba de escribir el reporte, B29 desplegó las alas y emprendió vuelo de regreso. Quizás volvía a reunirse con B127, que la espera anidada. O quizás solo le quedaban más almendras por explorar.
Los patos y el peligro bajo el agua
Hay una rutina silenciosa que se repite cada día junto al lago de la reserva: Omar Enrique Berdugo Cabeza se acerca a la orilla y lanza el llamado de siempre. Los patos lo reconocen al instante — se mueven en grupo, con esa mezcla de confianza y apuro que tienen los animales que ya saben lo que viene — y se acercan a consumir su alimento bajo la tarde calurosa de Cartagena.
Lo que sigue es la parte más hermosa y más tensa al mismo tiempo. Terminada la comida, los patos se meten al lago a beber agua fresca, y el ambiente cambia sin que nadie lo anuncie. En esas mismas aguas oscuras viven las babillas, quietas, pacientes, casi invisibles entre el reflejo del cielo. Los patos lo saben, o al menos lo intuyen: se mueven cerca de la orilla, atentos, sin alejarse demasiado.
Es una escena de lo más cotidiana en la reserva, pero cargada de esa tensión suave que tiene la vida silvestre cuando se muestra sin adornos: la belleza del lago, los patos saciados, y debajo del agua, el recordatorio de que aquí la naturaleza lleva sus propias reglas.
Dieciocho guacamayas y el sueño de las letras inmensas
Con el primer calor de la mañana y el sonido de las campanas, llegaron dieciocho guacamayas al comedero. Llegaron como siempre llegan ellas: con escándalo y color, con ese verde y rojo que parece inventado. Unas se duchaban bajo el chorro, sacudiendo las plumas con evidente placer. Otras bebían despacio, como si el agua fuera un asunto serio. Las que ya habían terminado su baño estiraban las alas al sol, y las más vigilantes permanecían erguidas, los ojos fijos en el cielo, atentas a cualquier sombra que cruzara demasiado rápido.
En un momento, la alerta se corrió entre todas sin que nadie hablara: algún depredador pasó por el horizonte y el grupo cerró filas, compacto y silencioso, con ese instinto que no se aprende sino que se lleva adentro. Duró lo que dura un susto. Luego, el bullicio volvió.
Todo ocurrió en el sector donde Omar, guardián de esta reserva de 520 hectáreas, sueña con instalar unas letras inmensas que proclamen el nombre que él ya le tiene puesto al lugar: Santuario de la Libertad. Ese nombre todavía no está en ningún mapa, pero esta mañana, con dieciocho guacamayas viviendo a su manera, ya parecía completamente verdadero.
Siete huevos esperando en la paja
Cuando el sol apenas rozaba el techo de la corrala, Lorena ya estaba adentro con el primer turno del día. Las gallinas la esperaban impacientes: marrones, blancas, negras y algunas moteadas que captaban los primeros rayos como si fueran suyas. Los comederos se llenaron y todas se lanzaron a picotear con ese desorden feliz que tienen las aves de corral por las mañanas. Atrás, quieto y serio, el gallo vigilaba sin comer.
A las cinco de la tarde, antes de que el calor cediera del todo, llegó la segunda ronda. Lorena preparó la ración y se asomó al nido antes de servir: siete huevos de tonos beige y marrón claro, acomodados sobre paja seca dentro de una caja de madera en el gallinero rústico. La gallina madre no estaba, pero el nido se veía intacto, protegido. Según el registro del día, en unos veinte días esos huevos tendrán algo que decir. Por ahora, duermen tranquilos mientras afuera las gallinas terminan el día alrededor de los comederos, igual de animadas que en la mañana.
