No todos los pájaros llegan a la libertad por el mismo camino. Este *Ara severus* —guacamaya verde de carácter difícil— salió del aviario 1 de la Fundación Loros no como un triunfo tranquilo de rehabilitación, sino como una decisión urgente: el ave había desarrollado una agresividad sostenida que el equipo ya no podía ignorar, y existía la sospecha fundada de que había matado a uno de sus compañeros de encierro.
Fue Omar y Alberto quienes ejecutaron la liberación, un domingo de marzo en un entorno rural rodeado de árboles y tierra de patio campesino. En la foto que llegó desde el campo, la guacamaya aparece posada sobre una estructura metálica, verde y quieta por un instante, mientras al fondo unas gallinas siguen con sus asuntos como si nada. No había ceremonia. Solo el momento en que el ave extendió las alas y demostró, con vuelo firme, que su cuerpo al menos estaba listo para lo que venía.
A veces la rehabilitación termina así: sin aplausos, con una pérdida adentro y una partida afuera. La guacamaya se fue porque era necesario. Y porque ya volaba bien.
Un cacahuate antes de volar
Hacía unas semanas, alguien en el pueblo había capturado este loro amazónico y lo había traído a la Fundación. Era un ejemplar grande, de plumaje verde intenso con la corona amarilla bien marcada y manchas rojas en las alas — el tipo de pájaro que uno mira y siente que ya ha vivido mucho. Había perdido su medalla de identificación, pero el equipo no necesitó más señales: ese loro llevaba tiempo libre, y se notaba.
El domingo 29 de marzo, Omar lo sacó del Aviario 1A y lo posó en el comedero al aire libre. El loro no se inmutó. Se quedó ahí, tranquilo, comiendo un cacahuate con toda la calma del mundo, como si supiera perfectamente lo que venía después. Cuando terminó, abrió las alas y voló solo, sin que nadie lo empujara.
Así terminó el paso de este amazónico — posiblemente *Amazona ochrocephala* — por la Fundación Loros: sin aspavientos, sin ceremonias. Solo un pájaro que ya sabía lo que era la libertad, tomándose el tiempo de comer algo antes de volver a ella.
Un amazónico que no pudo ser identificado
Alberto encontró al loro en el suelo del Aviario 1. Era un amazónico de plumaje verde brillante, con marcas amarillas en la cabeza y un relámpago rojo en las alas — un ave que cualquiera habría reconocido al vuelo, pero que esa mañana yacía con el pico abierto y las patas rígidas, sin anillo ni medalla que dijera su nombre. Las fotos y el video que tomó el equipo muestran los signos de traumatismo: plumas desalineadas, postura anormal, tierra y hierba alrededor como testigos mudos de lo que debió ser una pelea corta y definitiva.
Al parecer, el Ara severus que comparte el recinto fue el otro protagonista de la historia. Los guacamayos de pecho castaño son aves temperamentales y territoriales; convivir con ellos nunca está exento de riesgo, sobre todo cuando los espacios se disputan con la intensidad que solo conocen las aves que alguna vez fueron silvestres. No se sabe bien cómo empezó el conflicto ni cuánto duró.
Lo que quedó fue el registro cuidadoso de Alberto y el equipo, y la pregunta que siempre duele un poco más cuando no hay anillo: ¿cuánto tiempo llevaba este loro con nosotros, y cómo se llamaba?
Nacidas solas en el monte
Jorge Alcalá caminaba por el santuario cuando algo lo detuvo: entre las sombras del sotobosque caducifolio, sobre una alfombra de hojas secas y troncos desnudos, una planta joven arbustiva de hojas grandes y verde intenso había brotado sin que nadie la sembrara. Un poco más adelante, erguida entre la vegetación densa, una papaya silvestre —Carica papaya— extendía su corona de hojas lobuladas hacia el cielo azul de marzo, alta y delgada como si siempre hubiera sabido exactamente hacia dónde crecer.
Nadie las plantó. Nadie preparó la tierra para recibirlas. El suelo del santuario lo hizo solo, como lleva años aprendiendo a hacerlo. Las dos plantas, registradas en coordenadas GPS por Jorge, son señal de que el bosque tiene memoria propia: sabe cómo volver.
En algún rincón del bosque de la Fundación Loros, entre troncos caídos y hojas secas que alfombran el suelo, Michel Salas se detuvo frente a una planta que no pasaba de las rodillas. Era una Vara Santa joven —Triplaris sp.—, con hojas verdes y brillantes como si acabaran de ser pulidas, nervaduras marcadas como ríos en un mapa, y un tallo de ese rojo morado que tienen las plantas cuando todavía están aprendiendo a crecer. A primera vista, una planta más en el sotobosque. Pero Michel miró con más cuidado.
Sobre el tallo y entre las hojas se movían hormigas con esa urgencia característica suya, sin pausa, sin destino aparente. No era casualidad: la Vara Santa y las hormigas llevan siglos en un trato silencioso. La planta les ofrece refugio dentro de sus tallos huecos; las hormigas, a cambio, la defienden. Y esa defensa tiene un valor concreto en este bosque: las flores de la Vara Santa son tan vistosas que sin sus guardianes, alguna mano las habría cortado hace rato.
Michel documentó el hallazgo con fotos y video antes de seguir camino. Una planta joven, unas hormigas trabajadoras y un pequeño pacto que lleva tiempo funcionando, ahí, en las coordenadas 10.4411, -75.2575.
Dos solanáceas y un insecto sin nombre
En la Loma del Halcón, Michel Salas encontró lo que el monte seco guarda sin anunciarse: dos especies del mismo género creciendo entre la hojarasca y el suelo expuesto, cada una con su propio lenguaje de color. La de flor blanca resultó ser Solanum torvum; la de flor morada, Solanum subinerme. Ambas en terreno árido, ambas con las hojas perforadas por insectos que comieron y siguieron su camino sin dejar nombre.
Las seis fotografías que trajo Michel cuentan más de lo que las palabras alcanzaron ese día. En una de ellas, sobre los frutos verdes y diminutos del Solanum torvum, descansa un insecto de tonos rojizos y naranja que todavía no tiene identificación en nuestros registros. Está ahí, quieto, como si esperara que alguien le pusiera el nombre que le corresponde.
Queda pendiente ese dato. Por ahora, la Loma del Halcón suma dos solanáceas documentadas y un misterio de seis patas que el equipo tendrá que resolver en la próxima salida.
Michel Salas estaba recorriendo una zona de matorral con suelo seco cuando se topó con ella: una pringamosa (*Urtica urens*) bien establecida, con sus hojas grandes de bordes dentados y los tallos cubiertos de tricomas blancos que brillaban bajo el sol de la tarde. La planta crecía entre ramas caídas y vegetación variada, discreta a primera vista, pero con toda la advertencia escrita en su piel.
Michel documentó la planta con cuatro fotografías que capturaron sus detalles uno a uno: las flores blancas pequeñas abriéndose en la parte alta del tallo, los frutos verdes apenas en desarrollo, y esa textura vellosa que hace de la pringamosa una experta en defenderse sola. El punto quedó registrado en coordenadas exactas, en un área semi-despejada de la reserva donde la vegetación crece mezclada y sin orden aparente.
La *Urtica urens* es urticante por diseño: sus tricomas actúan como jeringas microscópicas que inyectan un cóctel irritante al menor contacto. No es una planta que pase desapercibida dos veces. Michel la reconoció, la respetó y la registró. Eso es suficiente.
Jorge Alcalá y Michel Salas caminaban por el costado de la reserva cuando dieron con ella: una Rauvolfia littoralis, el arbusto de hojas lustrosas que los campesinos de esta costa caribe llaman venenito, o simplemente solita. Era un registro nuevo en ese punto, uno de esos hallazgos que no se anuncian con fanfarria sino que aparecen al doblar un recodo, entre la sombra y el calor de la tarde.
