Roble y polvillo florecidos al mismo tiempo
Nilson caminaba solo ese martes cuando el bosque le dio una sorpresa doble: el roble y el polvillo habían decidido florecer juntos. Desde las coordenadas donde se detuvo, cerca de Cartagena, el paisaje olía a campo abierto y se veía salpicado de amarillo por todas partes — las flores del polvillo, de cinco pétalos con el centro ocre, cubrían el suelo entre la vegetación rastrera como si alguien las hubiera sembrado a propósito.
El bosque no estaba quieto. Un carpintero trabajaba en algún árbol invisible, el chau chau se anunciaba a lo lejos, y entre ellos se colaba el chiflido suave de un pajarito que Nilson escuchó pero no alcanzó a ver. En un momento, una mariposa roja con líneas blancas cruzó el recorrido y siguió su camino.
Era mediodía, Nilson estaba solo, y el bosque tenía más vida de la que uno esperaría en una tarde de marzo.