Escolta de guacamayas camino al cerro Peligro
Omar Enrique Berdugo Cabeza salió en cuatrimoto hacia el cerro Peligro con el alba todavía fresca, y los senderos lo recibieron como siempre: con el canto áspero y festivo de las guacharacas abriéndole paso entre la espesura. A mitad del camino, bajo una estructura de techo de paja junto a un tamarindo, lo detuvo un mural que no había visto antes. Lo había pintado Isabella (@Isabella_GM22), y en esa pared estaban dos perezosos y un tití de cabeza blanca —ese mono pequeño y raro que habita estas tierras— entre hojas tropicales de un verde tan intenso que parecían recién lavadas por la lluvia.
Más adelante, desde lo alto de un camajorú en una finca vecina, dos guacamayas lo escucharon pasar. Omar frenó la cuatrimoto. Ellas lo vieron. Bajaron un poco, se acomodaron en un árbol de bonga más cercano, y cuando él reanudó el camino y las llamó, lo siguieron. Volaron de árbol en árbol, ruidosas y confiadas, como si llevaran años reconociendo el sonido de ese motor y esa voz. Así lo acompañaron, sin alejarse, hasta que la cuatrimoto llegó al pie del cerro Peligro. Hay vínculos que no se explican del todo, solo se atestiguan.
Era una tarde calurosa en la reserva de la Fundación Loros cuando Omar Enrique Berdugo Cabeza notó que algo se movía en las ramas altas de un roble. Eran dos Loros Reales —esa especie de plumaje verde encendido que cada vez cuesta más ver— que habían salido de su refugio a tomar el aire puro de la tarde. Sin apuro, sin sobresaltos, como quien conoce bien su territorio.
Omar los observó desde abajo, callado. Los vio moverse entre las ramas, estirarse, respirar ese calor de febrero con la calma que solo tiene quien se sabe en casa. Luego, tan tranquilos como salieron, volvieron adentro. El nido en el roble los esperaba.
Ese momento le recordó a Omar por qué apoya la instalación de nidos artificiales con láminas anti-depredador: para que haya más robles como ese, más regresos tranquilos, más parejas que salgan a tomar aire y encuentren su refugio intacto al volver. El monitoreo constante en campo es lo que permite saber, con certeza, que los Loros Reales todavía anidan aquí.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó esa tarde al parque de la Fundación con una tarea que ya conoce de memoria: levantar los comederos y asegurarse de que las aves liberadas tengan su ración. Es una rutina que se repite, pero que guarda la convicción de que la libertad de un ave no significa abandonarla a su suerte.
Fue al alzar uno de los comederos cuando lo vio. Ahí estaba el roble, parado en medio del parque como si siempre hubiera esperado ese momento para mostrarse: cubierto de flores, encendido, deslumbrando el verde del entorno con un color que Omar no supo bien cómo describir, pero que lo detuvo en seco. Las flores del roble —árbol nativo de estas tierras colombianas— iluminaban el parque entero.
Hay días en que el trabajo de campo se mezcla sin aviso con algo que se parece a la maravilla. Este fue uno de esos días para Omar.
El mochuelo que llegó desde el patio del colegio
El 25 de febrero, un maestro encontró algo inesperado en el patio de su colegio: un pichón de mochuelo cubierto de plumón grisáceo, con más piel visible que plumas, mirando el mundo con esa seriedad exagerada que tienen los búhos desde recién nacidos. Sin dudarlo, lo recogió y lo llevó hasta la Fundación Loros, donde Carlos Andrés lo recibió con la calma de quien conoce bien el monte. No tardó en leer la situación: salió, atrapó dos lagartijas —lobitos, como les dicen por acá en la costa— y el pequeño búho se las comió sin vacilar. "Está bien así", dijo Carlos. Era una buena señal.
Desde la Fundación, Alejandro coordinó con Marcela Villadiego del EPA Cartagena el traslado al Centro de Atención y Valoración, donde el mochuelo recibiría atención especializada. El 27 de febrero, Angélica cerró el ciclo y lo llevó hasta allá. En la foto del traslado, Carlos Andrés lo sostiene con guantes, flanqueado por dos personas —una de ellas con uniforme veterinario azul marino— frente a una cerca de malla. El pequeño búho podría pertenecer a la especie Megascops choliba, el mochuelo tropical, aunque la identificación todavía no es definitiva.