Lo que hace particular a esta planta no es solo su presencia en la reserva, sino la memoria que carga. En el saber tradicional de la región, la solita ha sido usada como contraveneno para picaduras de serpientes — un conocimiento que corre de boca en boca y de generación en generación, paralelo a cualquier manual de botánica. Encontrarla aquí, en estas coordenadas, es también encontrar un pedazo de ese saber vivo.
El hallazgo quedó registrado el 29 de marzo de 2026. Sin fotografía por ahora, pero con la precisión de quienes saben mirar el monte.
Dos plantas sin nombre completo en la Loma del Alcón
Michel Salas caminó ayer por la Loma del Alcón con los ojos bien abiertos. Entre la vegetación densa del sotobosque, donde la luz se cuela a ratos y el suelo huele a tierra húmeda y hojarasca, encontró una planta del género Solanum luciendo al mismo tiempo: bayas verdes pequeñas agrupadas en racimos y flores blancas de centro amarillo, como si no pudiera decidir entre fructificar o florecer. Las hojas grandes y algo aterciopeladas, cruzadas por hilos de telaraña, completaban el cuadro.
Más adelante, una planta arbustiva de mediano tamaño llamó su atención con flores blancas de mayor tamaño asomando entre las ramas. No es Datura, aclaró Michel con seguridad, aunque el parecido desde lejos pueda confundir. Por ahora queda registrada como especie por identificar, una de esas preguntas abiertas que el monte de la Fundación Loros guarda con calma, esperando que alguien le ponga nombre.
Caminando entre la hojarasca seca y las piedras dispersas del bosque, Jorge Alcalá y Michel Salas se toparon de repente con él: un individuo joven de Cojón de Fraile (*Tabernaemontana cymosa*) creciendo solo, sin que nadie lo hubiera plantado ni cuidado. Las hojas grandes y ovaladas, de un verde intenso con nervaduras bien marcadas, se abrían paso entre la vegetación baja mientras al fondo se erguía el tronco grueso de un árbol mayor, como si el bosque lo estuviera acogiendo en silencio.
Ese crecimiento espontáneo es una buena señal. Significa que el suelo, la sombra y la humedad del lugar están en condiciones de recibir nuevos individuos de esta especie nativa. El hallazgo quedó registrado el 29 de marzo con fotografía y coordenadas precisas, un dato pequeño que se suma al mapa vivo que la Fundación Loros construye recorrido a recorrido en estas 520 hectáreas.
En un rincón herbáceo de la reserva, entre sombras de árboles y pasto semiseco, Michel Salas y Jorge Alcalá se detuvieron frente a una planta que no pasaba de joven: tallo único, hojas anchas y verdes, y un puñado de bayas negras maduras colgando entre las ramas como cuentas de collar. Era una Rauvolfia tetraphylla, especie que pertenece a la familia Apocynaceae y que en esta región carga con una reputación que viaja de boca en boca entre los pobladores del campo: dicen que sirve para tratar las mordeduras de serpiente.
El hallazgo quedó registrado el 29 de marzo en las coordenadas 10.44006, -75.25697, en un terreno semiabierto donde la vegetación se mezcla sin orden aparente. La planta crecía discreta, sin anunciarse, como suelen crecer las que tienen historia. La Rauvolfia tetraphylla es una especie nativa del trópico americano, y aunque su uso medicinal tradicional está extendido en varias comunidades, su toxicidad exige respeto: no es planta para tocar sin saber.
Jorge Alcalá y Michel Salas caminaban entre la vegetación densa de la reserva cuando se toparon con un árbol joven de tronco delgado y ramas extendidas hacia los lados, como queriendo abrazar el monte que lo rodea. Era una Trema micranthum — aunque en estas tierras nadie la llama así. Aquí le dicen 'pajarito' o 'periquito', nombres que la gente de la región le fue poniendo, seguramente porque saben bien lo que viene cuando los frutos maduran.
Ese día los frutitos seguían verdes, apretados en los tallos entre hojas de bordes dentados y luz solar que se colaba por entre el dosel. Todavía no era tiempo. Pero el nombre ya lo dice todo: este árbol tiene una cita pendiente con las aves de la Fundación Loros, y cuando llegue la temporada, la Trema va a cumplir.
Bajo un cielo despejado y entre ramas con poco follaje, Jorge Alcalá y Michel Salas encontraron hoy una Ceiba pentandra en plena época seca. El árbol, imponente en sus formas aun sin hojas, estaba soltando sus frutos: de ellos brotaba el kapo, esa fibra blanca y algodonosa que envuelve las semillas y las lanza al viento para que viajen lejos. En campo, la primera impresión fue de telaraña, pero no: era la ceiba haciendo lo suyo, dispersando su descendencia con la ligereza de quien no necesita prisa.
Mientras Jorge y Michel observaban las semillas en vuelo, dos periquitos veraneros —Brotogeris jugularis— se habían instalado entre las ramas y picoteaban los frutos verdes con la tranquilidad de quien conoce bien la despensa. Estos pequeños loros de garganta naranja son visitantes frecuentes de árboles en fructificación, y hoy la ceiba bonga les tenía la mesa puesta.
El registro quedó completo: árbol, fruto, fibra, semilla y fauna asociada, todo en un solo punto de la reserva. A veces el campo entrega así sus hallazgos, todos juntos, sin anunciarse.
La uvita mocosa en dos tiempos
En la Loma del Alcón, Michel Salas y Jorge Alcalá encontraron a la Cordia dentata haciendo lo que pocos árboles se permiten al mismo tiempo: florecer y fructificar. La uvita mocosa, como la conocen por estos caminos, mostraba en sus ramas dos momentos de su vida a la vez — frutos verdes y apretados en racimos, brillantes bajo el sol de marzo, y otros ya más desarrollados, de ese blanco-crema que anuncia la madurez, colgando con cierta soltura entre el follaje.
El cielo azul y despejado del domingo hacía buen contraste con los verdes del sector, y el árbol parecía ajeno a cualquier observador, tranquilo en su fenología. No había fauna ese día —ningún pájaro, ningún insecto registrado—, solo la planta en lo suyo, y dos investigadores atentos a documentarla. Las fotos capturaron los dos estados con claridad: la promesa verde de los racimos inmaduros y el fruto blancuzco que ya lleva algo de camino recorrido.
Queda en la bitácora: la Loma del Alcón tiene su Cordia dentata activa, y Michel y Jorge estuvieron ahí para contarlo.
En un rincón de tierra arenosa y arbustos bajos, Jorge Alcalá y Michel Salas se detuvieron frente a un guácimo que crecía solo, con sus ramas extendidas como quien lleva años ofreciendo sombra sin que nadie se lo pida. El árbol —Guazuma ulmifolia, para quien guste del nombre científico— aparecía robusto en medio de la sequedad, con el follaje verde contrastando contra un cielo sin una sola nube de lluvia.
No es un hallazgo espectacular a primera vista, pero los que conocen el monte saben que el guácimo es de esos árboles trabajadores que no hacen escándalo: sus frutos alimentan a la avifauna durante las temporadas más difíciles, y sus raíces amarran los suelos sueltos que de otra manera el viento y el agua se llevarían poco a poco. En un terreno tan seco y arenoso como este, su sola presencia cuenta una historia de resistencia silenciosa.
El registro quedó documentado con fotografías y coordenadas. Un árbol más en el mapa de la Fundación, y también una pequeña prueba de que hay vida aferrada a este suelo.
En Loma del Alcón, Michel Salas se paró debajo de un guásimo viejo y miró hacia arriba: el cielo azul se colaba entre las ramas con más facilidad de lo normal, porque el follaje escasea. Desde abajo se veía todo: el tronco grueso y rugoso lleno de cavidades abiertas por carpinteros o por insectos xilófagos, y enredada entre las ramas altas, la silueta inconfundible de una Loranthaceae —esa planta parásita que hunde sus raíces en la madera ajena y se queda.
