Piquitos, nidos y un canto en el aviario dos
Esta mañana, Corina y Carlos llegaron a los aviarios con las bandejas de frutas frescas y se encontraron con algo más que hambre: había parejas de loros amazónicos dándose piquitos entre perchas, un individuo posado en su nido con esa quietud solemne del que cuida algo valioso, y después de comer, un grupo de quince o veinte aves con sus anillas verdes —B214, B60, B05, entre otros— que se acomodaron juntos a descansar, como si el mediodía fuera un asunto colectivo. En el aviario #2, un loro se arrancó a cantar solo, y ese sonido llenó el recinto de malla y techo de paja con una alegría que el equipo recibió en silencio.
Y es que el silencio es parte del protocolo. En la Fundación Loros no se les habla, no se les toca: esa es la regla que sostiene todo el trabajo de rehabilitación. Para que un loro recupere sus alas completas y sus instintos silvestres, necesita olvidar que alguna vez dependió de una voz humana. La reconstitución es lenta, paciente, hecha de vuelos de prueba, monitoreo y buena alimentación.
Más tarde, Corina y Carlos salieron hacia el sector de Conopany y colocaron las bandejas de frutas en las estaciones al aire libre, donde los loros en libertad se acercan a comer sin que nadie los llame. Las fotografías de ese momento —aves posadas sobre comederos colgantes rodeados de palmeras y cielo despejado— son el registro silencioso de que el camino funciona.