La historia empezó sin explicación, como tantas cosas en el campo. Pero hubo un maestro que supo recogerla.
Seis titis y una tortuga en el lago 2
A las nueve de la mañana, cuando el bosque seco del sector Lago 2 todavía guardaba algo de la frescura de la noche, Carlos Andrés Matas Contr levantó la vista y encontró lo que pocos días regalan así, de golpe: seis titíes cabeza blanca moviéndose entre el dosel, esos primates pequeños y bulliciosos de pelaje blanco y canela que son uno de los más amenazados del planeta. Uno de ellos se había acomodado en la plataforma de madera entre las ramas y comía banano con esa calma concentrada de quien sabe que nadie lo persigue.
Más abajo, en el mismo punto, una tortuga completaba la escena sin apuro, ajena al revuelo del grupo. Carlos Andrés alcanzó a sacar dos fotos y dos videos antes de que los titis se disolvieran de nuevo entre las ramas retorcidas del bosque. En una de las imágenes se alcanza a ver un segundo primate al fondo, casi confundido con la sombra de los árboles.
El Lago 2 lleva semanas dando buenos avistamientos, pero pocas veces dos especies tan distintas comparten el cuadro al mismo tiempo. Esta mañana lo hicieron.
Cinco de la mañana con Eder, Jender y Nilson
Cuando todavía la oscuridad cubre la reserva y los pájaros apenas comienzan a despertar, Eder, Jender y Nilson ya están de pie. A las cinco de la mañana del 27 de febrero, los tres arrancaron con el ordeño del ganado, ese ritual silencioso y frío que marca el ritmo de los días en la Fundación Loros.
Terminado el ordeño, la leche tomó su camino hacia la puerta de la finca, lista para que el comprador la recogiera. Mientras tanto, uno de los compañeros se encargó de llevar el hato a pastorear, distribuyendo las tareas con la precisión sencilla que solo se aprende con el tiempo y la confianza entre el equipo.
Esta es la rutina que hoy sostiene la ganadería en la reserva: trabajo repartido, madrugada compartida, y tres hombres que conocen bien cada animal y cada paso del oficio.
La fundación cuenta con una actividad ganadera que representa un importante apoyo financiero para sus operaciones, con un hato de 22 vacas en producción que son ordeñadas manualmente cada día desde las cinco de la madrugada, obteniendo un promedio de 4 litros por animal. Tras el ordeño, el ganado es llevado al potrero para pastar. La comercialización de la leche se realiza a través de dos canales: un comprador fijo y la venta directa al público en general, cuando personas provenientes del pueblo se acercan a comprar al detal, aunque esta última opción no ocurre de forma diaria.
Enrique visitó el aviario del Cerro El Peligro, donde documentó el comportamiento de varias guacamayas azul y amarillo (*Ara ararauna*) en un recinto enriquecido con ramas, hojas y frutas como mango verde. Durante el recorrido, observó a tres guacamayas compartiendo alimento, momento en que dos de ellas se separaron y una protagonizó un cortejo, demostrando comportamiento de noviazgo entre aves que, tras su liberación, pasaron de ser rivales a encontrarse como pareja. La experiencia inspiró a Enrique a comprometerse con la siembra de árboles frutales como aporte a la conservación de estas especies en su entorno natural.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó del Cerro el Peligro con el cansancio del camino todavía en las botas, pero lo que lo esperaba en la fundación no le dio tiempo ni de respirar. Antes de que pudiera cruzar bien la entrada, ya el aire se llenó de aleteos y voces: guacamayas, chejas, pionus cabeciazul y loros de frente roja —todos a la vez, todos hacia él, como si hubieran estado contando los minutos desde que se fue.
No hubo presentaciones. Cada ave lo reconoció de inmediato y quería ser la primera: la primera en acercarse, la primera en recibir el alimento, la primera en decirle a su manera que lo habían extrañado. Entre el alboroto de colores y plumas, Omar repartió atención y comida sin poder disimular la emoción.