El árbol, sin embargo, no ha dicho su última palabra. Algunas ramas conservan hojas verdes, una señal de que por dentro todavía circula algo de vida. Pero el panorama es el de un organismo bajo presión: la parásita aprovechando la copa, las cavidades debilitando el tronco, el follaje retrocediendo poco a poco. Michel tomó dos fotos, registró las coordenadas y dejó constancia del hallazgo. En Loma del Alcón queda marcado este guásimo —imponente todavía, resistiendo, pero claramente en tensión— para que el santuario sepa dónde está y pueda seguirle el pulso.
El domingo 29 de marzo, Michel Salas se internó en una de las zonas de suelo arenoso del santuario con una misión clara: documentar la flora que crece en silencio entre la tierra seca y el cielo azul de la región. En ese recorrido de caracterización, detuvo sus pasos frente a un matarratón —Gliricidia sepium— de buen porte, con el follaje verde brillante encendido por el sol de media tarde y una vaina seca colgando de una rama delgada como el último recuerdo de una floración pasada.
Con cinco fotografías, Michel capturó el árbol desde distintos ángulos: las hojas compuestas pinnadas recortadas contra el azul despejado, el paisaje de sabana que lo rodea, las ramas que se abren hacia arriba con esa generosidad silenciosa que caracteriza a esta especie. El individuo registrado se encontraba en buen estado vegetativo, firme en su lugar de siempre, indiferente al calor.
El matarratón es de esos árboles que los campesinos de la costa conocen bien: sirve para cercas vivas, para sombra, para mejorar el suelo. Encontrarlo establecido en el área de influencia de la Fundación Loros, en las coordenadas 10.4399, -75.2572, es un dato que queda consignado ahora en el mapa vivo del santuario.
En un recodo del camino de tierra, Michel paró un momento y señaló: un guásimo de mediano porte, con sus ramas abiertas derramando sombra sobre una banquita que alguien puso allí debajo. El árbol —Guazuma ulmifolia, conocido en estas tierras por sus frutos pequeños y su madera resistente— se alzaba solo contra un cielo azul sin una nube, con la vegetación baja del trópico cerrando el fondo como telón verde.
Alejandro tomó nota del punto y de la especie, pero lo que Michel quería registrar era algo más que un árbol: era el lugar. Dijo que muchas aves se paran ahí, que la vista desde ese punto es linda, y propuso que se convirtiera en un sitio oficial de refugio o descanso dentro de la reserva. Ese día no había aves para reportar —solo el guásimo quieto, la sombra fresca y el camino siguiendo de largo—, pero el punto quedó marcado en las coordenadas 10.4400°N, 75.2572°O, esperando su turno.
Michel Salas caminaba entre las colinas del santuario cuando levantó la vista y encontró esa imagen: dos nidos colgantes de oropéndola cianopúrpura (*Psarocolius decumanus*) meciéndose desde las ramas de una *Pseudoalbizia neopodoides*, un árbol de tronco múltiple que se recortaba nítido contra el cielo azul de la tarde. Más arriba, en las ramas superiores del mismo árbol, un guacamayo ocupaba su propio espacio. Un solo árbol, dos especies, dos historias de anidamiento superpuestas.
Los nidos de oropéndola son inconfundibles: largos, tejidos con fibras vegetales, cuelgan como bolsas del viento en las puntas de las ramas. Michel registró el hallazgo con dos fotografías y un video, documentando esa vecindad poco común entre la oropéndola y el guacamayo que compartían, sin aparente conflicto, el mismo árbol en las coordenadas 10.4398, -75.2573 de la reserva. Esta asociación interespecífica en un solo árbol es exactamente el tipo de dato que el seguimiento de aves en Fundación Loros busca acumular: la prueba silenciosa de que el bosque está vivo y complejo, y de que cada árbol puede ser un mundo.
Michel Salas andaba por la reserva cuando el morado lo detuvo dos veces. Primero fue una Ipomoea —campanilla, gloria de la mañana, como se le quiera decir— enredada con decisión alrededor de una rama, abriendo su flor violeta al sol de mediodía. Las hojas mostraban mordiscos de algún insecto que pasó por ahí antes, y un convoy de hormigas negras patrullaba el tallo de arriba a abajo, indiferente a la cámara.
Unos pasos más adelante, casi escondida entre hierba seca y hojas caídas, Michel encontró una planta joven que levantaba tímidamente lo que parece ser una Clitoria ternatea —flor de mariposa— del mismo tono púrpura, como si las dos especies se hubieran puesto de acuerdo en el color sin conocerse. El suelo alrededor era ese monte silvestre tupido que caracteriza los rincones más tranquilos de las 520 hectáreas de la Fundación Loros, cerca de Cartagena. Michel fotografió las dos, mandó la ubicación, y siguió su camino. A veces el campo habla así: sin anuncio, en morado.
Hay cosas que el bosque hace sin que nadie se lo pida. Jorge Alcalá y Michel Salas caminaban por el sotobosque del santuario, en el noreste de la reserva, cuando lo vieron: un totumo joven —Crescentia cujete— brotado de la tierra por cuenta propia, sin que mano humana lo sembrara ni lo ayudara. Hojas lanceoladas, verde brillante, firme sobre un colchón de hojas secas rodeado de vegetación densa. Nació solo.
El totumo es árbol de larga historia en estas tierras del Caribe. De sus frutos redondos, los pueblos indígenas tallaron totumas y maracas; hoy sus semillas viajan con el viento y con los animales que dispersan sus frutos. Que uno haya elegido este rincón del santuario para echar raíz es, en sí mismo, una señal de que el lugar tiene lo que necesita para vivir.
Jorge y Michel lo fotografiaron, tomaron las coordenadas y lo dejaron como estaba. A veces el trabajo de campo es ese: descubrir lo que ya está ocurriendo y dar fe de ello.
Jorge Alcalá caminaba por el sotobosque de la reserva cuando encontró, entre la penumbra verde y húmeda, una mata discreta de flores blancas de cuatro pétalos: Ruellia blechum, nativa de estos montes, que las abejas conocen mejor que nadie. Era el 29 de marzo y el calor de la tarde pesaba, pero ahí, en ese rincón sombreado de la Fundación Loros, la planta florecía sin aspavientos, como si siempre hubiera estado esperando ser anotada.
Más adelante, ya en plena luz, Jorge topó con una planta diferente: espinosa, de hojas ovales con ese brillo que tienen las plantas acostumbradas al sol duro. Hubo un momento de duda — ¿Caesalpinia? ¿otro género? — hasta que el equipo se inclinó por Pithecellobium. La especie exacta queda pendiente; por ahora el género basta, y la planta queda registrada con su misterio intacto en las coordenadas 10.43985, -75.2576917.
Dos especies, un recorrido, la tarde del domingo cerrándose sobre la reserva.
Hay plantas que prefieren el silencio y el roce. Este domingo, Jorge Alcalá y Michel Salas caminaban entre la vegetación densa de la reserva cuando se toparon con una de ellas: la dormidera, esa Mimosa pudica que lleva en el nombre su costumbre más famosa. Ahí estaba, entre el entramado de otras plantas silvestres, con sus hojas bipinnadas desplegadas como pequeñas plumas verdes y sus tallos armados de espinas diminutas.
La luz se colaba entre el follaje mientras Jorge y Michel documentaban la presencia de los ejemplares: los folíolos simétricos, el verde intenso que casi brillaba, el orden perfecto de esa arquitectura vegetal que a primera vista parece frágil. La dormidera es planta de suelos perturbados y bordes de camino, y su presencia en esta zona de la reserva habla de cómo la vida silvestre ocupa cada rincón disponible, con o sin testigos.
Nadie los sembró. Nadie los trasplantó ni los cuidó con agua ni con abono. Los dos guarumos que George encontró en las coordenadas del sector sur simplemente aparecieron, como suelen hacer los pioneros: sin avisar, abriendo camino. Se alzan sobre el monte bajo con sus hojas enormes en forma de sombrilla, recortados contra un cielo azul sin una sola nube, y desde lejos ya se notan por encima de todo lo demás.
