El tronador, la enredadera y el fruto que nadie nombra
Michel Salas salió ese domingo por los caminos de tierra de la reserva con la cámara lista y los ojos abiertos. En el primer punto que registró, la vegetación lo recibió con una abundancia callada: una enredadera de frutos rojo-anaranjados partidos en dos, mostrando sus semillas negras como si posaran para él; más arriba, otra trepadora distinta colgaba flores rosa-lila entre el follaje verde contra el azul del mediodía. Y dominando el conjunto, el tronador — ese árbol de porte grande y tronco grueso que la gente de por aquí conoce bien por su nombre, aunque la ciencia todavía no se haya puesto de acuerdo con ellos.
A unos quinientos metros al oriente, el paisaje cambiaba de tono. El camino era más seco, más arenoso, con arbustos que empezaban a acusar el peso de la sequía. Fue allí donde Michel encontró el fruto más curioso del día: pequeño, verde, acanalado, con la forma exacta de una calabaza en miniatura. Lo sostuvo en la palma para fotografiarlo bien. Nadie en el equipo supo decirle el nombre. A veces el monte guarda sus secretos así, sin prisa, esperando que alguien vuelva a preguntar.