De todo eso, Omar se quedó con una certeza sencilla y honda: los animales siempre saben quién los ha tratado bien. No importa cuánto tiempo pase, cuántos cerros uno haya cruzado entre medias. Ellos guardan eso, y en el momento justo, te lo devuelven con todo.
Ecos del campo
Evento: 8 de octubre de 2025
Garfio, el tuerto que perdió a Ruby
En el área de rehabilitación de la Fundación Loros, donde viven las aves que alguna vez compartieron techo con humanos, hay un loro amazona farinosa —el más grande de Colombia— al que todos llaman Garfio. Su nombre original era Scar, pero alguien decidió que ese apodo no le hacía justicia a su historia, y Garfio le quedó como anillo al dedo: el ojo izquierdo lo tiene dañado, y con el derecho observa el mundo con una mezcla de orgullo y soledad que no pasa desapercibida.
Cuentan los que estuvieron presentes que Garfio quería lo que ahora llaman una relación abierta, y cometió el error de poner los ojos en Ruby, la compañera elegida de Paco. Paco no era el loro más grande ni el más ruidoso del grupo, pero sí el más respetado: de esos que no necesitan alzar la voz porque su sola presencia dice todo. La pelea fue corta y definitiva. Garfio salió derrotado, con un ojo menos y una lección que ningún loro del grupo quiso olvidar.
Desde entonces, Garfio vive solo. No porque las loras le huyan por el ojo —como bien dice la gente por acá, el amor es ciego o tuerto— sino porque es difícil confiar en alguien que va contra su propia naturaleza solo por el ego. Mientras tanto, Paco y Ruby siguen juntos, y Garfio los llama "lorito" desde lejos, esperando quizás una revancha que nadie le va a dar.
En diciembre de 2023, el reconocido entrenador de vuelo libre Chris Biro llegó a la reserva y se fijó enseguida en ella: la guacamaya número 2, una Ara que se acercaba a los humanos con una confianza poco común. Dos años después, el 9 de diciembre de 2025, esa misma ave alzó vuelo junto a otras veinte guacamayas desde el sitio de liberación de loros.org, a pocos kilómetros de Cartagena, y se fundió en el verde espeso del monte.
El 10 de febrero de 2026, el equipo volvió al lugar y ahí estaba: la número 2, bebiendo agua junto a otras tres guacamayas más, con una bandada entera visible en los árboles de alrededor. No se acercó. No buscó manos ni miradas conocidas. Esa indiferencia tan difícil de lograr fue la mejor noticia del día.
La que Biro describió como excepcionalmente amigable con los humanos se fue volviendo, con el tiempo y con la selva, un poco más arisca, un poco más libre. Fiel a su territorio, acompañada y viva: la número 2 ya encontró su lugar.
Ese jueves, Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó a la reserva con las manos llenas y el día por delante. Preparó las bandejas con cuidado: papaya, sandía, guayaba, semillas de girasol y cacahuates, todo dispuesto bajo el calor pegajoso del Caribe colombiano. Las guacamayas azules y amarillas —Ara ararauna— llegaron agotadas, como si el vuelo por los alrededores les hubiera cobrado el precio del mediodía. Omar les puso agua, y entonces el árbol volvió a tener sonido.
Después de comer, notó algo que lo detuvo: cinco parejas apareándose entre las ramas. Un comportamiento que en esta especie señala que los vínculos van en serio y que la reserva necesitará nidos para responderles. Mientras lo anotaba mentalmente, recogió ciruelas silvestres de los alrededores para llevarlas a las que aún están en proceso de rehabilitación, para que aprendan a reconocer, con el tiempo, los sabores que el monte les tiene guardados.
Al caer la tarde, cuatro o cinco guacamayas descansaban en las ramas de la sombra, acicalándose despacio, ajenas al calor. Omar las miraba desde abajo. Llevaba un día siendo chef, biólogo y vecino de unas aves que todavía no saben que él piensa en ellas incluso cuando no están.