El guarumo —Cecropia peltata— tiene esa costumbre: llegar primero cuando el bosque empieza a recordar que fue bosque. Es la especie que abre la puerta a las demás, la que le dice al suelo que ya puede volver. Y para los pájaros, es refugio y despensa; varias especies de la avifauna local dependen de sus frutos y de su sombra. Que dos de ellos hayan brotado solos en este punto es, para el equipo de la Fundación, una señal que no se pasa por alto.
Dos árboles. Coordenadas tomadas, foto en el registro, dato guardado. Pequeño en apariencia, pero en el lenguaje de la restauración espontánea, esto es el principio de algo.
Michel Salas y Jorge Alcalá andaban esa tarde en la caracterización de plantas cuando la encontraron: una Passiflora trepando sin prisa sobre un arbusto de Caesalpinia, como si el monte le hubiera ofrecido una escalera a medida. El cielo estaba despejado y la luz pegaba directo sobre las hojas verdes y brillantes, haciendo visibles los zarcillos delgados que la trepadora había enroscado entre las ramas de su anfitriona.
Los frutos eran pequeños y todavía verdes, lejos aún de madurar, pero ya anunciaban lo que vendría. En la vegetación densa de ese sector del santuario, donde el monte guarda su propio orden, este encuentro entre dos especies nativas —la que sostiene y la que trepa— es justamente el tipo de detalle que una caracterización saca a la luz: no el hallazgo espectacular, sino la vida ordinaria del bosque funcionando a su manera.
A mediados de la tarde del domingo 29 de marzo, Jorge Alcalá y Michel Salas caminaban por uno de los sectores de vegetación secundaria de la Fundación Loros cuando el amarillo intenso de unas flores los detuvo. Era Senna fruticosa, un arbusto de la familia de las leguminosas, que ese día lucía simultáneamente sus flores abiertas y sus vainas verdes bien formadas: floración y fructificación a la vez, como si la planta quisiera mostrar todo lo que es capaz de dar.
No estaba sola. Entre las flores andaban varios abejorros —género Bombus— haciendo su trabajo silencioso de forrajeo, yendo de flor en flor con la determinación tranquila que los caracteriza. Detrás de todo, las laderas cubiertas de vegetación densa bajo un cielo azul de marzo. Jorge y Michel tomaron cinco fotos y dejaron constancia de este pequeño encuentro entre planta y polinizador en medio de un paisaje que se sigue recuperando.
En las coordenadas que George marcó ese domingo de marzo, hay un guayabo que aún no ha madurado sus frutos. Los racimos verdes cuelgan entre el follaje bajo un cielo sin una sola nube, mientras algunas hojas amarillas y marrones en las ramas delatan el peso del calor seco. Nadie lo visitaba en ese momento — ningún pájaro, ningún mamífero — pero el árbol estaba ahí, quieto y cargado de promesas.
El registro no fue por urgencia ni por hallazgo sorpresivo. George lo anotó como punto de referencia: un recurso alimenticio que la fauna del santuario podrá encontrar cuando esos frutos pasen del verde al amarillo pálido y el olor dulce empiece a llamar. El guayabo (Psidium guajava) es uno de esos árboles que trabajan en silencio, acumulando azúcar despacio, hasta que un día se convierten en el centro de todo.
El punto quedó marcado en el mapa. Cuando los frutos maduren, sabremos dónde buscar.
En la mañana del 29 de marzo, Michel Salas y Jorge Alcalá se internaron en uno de los potreros abiertos de la reserva, donde el pasto seco cruje bajo los pies y el sol pega sin misericordia desde temprano. Entre la vegetación baja y dispersa, encontraron lo que buscaban —o quizás lo que no esperaban encontrar: varios individuos de Pata e' Vaca (Bauhinia sp.), una leguminosa nativa que en este rincón de la sabana lleva siglos creciendo sin que nadie lo anotara en un registro.
La planta los recibió en distintos estados, como si quisiera mostrarse entera: árboles jóvenes esbeltos contra el cielo azul, ramas con hojas verdes y flores o frutos amarillos todavía frescos, vainas verdes infladas junto a vainas secas que el calor había retorcido en espiral, y ramas con espinas finas que dejan saber que esta planta no es solo bonita. Michel y Jorge documentaron todo con siete fotografías desde diferentes ángulos, construyendo un retrato completo del ciclo de la especie.
El hallazgo queda registrado en las coordenadas 10.4399°N, 75.2575°O, en ese paisaje de campo abierto que a primera vista parece vacío y que guarda, entre el pasto y el viento, más vida de la que uno imagina.
En un rincón de Los Montes de María, entre arbustos y cielo azul despejado, Jorge Alcalá y Michel Salas se detuvieron ante algo que no esperaban encontrar: un individuo joven de Capparidastrum frondosum —el olivo negro— brotando solo del suelo rojizo y árido, sin que nadie lo hubiera sembrado. Sus hojas grandes y brillantes contrastaban con la tierra seca y la vegetación rastrera que lo rodeaba, como si la planta hubiera decidido por cuenta propia instalarse ahí.
Lo que hace especial este hallazgo es doble. Por un lado, es regeneración natural en un bosque seco tropical, ecosistema donde cada planta que nace sola cuenta. Por el otro, el olivo negro no es una especie cualquiera para la gente de esta región: se le conoce como "contra", con un lugar propio en la tradición local que va más allá de lo botánico. Esa historia —la del árbol que crece sin ayuda en suelo difícil y que los vecinos reconocen por su nombre— es exactamente el tipo de señal que Jorge y Michel vinieron a documentar.
En una tarde de cielo azul sin una sola nube, Michel Salas y Jorge Alcalá se detuvieron ante un árbol que no terminaba de decidirse entre florecer y fructificar. Era un guásimo —Guazuma ulmifolia— parado en zona rural abierta, con la tierra seca a los pies y las ramas cargadas al mismo tiempo de pequeñas flores amarillas y de frutos rugosos en todas las edades posibles: los verdes y tiesos de los recién nacidos, los negros y secos de los que ya cumplieron su ciclo.
No estaban solos en ese árbol. Michel anotó que las flores las frecuentan las reinitas —esa pandilla inquieta de la familia Parulidae— mientras que los frutos son parada obligada para los psitaciformes, los loros y sus parientes. Un mismo árbol, dos mesas puestas, dos grupos de comensales distintos.
Se tomaron cinco fotografías del individuo y su entorno. El guásimo quedó registrado en las coordenadas 10.4399°N, 75.2576°O, sumándose al inventario vivo de la Fundación como uno de esos árboles discretos que sostienen más vida de la que uno imagina a primera vista.
Michel Salas y Jorge Alcalá salieron a caminar el santuario con ojos de botánicos. La jornada era de caracterización de plantas, ese trabajo paciente de detenerse, observar, fotografiar — darle nombre y registro a lo que el monte ya sabe desde hace mucho. Las coordenadas los llevaron a un sector donde la vegetación se mezcla en distintas edades y formas: arbustos jóvenes, árboles ya crecidos, trepadoras que se enredan entre unos y otros.
Lo que encontraron fue, casi sin proponérselo, un capítulo entero de la familia Leguminosae. Estaba el Pata e' Vaca (Bauhinia sp.), con sus hojas partidas en dos lóbulos como huellas impresas en el aire. Más adelante, un árbol con flores amarillas que apuntaba a ser un Cassia, y una trepadora con vainas largas y verdes que colgaban entre el follaje. Y luego, retorcidas contra el cielo azul, las vainas secas de lo que bien podría ser un Prosopis o una acacia — duras, en espiral, como si el fruto hubiera aprendido a desenredarse solo al secarse.
