El despensero solitario del cerro
Omar Enrique Berdugo salió solo esa mañana, sin más compañía que el monte y su conocimiento del terreno. Su recorrido trazó un mapa invisible de recursos entre el aviario de Cameron y el punto de liberación del cerro: ciruelas todavía biches colgando verdes, la flor discreta del mamón apenas asomándose, racimos de palma que los loros y guacamayas ya conocen de memoria — en los guardianes se habían visto antes rondando esos frutos.
Cerca del aviario encontró hojas de vijao, esas hojas anchas y frescas que los campesinos de la región doblan con maestría para envolver tamales y pasteles, o para tapar un arroz que se cuece lento con el calor del campo. No distaba mucho de ahí el hallazgo más colorido del día: en el punto de liberación del cerro, un árbol de achiote —*Bixa orellana*— mostraba sus frutos abiertos, las semillas rojas encendidas como brasas pequeñas. El mismo rojo que condimenta las ollas de cocina caribe y que los indígenas han usado desde siempre para pintarse el cuerpo.
Un solo hombre, una mañana, y un inventario que recuerda por qué importa conocer el territorio palmo a palmo antes de abrir las puertas del aviario.