Ese jueves, con el sol aplastando fuerte sobre el Cerro El Peligro, Omar Enrique Berdugo Cabeza andaba en lo suyo: limpiando las jaulas del punto de liberación de guacamayas cuando algo lo detuvo. En un rincón húmedo donde el agua caía sobre la tierra, una tortuga silvestre había encontrado su refugio del calor.
Omar la observó despacio. Notó que el animal estaba quieto, buscando frescura en ese pedacito de tierra mojada. Sin pensarlo mucho, le acercó agua y un trozo de papaya. La tortuga aceptó, a su ritmo, como lo hacen ellas. Después, cuando estuvo lista, emprendió camino de regreso al bosque, perdiéndose entre la vegetación con esa calma que solo tienen los que conocen bien su rumbo.
Fue un avistamiento de esos que no estaban en el plan del día pero que hacen más rica la jornada. Omar lo registró en video: prueba de que en la Fundación Loros, incluso en las tardes más calurosas, el bosque siempre tiene algo que mostrar.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llevaba un rato quieto en el punto de liberación de la finca El Paraíso, en la zona del Arroyo, cuando los vio llegar. Dos titís —la misma pareja liberada allá por julio de 2025— regresaban de explorar el monte, sanos y con ese aire tranquilo que tienen los animales que ya saben dónde viven. Omar encendió la cámara a tiempo para capturarlo todo.
En los meses que llevan libres, esta pareja ha sorteado tigrillos y otros depredadores que rondan entre la vegetación ribereña del Arroyo. Nadie los guía, nadie los protege de cerca. Aprenden solos, equivocándose y corrigiéndose, como cualquier criatura que de verdad pertenece a un lugar. Que hayan vuelto ese día, enteros, es la prueba de que algo está funcionando.
Omar dice que el momento le dejó una enseñanza. No lo explicó con muchas palabras, y quizás no hacía falta: a veces dos primates pequeños que regresan caminando por su propio pie dicen más de lo que cualquier informe podría contar.
Hacía meses que no sabíamos nada de Loreta. La última vez que la vimos, abrió las alas hacia un jobo alto y no miró atrás. Quizás fue a buscar a Lorenzo, quizás simplemente estuvo lista. Loreta es la número 14, una lora amazónica que llegó a Fundación Loros después de pasar su niñez entera en una jaula en Cartagena: no sabía volar, y cuando aprendió, tampoco quería. Esa clase de historia hace la reintegración más lenta, más incierta. Por eso cuando partió, nos quedamos con la esperanza apretada en la mano.
El 20 de febrero de 2026 apareció posada sobre la valla de madera, con su etiqueta colgando y las montañas de Villanueva detrás, verde sobre verde. Libre y entera. Sus plumas mostraban los mismos destellos amarillos y rojos de siempre, pero algo en ella era distinto: ya no era la lora que dudaba.
Este regreso no se explica sin los vecinos de Villanueva, esos que siembran papayas, cerezos, mangos y jobos y que conviven a gusto con los loros que pasan por sus ramas. Son ellos quienes sostienen, sin saberlo del todo, el mundo al que Loreta eligió pertenecer.
Ecos del campo
Evento: 24 de febrero de 2026
La guacamaya que eligió quedarse
Corina Leonor la encontró sola, como siempre, instalada entre las guayabas verdes cerca de casa Paraíso. La guacamaya azul y amarilla —una Ara ararauna sin nombre oficial, aunque todos en la reserva la reconocen— mordisqueaba la fruta con esa concentración casi caprichosa que tienen las guacamayas cuando algo les gusta de verdad. No estaba de paso. Nunca está de paso.
Esta individua llegó a la Fundación Loros a través del programa de liberación, y desde entonces decidió que casa Paraíso era su territorio. Con el tiempo encontró pareja y juntos tomaron posesión de uno de los nidos artificiales que el equipo construyó cerca de la casa principal, como si siempre hubiera sido suyo. No hubo negociación: simplemente llegó, miró el nido y se quedó.