Siete fotografías quedaron del recorrido: árboles jóvenes con el futuro por delante, frutos en distintos estados de madurez, y la mano de Michel sosteniendo una rama para mostrar la escala. Un inventario tranquilo, sin aspavientos, del tipo de vida vegetal que sostiene este pedazo de monte cerca de Cartagena.
Michel Salas y Jorge Alcalá caminaban por una ladera de pendiente leve, con el cielo azul de marzo apretado contra la copa de los árboles, cuando encontraron lo que nadie había plantado: un quebracho —Astronium graveolens— que había decidido regresar por su cuenta. Alguien lo había cortado antes. No importa cuándo. Lo que quedó de ese tocón guardó lo suficiente para empezar de nuevo, y ahí estaba, de tamaño mediano, rodeado de arbustos silvestres y tierra seca, como si nunca hubiera pasado nada.
El quebracho es de esa madera que los antiguos usaban para lo que debía durar — postes, cercas, estructuras que el tiempo no pudiera con ellas. Pero hoy, en este punto de la reserva, su valor está en otra cosa: en que puede llegar a treinta metros de altura, y en que ya va por su camino sin que nadie lo lleve de la mano. La foto que tomaron ese domingo lo muestra solo contra el azul, sin compañía, con todo el trabajo por delante.
Entre la vegetación densa y el bambú que asoma al fondo, Michel Salas y Jorge Alcalá se detuvieron ante un arbusto discreto pero llamativo: pequeños frutos verdes y redondos, apretados en racimos, que la luz de la tarde hacía brillar entre el follaje. El suelo seco y terroso bajo sus pies, el cielo azul despejado sobre las copas — todo indicaba una jornada de campo sin pausa, de esas en que el ojo entrenado encuentra lo que otros pasan de largo.
La planta pertenece al género Solanum, familia Solanaceae — pariente lejana del tomate y la papa, aunque en esta selva tropical cerca de Cartagena lleva su propia historia. Algunas hojas mostraban tonos amarillentos, señal de posible estrés, mientras otras lucían un verde intenso y vigoroso. Por ahora el registro queda a nivel de género; la especie exacta está pendiente de confirmación.
Es así como se construye el conocimiento de un lugar: un arbusto a la vez, unas coordenadas, dos nombres propios y la paciencia de volver cuando haya más certezas.
Entre la hojarasca húmeda y la penumbra del sotobosque, Michel Salas encontró un individuo joven de Matayba scrobiculata abriendo sus hojas anchas y brillantes hacia la poca luz que se cuela entre las ramas. La planta, conocida en estas tierras como Culo de Indio, crecía tranquila en una zona boscosa densa de la reserva, rodeada de materia orgánica y el murmullo invisible de un monte que se reconstruye solo.
Lo que hace especial a este árbol nativo de la familia Sapindaceae no es su porte —todavía joven, apenas asomándose— sino lo que promete: sus frutos son un recurso importante para la avifauna local, una despensa que atrae y sostiene aves en distintas épocas del año. Por eso la especie también se usa activamente en procesos de restauración ecológica, sembrando de a poco los eslabones que un bosque necesita para volver a funcionar.
Este registro en las coordenadas 10.4399, -75.2573 es una buena señal: el Culo de Indio está ahí, enraizado, esperando crecer.
Entre la vegetación densa del santuario, Michel Salas se detuvo ante un arbusto que no debería pasarse por alto: la Bola de Gato, Thevetia ahouai, erguida entre dos y tres metros con sus hojas largas y brillantes como cintas verdes al sol. Era un día de floración activa, y la planta lo mostraba sin reservas — botones apenas asomados, capullos a medio abrir y una flor completamente desplegada, toda ella de un amarillo tubular que llamaba la atención incluso entre la luz filtrada del dosel.
Pertenece a la familia Apocynaceae, un linaje de plantas que guarda secretos: vistosa y llamativa por fuera, la Thevetia ahouai es también tóxica en casi todas sus partes, de ahí quizás el apodo popular de Huevo de Gato, ese nombre que mezcla ternura y cautela. Michel fotografió el hallazgo con cuidado, capturando las distintas etapas del florecimiento, antes de registrar las coordenadas y seguir camino.
Es el tipo de encuentro que recuerda que en las 520 hectáreas de Fundación Loros hay más de lo que el ojo recorre de un vistazo — a veces basta con detenerse donde el amarillo brilla entre el verde.
El Muñeco que ya tiene descendencia
En un rincón de vegetación densa de la reserva, bajo un sol que se colaba entre las copas, Michel Salas y Jorge Alcalá se detuvieron frente a un Muñeco (*Cordia collococca*) de unos ocho metros de altura. El árbol lucía sus bayas rojas brillantes en abundancia, y mientras lo fotografiaban desde distintos ángulos, un ave negra —atraída por los frutos— se dejó ver entre las ramas. Cinco fotografías quedaron como testimonio de ese momento: la copa frondosa, el racimo encendido de rojo, el visitante alado.
Pero la historia más discreta estaba abajo, entre las hojas secas y los restos del sotobosque: un individuo juvenil de la misma especie, con sus hojas grandes y verdes empujando hacia arriba desde la penumbra. Nadie lo había sembrado. Llegó solo, como llegan las cosas que encuentran las condiciones para quedarse.
El Muñeco es una especie nativa del Caribe colombiano, y este registro —adulto fértil más regeneración natural en el mismo punto— confirma que en esta parte de la reserva la especie no solo sobrevive: se está reproduciendo por cuenta propia.
Jorge Alcalá y Michel Salas caminaban por la reserva cuando se detuvieron ante un Muñeco —Cordia collococca— cargado de frutos. El árbol, vestido con esos pequeños racimos que maduran entre el verde espeso del monte, estaba ahí ofreciendo lo suyo en silencio, como lo ha hecho siempre.
El hallazgo queda registrado en las coordenadas que señalan un rincón preciso de las 520 hectáreas de la Fundación Loros. No es un dato menor: cuando una especie entra en fructificación, la fauna lo sabe antes que nadie. Los loros y las demás aves frugívoras de la reserva tienen en el Muñeco un recurso que vale la pena seguir de cerca.
Esta observación, sencilla sobre el papel, es una pieza más del mapa vivo que el equipo de campo construye registro a registro.
En un rincón de vegetación densa del santuario, Michel Salas y Jorge Alcalá se toparon el domingo con un Muñeco —Cordia collococca— de unos ocho metros que parecía haberse puesto de fiesta. Las ramas retorcidas del árbol colgaban repletas de bayas rojas brillantes, algunas todavía verdes, dispersas entre el follaje como pequeñas brasas encendidas bajo el cielo azul sin una sola nube.
Mientras Michel documentaba los frutos de cerca, un pájaro negro se coló entre las ramas de la copa, tan concentrado en el festín que casi ignoró la cámara. Era la confirmación de algo que los registros botánicos no siempre capturan: un árbol en plena fructificación es también un comedor comunitario, y el Muñeco ese día tenía visitas.
El registro quedó en cinco fotografías que muestran desde la copa frondosa hasta el detalle cerrado de los racimos. El Muñeco pertenece a la familia Boraginaceae y su presencia en zona silvestre densa es una buena señal del estado del bosque nativo en esta parte del santuario.
Un tití recién nacido y un árbol para las guacamayas
Victoria y Rosa llegaron a la reserva con ganas de meterse de lleno, y el día les respondió. Con Alejandro y Carlos, recorrieron los aviarios desde temprano: prepararon el alimento de los loros, hicieron ejercicios de vuelo y se detuvieron a evaluar cómo va la rehabilitación de algunos individuos. El B177 todavía no despega — se mueve solo por las paredes del aviario 1 — y el B190 ya vuela, pero aún no domina el aterrizaje y choca contra la malla. Son los avances lentos, los que se miden en semanas, los que más importan. Los loros B11 y B12, en cambio, recibieron a las visitantes en el parque de niños con toda la confianza del mundo.