Eso es, quizás, la mejor señal que puede dar una guacamaya liberada: no la necesidad de volver, sino la decisión de pertenecer. Ese nido ocupado, esa guayaba mordida con gusto, esa costumbre tranquila de estar cerca, son la prueba silenciosa de que algo en este camino hacia la libertad está saliendo bien.
Cada mañana, Omar sube al Cerro el Peligro con una campana y una promesa. Esta mañana de febrero no fue distinta: bajo un sol que caía sin piedad sobre el aviario de apoyo y la vegetación que lo abraza, hizo sonar el llamado de siempre. Y uno a uno, luego en grupos, fueron llegando. Dieciocho guacamayas *Ara ararauna* —ese azul intenso con el pecho amarillo que parece pintado a mano— se posaron en los comederos colgantes como si el cerro entero les perteneciera. Porque, en efecto, ya les pertenece.
Son aves que el equipo de la Fundación liberó y que ahora transitan ese territorio intermedio entre el cuidado humano y la vida silvestre. Todavía acuden al alimento que Omar les ofrece, todavía reconocen la campana, pero cada día que pasa es un día más lejos del cautiverio. El video que grabó esa mañana lo dice todo: el aviario de fondo, las flores de los arbustos meciéndose, y sobre todo ese bullicio de alas azules que llega puntual, libre y sin pedirle permiso a nadie.
Un maestro lo encontró solo en el patio de su colegio —un pichón de mochuelo cubierto de plumón grisáceo, con más piel visible que plumas, mirando el mundo con esa seriedad exagerada que tienen los búhos desde recién nacidos. Sin dudarlo, lo recogió y lo llevó hasta las puertas de la Fundación Loros, donde Carlos Andrés lo recibió con la calma de quien conoce bien el monte.
Carlos no tardó en leer la situación. Salió, atrapó dos lagartijas —lobitos, como les dicen por acá en la costa— y el pequeño búho se las comió sin vacilar. "Está bien así", dijo Carlos, con esa certeza tranquila que da el trato diario con los animales. Era una buena señal.
Desde la fundación, Alejandro contactó a Marcela Villadiego, del EPA Cartagena, para coordinar el traslado al CAV —Centro de Atención y Valoración—, donde el mochuelo recibirá atención especializada. La historia de este pequeño búho empezó debajo de una ceiba, sola y sin explicación, como tantas cosas en el campo. Pero hubo un maestro que supo recogerla.
Voces entre los cultivadores nuevos
El miércoles al caer la tarde, José Marín caminaba por el área de los nuevos cultivadores cuando el aire se llenó de cantos que no esperaba. Primero llegaron las guacharacas con su alboroto inconfundible, ese coro ronco y festivo que rompe el silencio de la montaña; luego, entre los matorrales, el silbido más delicado de las tangaras azuladas, pájaros que llevan el color del cielo en las alas.
Que haya actividad de aves en esta zona —recién intervenida, aún encontrando su ritmo— dice algo importante: la vida no espera invitación. Las tangaras azuladas buscan frutos e insectos en los bordes de cultivo, y las guacharacas se mueven con la misma confianza de siempre, sin importarles mucho quién llegó primero. La presencia de ambas especies sugiere que, incluso en áreas de transición, la reserva sigue siendo un lugar donde la fauna se mueve con libertad.
José lo escuchó todo. A veces, en el campo, lo más valioso que uno puede hacer es quedarse quieto y prestar oído.
En la finca Vista Hermosa, Nilson no necesita muchas palabras. Sabe cuándo la tierra habla y cuándo hay que escucharla. Esta vez se acercó con la calma de quien conoce cada palmo del terreno y avisó: los bananitos manzanos ya estaban listos para recoger.
Esos guineos pequeños, dulces, que crecen con una generosidad particular en Vista Hermosa, habían llegado al punto exacto. Nilson los conoce bien, sabe el color que toman, el peso que dan las manos cuando los sostiene. No hay que esperar más, dijo, y en eso confió el equipo.
Así transcurren muchos de los días en la reserva: no siempre con grandes gestos, sino con el saber acumulado de quienes trabajan la tierra de cerca. El aviso de Nilson fue suficiente para que la cosecha de estos pequeños bananos pudiera seguir su curso.
Esta mañana, Omar subió solo hasta el punto de liberación del Cerro El Peligro con su tarea de siempre: alimentar a las aves del santuario. No pasó nada extraordinario, y tal vez por eso pasó todo. Sin el ruido de otros, sin prisa, el cerro se fue abriendo de a poco.
Fue entonces cuando los goleros aparecieron volando juntos, pegados unos a otros en el aire tibio de la mañana. Omar los vio y algo se le movió por dentro. Esos pájaros que la mayoría ignora o mira de reojo le recordaron que hay una fuerza distinta en lo que va unido, en lo que se mueve como familia. No lo dijo con muchas palabras, pero lo dijo claro.
A veces la naturaleza no necesita espectáculo para enseñar. Un hombre solo en una colina, unos goleros en vuelo rasante, y la certeza quieta de que la belleza estaba ahí, esperando que alguien se detuviera a verla.
Ecos del campo
Evento: 24 de febrero de 2026
El amor interrumpe el tour
Corina Leonor iba abriendo camino en medio de un recorrido cuando la naturaleza decidió, sin avisar, montar su propio espectáculo. Ahí, frente al grupo de visitantes y sin importarle el público, una pareja de vacas estaba a punto de aparearse. El momento fue tan inesperado que hasta los más veteranos del recinto confesaron no haber visto algo así durante un tour.
Hubo risas, algo de asombro, y ese silencio breve que se produce cuando la vida silvestre —o en este caso, la vida a secas— hace lo suyo sin pedir permiso. Corina lo tomó con buen humor, como se toman las cosas cuando uno trabaja en campo y aprende que los guiones nunca son del todo los que uno escribe.
La reserva, como siempre, tiene la última palabra.
Jamaica fría y coco bajado del árbol
Hay tardes en la reserva en que el calor del Caribe aprieta de verdad, y la mejor respuesta no viene de ninguna nevera sino de la tierra misma. En el santuario de Fundación Loros crece la flor de Jamaica entre los cultivos, encendida de rojo como si el sol la hubiera pintado a propósito. Angélica Cecilia Mármol y el equipo la cosechan con sus propias manos, la preparan con calma, y lo que llega a la mesa es un vaso frío con todo el sabor de aquí adentro.
Quienes recorren los senderos de las 520 hectáreas saben que el tour tiene recompensa al final: un agua de coco bien fría, bajada directamente de la cosecha de la reserva. No hay secreto ni magia especial, solo el ciclo sencillo de sembrar, cuidar y compartir lo que da este pedazo de tierra cerca de Cartagena. Un sorbo de Jamaica a mitad del camino, un coco al llegar. Así se cierra la tarde en Loros.
Fue Omar quien primero lo notó: palos de yuca cortados en varios sectores de la reserva, y lo que parecían ser vísceras abandonadas entre la vegetación. Alejandro recibió el reporte y salió a verificar. En campo, un campesino vecino —Yego— se acercó de buena fe a contar que él mismo había estado por la zona y quería que lo supieran, para que no fueran a sospechar de él. Su aviso llegó a tiempo para empezar a hilar el rompecabezas.
La pregunta que quedó flotando en el aire fue quién o qué estaba detrás del daño. Las pistas apuntan en varias direcciones: podría ser un tigrillo, un gavilán, o alguno de los búhos que rondan por esos sectores. Nada descartado todavía.
Del recorrido salieron dos conclusiones concretas: hace falta una casita para un cuidador permanente en esa zona, acompañado de un perro guardián que disuada a los depredadores. Y hay que ponerles láminas a los árboles y a las jaulas, para dificultar el acceso. La reserva tiene ojos nuevos gracias a vecinos como Yego, pero también necesita sus propias defensas.