Durante el recorrido en el Can-Am, Carlos demostró tener ojos de halcón: en movimiento, fue identificando ardillas, iguanas, tortugas y, escondido en lo alto de un árbol, un coendú —el puercoespín arbóreo de estas selvas— tan camuflado entre las ramas que parecía parte del paisaje. En el lago de la ceiba, una hembra de tití se asomó entre los árboles con algo pequeñísimo aferrado al cuerpo: una cría nacida el día anterior. No bajó a los comederos. Se quedó a diez metros de altura y quince de distancia, observándonos con cautela, como debe ser. Happy, la perrita mestiza de la reserva, acompañó cada paso del recorrido. Al final, Victoria y Rosa tomaron una pala y sembraron un árbol en la zona donde las guacamayas aprenden a volar libres.
Carlos y el espinoso habitante de las alturas
Entre la maraña de ramas y lianas que forma el dosel del bosque húmedo del santuario, Carlos levantó la vista y se encontró con un visitante inesperado: un puercoespín arbóreo acomodado en las alturas, tan quieto y bien camuflado entre la vegetación que casi pasaba por un nudo más del árbol. Lo fotografió con cuidado, sin perturbarlo, y el animal ni se inmutó.
El puercoespín arbóreo —conocido también como coendú— es uno de esos mamíferos nocturnos que pasan el día enrollados entre las ramas, confiando en que sus púas y su paciencia los vuelvan invisibles. Esta vez la estrategia casi funcionó. Casi.
Es la primera vez que registramos la presencia de esta especie en el santuario, lo que nos recuerda que los 520 hectáreas de Fundación Loros guardan aún muchas sorpresas entre su follaje.
Entre las raíces de un árbol y enredada en troncos secos, una planta trepadora desconocida llamó la atención de José Marín durante su recorrido por el sector El Tamarindo. Colgando de los tallos, unos frutos ovalados y alargados de color negro-morado —parecidos a calabazas oscuras— se mecían quietos en el calor de la tarde. Dos de ellos quedaron documentados en fotos: uno reposando en tierra entre las raíces, otro todavía prendido a la enredadera.
José no reconoció el nombre de la planta, pero la registró con cuidado. Los especialistas la identificaron provisionalmente como posible *Benincasa hispida*, conocida en otras latitudes como melón de invierno, aunque su presencia silvestre en este sector del santuario abre más preguntas que respuestas: ¿llegó sola, traída por algún animal, o hay una historia humana detrás de esa enredadera creciendo entre la madera muerta? Por ahora, el sector El Tamarindo guarda el secreto entre sus hojas.
Diecinueve campanas y un intruso de pecho naranja
El 23 de marzo, Omar salió al área de alimentación como cada mañana: llenó las bandejas y tocó la campana. Las guacamayas ya estaban ahí, expectantes, pero fue el sonido metálico el que las reunió del todo. En cuestión de minutos se congregaron 17 guacamayas azul-amarillo (*Ara ararauna*) y una Cheja (*Ara severus*), formando ese remolino de color y alboroto que ya les conocemos.
Entre ellas, uno más. Un individuo que no encaja del todo: pecho naranja encendido, dorso de verde mezclado con azul, una paleta que no corresponde a ninguna especie pura. Posiblemente un híbrido nacido del tráfico o la cría ilegal, lleva días volviendo a este mismo lugar, buscando su sitio entre el grupo. Todavía no lo encuentra, pero sigue apareciendo.
El monitor Omar caminaba por el sector de Miradores, cerquita del camino, cuando algo lo detuvo entre el monte. Ahí, entre lianas enredadas y arbustos empapados de lluvia reciente, apareció un mamón de mico —especie que rara vez se deja ver dentro del santuario. El árbol mayor mostraba su copa densa, las hojas grandes y oscuras salpicadas de agua, y entre el follaje asomaban pequeños frutos o flores blancos que brillaban tenues contra el verde húmedo de la tarde.
No estaba solo. Más adelante, metido en la maleza, Omar encontró otro ejemplar más pequeño, casi escondido entre ramas y enredaderas. "Jefe, más adelante está otro más", se le escucha decir en el audio, con la calma de quien sabe que lo que acaba de encontrar no es cosa de todos los días. Dos mamones de mico en el mismo recorrido —uno adulto, otro que apenas empieza— en un rincón del bosque tropical húmedo que los tenía guardados sin que nadie los hubiera registrado antes.
El hallazgo quedó documentado con cuatro fotografías, dos videos y un audio. El sector exacto dentro del santuario está por confirmar, pero las coordenadas apuntan al corazón de Miradores, donde el camino se pierde entre la vegetación y la lluvia lo cubre todo de silencio.
Siete titis y una cría en el Lago 2
Carlos Andrés Matas Contreras caminaba por el sector Lago 2 de la Finca El Paraíso cuando los encontró: seis monos titis moviéndose entre la vegetación, y un poco apartada del grupo, una hembra con su cría aferrada al cuerpo. La pequeña iba montada sobre la madre como si ese fuera el lugar más seguro del mundo, que probablemente lo era.
Más adelante, ya en la Finca Los Guardianes, Carlos Andrés se topó con otro habitante discreto de la reserva: un puerco espín. De esos que uno casi nunca ve pero que siempre están ahí, moviéndose lentos y seguros entre la hojarasca. Los tres avistamientos quedaron registrados en video.
Dos fincas, dos historias distintas en la misma mañana. Así es como la reserva va mostrando lo que tiene, un poco a la vez, a quienes saben caminar despacio y mirar bien.
Nicolás y su familia levantan un nuevo hogar para las Ara
El viernes 27 de marzo, en las instalaciones de la Fundación Loros, sonaron por primera vez los golpes y el traqueteo propio de una construcción nueva. Nicolás llegó ese día acompañado de sus familiares con las manos listas para trabajar: juntos pusieron en marcha la obra de un aviario pensado para albergar guacamayas del género Ara, esas aves de plumaje encendido que necesitan espacio, altura y estructura para recuperarse antes de volver al monte.
Ocho chauchau y una sola voz de alarma
En el sector Los Guardianes, cerca de la jaula de Cameron, el guardián Omar Enrique Berdugo notó algo fuera de lo común: ocho chauchau reunidos, cantando sin parar, todos con la mirada apuntando hacia el suelo. No era el canto disperso del mediodía ni el revoloteo de siempre — era ese sonido insistente, coordinado, que estos pájaros reservan para cuando hay algo que decir.
Berdugo se acercó despacio. Ahí, entre la hojarasca, estaba la razón de tanto alboroto: un patoco quieto en el suelo, sin prisa, ajeno a la pequeña asamblea que lo denunciaba desde las ramas. La serpiente no había pasado desapercibida ni un instante — el bosque tiene sus propios sistemas de vigilancia, y los chauchau son parte de los más eficientes.
Fue un recordatorio de algo que en el santuario se aprende rápido: hay que saber escuchar. No fue el ojo del guardián el que encontró al patoco primero — fueron esas ocho voces insistentes las que le mostraron dónde mirar.
Hay lugares en la reserva que todo el equipo conoce de memoria — los portones que chirrían al amanecer, los caminos que se saben de cor — pero que hasta ahora no existían en ningún mapa. El sector Tamarindo era uno de esos. Esta tarde, Nicolás le pasó a Alejandro tres coordenadas precisas: la entrada, la salida y la jaula que sirve de punto de referencia dentro del sector. Tres puntos sencillos, pero suficientes para que Tamarindo empiece a tener coordenadas propias.
No hubo avistamientos que contar ni liberaciones que celebrar. Solo el trabajo callado de quienes construyen la infraestructura invisible del santuario: los datos que permiten orientarse, planificar recorridos y dejar registro de lo que existe en estas 520 hectáreas cerca de Cartagena. Un mapa que crece, aunque sea de a tres puntos.
El cucarachero tímido que se dejó mirar
Hay pájaros que viven entre nosotros como secretos bien guardados. El cucarachero ventribarrado —*Pheugopedius fasciatoventris*— es uno de ellos: anda siempre entre la espesura del bosque húmedo, nervioso, escurridizo, sin intención alguna de posar para nadie. Por eso, cuando Maicol González subió al cerro El Peligro el 26 de marzo y se lo encontró posado en una rama delgada, quieto, con ese dorso rojizo-canela encendido por la luz filtrada entre el follaje, supo que era un momento distinto.
Eran dos individuos, probablemente una pareja, moviéndose sin apuro entre la vegetación. Maicol levantó la cámara despacio y disparó. La imagen que quedó muestra al ave de frente, el pecho blanco y el vientre cruzado de rayas negras, el fondo verde y dorado del bosque desenfocado detrás. No es la primera vez que Maicol registra la especie en la reserva, pero sí la mejor foto que ha conseguido —y uno entiende por qué lo dice cuando la ve.
En 520 hectáreas de monte como las de la Fundación Loros, estas victorias pequeñas son las que cuentan: un pájaro tímido que, por un instante, decidió quedarse.
Azul eléctrico en el camino del arroyo
Maicol González iba por el camino del arroyo, en el cerro El Peligro, cuando algo azul detuvo sus pasos. Posado sobre una ramita seca, casi quieto entre el ruido del monte, había un caballito del diablo de un azul tan brillante que parecía sacado de otra luz. Lo fotografió ahí mismo, con el fondo de rocas y hojas secas apenas desenfocado, y el insecto como dueño absoluto del encuadre.
El registro corresponde al orden Odonata, suborden Zygoptera — los caballitos del diablo, primos más delicados de las libélulas. Por la coloración intensa, el género podría ser Argia o Enallagma, dos grupos comunes en el Caribe colombiano, aunque la especie exacta tendrá que confirmarla un especialista. Lo que sí es seguro es que su presencia habla bien del arroyo cercano: estos insectos solo prosperan donde el agua está limpia y el ecosistema, en buen estado.
José Marín caminó esta tarde por el sector Los Guardianes con los ojos puestos en lo alto. Las palmeras de coco se alzaban contra un cielo azul de nubes blancas, y entre sus largas hojas extendidas colgaban cocos en distintas etapas: los más tiernos casi escondidos, los maduros pesando hacia abajo con esa calma que tienen los frutos que ya cumplieron su tiempo.
Unos pasos más adelante, un árbol de mamón acaparaba la atención. Las ramas se doblaban bajo el peso de cientos de frutos verdes apretados entre hojas brillantes, prometiendo la cosecha que viene. Dos coordenadas, dos árboles, una tarde de campo sin novedades mayores — que en la reserva a veces es la mejor noticia.
Ese jueves de marzo, José Marín andaba recorriendo la reserva cuando encontró lo que muchas veces se esconde entre el follaje: dos tanga tangas ocupadas en lo suyo, comiendo sin apuro, ajenas al mundo. Las registró en video antes de que el momento se deshiciera, y en el fondo del cuadro apareció Eder Ruiz cruzando a caballo por el mismo sector, como si la escena necesitara esa figura para quedar completa.
El avistamiento quedó marcado en las coordenadas 10.4451777, -75.264972, un punto más en el mapa vivo de la Fundación Loros. Las dos aves, tranquilas y alimentándose, son una señal de que el territorio sigue siendo lo que tiene que ser: un lugar donde la vida silvestre encuentra espacio para existir sin sobresaltos.
José siguió en campo el resto del día, con los ojos abiertos y la esperanza de que la jornada guardara algo más. Esa paciencia —la del observador que camina sin prisa y mira con cuidado— es la misma que hace posible este registro, y todos los que vendrán.
Ecos del campo
Evento: 22 de marzo de 2026
Treinta y tres fotos con Cyrus en la UTV
El lunes 23 de marzo, Corina salió a recorrer el santuario en UTV con Cyrus Bueche, un visitante llegado desde Estados Unidos. El cielo estaba despejado y los senderos de tierra llevaban el olor húmedo de la vegetación en plena floración. No habían avanzado mucho cuando aparecieron las guacamayas chejas — dos Ara severus con las alas desplegadas, una de ellas marcada con la anilla E101 — y luego, más adelante, los ararauna en vuelo libre cortando el aire azul con ese amarillo que parece recién pintado.
A lo largo del camino se fue armando una lista que nadie planeó: cuatro rapaces distintos posados o al vuelo, un momoto de pecho anaranjado mirando desde su rama, un rascón escurriéndose entre la vegetación, un carpintero aferrado a su árbol, un colibrí verde y tornasolado suspendido frente a una flor magenta. Los loros amazónicos — uno con anilla B11 — picoteaban pepino y pimentón rojo con una calma que hacía pensar que el mundo no tenía más urgencias. En los senderos, un caballo marrón rojizo avanzó tranquilo hacia la cámara, y más adelante un burro cargado de sacos siguió su propio camino sin inmutarse.
Corina detuvo la UTV más de una vez para atender al perro de pelaje dorado que los acompañó durante el recorrido. Treinta y tres fotos quedaron de ese lunes: la memoria de un santuario que no necesita anunciarse para mostrar lo que tiene.
Ecos del campo
Evento: 17 de marzo de 2026
El Chocorocoy del bigote negro
El 18 de marzo, cerca de la casa del paraíso, Maicol levantó la cámara con cuidado y capturó algo que no esperaba: un Cucarachero Chocorocoy (Campylorhynchus nuchalis) forrajeando entre ramas secas y hojas enrolladas, como si el mundo no existiera más allá de esa maraña árida. El ave se movía despacio, confiada, mostrando su plumaje moteado en blanco y negro mientras husmeaba entre la vegetación.
Pero fue un detalle lo que dejó a Maicol con el ojo pegado al visor: un bigote negro, marcado y limpio, que cruzaba la cara del pájaro con una elegancia casi cómica. En todos sus años recorriendo el santuario, nunca había visto esa característica tan pronunciada en un Chocorocoy. Tres fotos alcanzó a tomar antes de que el ave desapareciera entre el rastrojo.
El Campylorhynchus nuchalis es una especie común en las zonas áridas del norte de Colombia, conocida por su carácter bullicioso y su plumaje inconfundible. Pero ese día, en los 520 hectáreas de la Fundación Loros, uno de ellos se dio el lujo de ser un poco más memorable que los demás.
Ecos del campo
Evento: 17 de marzo de 2026
Cuatro aves en la Casa del Paraíso
El 18 de marzo, Maicol andaba por los alrededores de la Casa del Paraíso cuando se topó con una pequeña reunión sin anuncio previo. Ahí estaban B120, una amazona frente roja (Amazona autumnalis) con su placa verde bien visible, y B67, una amazona frente amarilla (Amazona ochrocephala) posada tranquila sobre una rama seca. Las dos placas de identificación —verdes, discretas— cuentan en silencio que estas aves llevan tiempo en el radar del santuario.
No lejos de ellas, una cheja (Ara severus) completaba el grupo con su plumaje verde intenso, el anillo blanco alrededor del ojo amarillo y su propia placita colgada al cuello. Y como invitado sin identificar, un momoto (Momotus momota) se dejó ver entre las ramas: corona azul eléctrico, ojo rojo, el pico curvo como una herramienta fina. Ningún comportamiento extraordinario ese día, solo cuatro aves en su rutina, y Maicol con el ojo y la cámara en el momento justo.
En algún punto entre el follaje y las coordenadas —10.4347, -75.2426, donde Alejandro marcó el lugar desde el campo— Nicolás está instalando una nueva jaula para el programa ARA. Hay un árbol en ese punto, o eso creen, y por eso se pidió confirmar la ubicación exacta antes de dar el trabajo por sentado. Así trabaja la Fundación: primero el mapa, luego el martillo.
La jaula está pensada para albergar alrededor de veinte individuos de guacamaya —azul y amarilla o roja, según lo que el proceso confirme: Ara ararauna o Ara macao—. Veinte loros de esos que llenan el cielo de escándalo y color, que necesitan espacio para recuperarse antes de volver a volar libres. La instalación sigue en proceso, y el punto en el mapa está pendiente de verificación.
El miércoles en la tarde, José Marín salió a recorrer uno de los predios de la Fundación en la zona rural cerca de Cartagena, donde el sol pega duro y el pasto lleva semanas sin agua. No tardó mucho en encontrar lo que andaba buscando: dos bovinos de color marrón rojizo, bien tranquilos, tumbados a la sombra de un árbol grande. Son animales de la Fundación, y estaban exactamente donde uno los esperaría en un día caluroso — quietos, pacientes, ajenos al mundo.
Unos pasos más adelante, entre la vegetación seca y los árboles que bordean el sendero con sus flores rosadas, José se topó con una mata de ají picante silvestre cargada hasta los topes. Los frutos colgaban en todo su desorden: unos rojos y anaranjados, brillantes de maduros; otros morado oscuro, casi negros, en su propio tiempo. Una planta que nadie sembró, que creció sola en ese terreno árido y decidió florecer de todas formas.
Fue un recorrido sin grandes novedades, de esos que sirven para confirmar que el predio está en orden. Pero a veces basta con eso — con dos vacas a la sombra y una mata de ají encendida en colores — para que un día de campo valga la pena contarse.
Ecos del campo
Evento: 20 de marzo de 2026
El día que el bosque recibió a sus inquilinos
El 20 de marzo, en un rincón de bosque húmedo de la Fundación Loros, una fila poco usual atravesó el sotobosque: policías, marinos de la Armada Nacional, funcionarios del EPA Cartagena y el equipo de la Fundación cargando jaulas transportadoras entre la hojarasca. Adentro viajaban zarigüeyas jóvenes —esas criaturas de hocico afilado y ojos como botones negros— junto a tortugas de caparazón gris oscuro y un búho de plumaje café que miraba el mundo con esa calma solemne que tienen los nocturnos de día.
Cuando abrieron las jaulas, no hubo ceremonia. Las zarigüeyas se escabulleron entre las hojas como si siempre hubieran sabido que ese era su lugar. Las tortugas avanzaron despacio, a su ritmo, hacia la vegetación baja. El búho encontró las ramas bajas de un árbol y se quedó quieto, camuflado entre los tallos secos, esperando que el mundo se olvidara de él. Alguien los siguió con un celular de funda azul, tratando de capturar el momento antes de que el monte se los tragara.
El acta oficial con el detalle de todas las especies y los números exactos está en camino —la manda el Centro de Atención de Primates—, pero las fotos ya dicen bastante: un bosque que esa tarde recibió de vuelta a algunos de sus inquilinos más discretos.
La Mella y el yeso que llegó al otro día
En el sector Vista Hermosa, la ternera a la que todos llaman La Mella amaneció el lunes con la pata trasera izquierda fracturada. No hubo malicia en el asunto: su propia madre, en un descuido, la pisó. Para inmovilizar la fractura mientras bajaba la hinchazón, nilsonenrique74 le armó un establillado de urgencia con dos tablas y unas vendas —esa solución provisional, humilde y efectiva, que en el campo a veces es lo único que hay a la mano.
Al día siguiente, una vez la inflamación cedió lo suficiente, llegó el turno del yeso. Alberto Orozco, auxiliar de veterinaria, realizó el enyesado definitivo de la extremidad. En las fotos y videos que llegaron desde Vista Hermosa se ve a La Mella recostada en el suelo de tierra, las patas aseguradas con cabuya amarilla, y a Orozco trabajando con calma sobre la pata vendada. En la última imagen ya está parada, con el yeso blanco visible y otro bovino adulto asomando la cabeza junto a ella en el corral rústico de madera.
Al momento del reporte, La Mella se encuentra estable.
Ecos del campo
Evento: 20 de marzo de 2026
El día en que el santuario no dejó de sorprender
Ese viernes de marzo, Omar Enrique Berdugo Cabeza salió a recorrer los predios de la Fundación Loros y el sector de Los Guardianes como si el santuario entero hubiera decidido ponerse en exhibición. Todo empezó al lavar las bandejas de las aves: al voltear una, apareció una ranita marrón diminuta, tranquila sobre la palma de su mano como quien posa para un retrato. Luego fue Negrillo, el loro, que sin más anuncio bajó y se posó en su hombro. En el aviario 2 encontró un livo pollero atrapado que no hallaba la salida; más adelante, los seis titis estaban todos presentes a la hora de comer. Y en el camino de regreso por Los Guardianes, una casita abandonada le guardaba su propia sorpresa: un golero juvenil que se había criado ahí, entre paredes sin dueño.
De vuelta en la fundación, la vida siguió apareciendo a cada paso — un geco de cabeza naranja sobre los ladrillos, un ácaro rojo como una gota de terciopelo en la corteza de un árbol, una mantis religiosa tan pequeña que cabía en la yema de un dedo, un saltamontes verde sobre una rodilla, una iguana negra entre las hojas secas, mariposas rondando las flores y una poyoneta visitando la terraza. En un árbol de caucho, un ave de pico y cola amarilla y plumaje negro que nadie esperaba.
Pero la imagen del día llegó al final: en un árbol de níspero, dos loros silvestres habían elegido la caja nido donada para establecerse, tranquilos y libres, como si ya supieran que ese espacio era suyo. No muy lejos, los loros de los aviarios 1 y 2, acalorados por el verano, recibían el chorro de una manguera y se frotaban contra las hojas mojadas para que las gotas frescas les quedaran entre las plumas.
José Marín caminaba por uno de los sectores de bosque de la reserva cuando lo vio: un tití cabeciblanco solitario, quieto entre la maraña de troncos delgados y ramas entrecruzadas. Era el 24 de marzo y el bosque mostraba sus señales de verano — hojas amarillentas, ramas caídas, el cielo encapotado de gris. El animal estaba solo, sin rastro de grupo, observando desde la vegetación densa con esa mezcla de curiosidad y cautela que caracteriza a los Saguinus oedipus.
Lo que también quedó registrado ese día, y vale la pena dejarlo sentado para los análisis que vendrán, es que en ese mismo sector hay cinco árboles de mango. No es un detalle menor: los mangos son fuente de alimento y los titíes lo saben bien. Quizás eso explique la presencia solitaria del animal en ese punto, o quizás no — pero la coincidencia merece seguimiento.
José dejó constancia del avistamiento con tres fotografías del sector. La especie está catalogada en peligro crítico de extinción y cada registro en la reserva suma a la historia de lo que aquí persiste y se mueve.
José Marín llevaba buen rato caminando por el bosque seco cuando el monte le guardó una sorpresa. Era pasado el mediodía y los árboles ya mostraban ese aspecto descarnado de la transición estacional — troncos blancos, ramas sin hojas, el suelo tapizado de hojas crujientes — cuando en uno de los recorridos que hace de rutina por la reserva, entre los puntos que bordean el sector sur de la Fundación Loros, un movimiento rápido en las ramas le llamó la atención. Era un tití cabeza blanca (Saguinus oedipus), solo.
Ahí estaba el dato que haría que todo lo demás — incluyendo un carpintero gigante que había registrado más temprano en otro punto del recorrido — pasara a segundo plano. El individuo era macho, aparentemente joven, y se desplazaba a gran velocidad por entre las ramas sin ningún grupo detrás. Para Marín, con sus años de monte, eso no cuadraba: el tití es animal de familia, animal de manada, de esos que no se alejan ni cuando el monte está tranquilo. Verlo solo apunta a que fue desterrado por su grupo, un comportamiento tan atípico que merece seguimiento.
Las cinco fotografías que alcanzó a tomar muestran el paisaje seco y al individuo entre las ramas. El video aún estaba cargando cuando terminó el recorrido.