En el aviario 2 del sector El Paraíso, Alejandro encendió la cámara a la hora de la comida y encontró lo que el equipo lleva semanas buscando: cuatro loros —Beethoven, el 12, el 19 y el B92— compartiendo el comedero sin disputas, sin tensiones, con esa tranquilidad que solo se da entre los que ya se conocen bien. Beethoven, el número 15, estaba ahí en el centro, como si fuera la cosa más natural del mundo.
No es un detalle menor. En la Fundación Loros, documentar quién come con quién es parte del trabajo fino que antecede a la liberación: los grupos de afinidad —esos vínculos que los animales construyen solos, a su ritmo— son la brújula que guía al equipo a la hora de decidir quiénes vuelan juntos hacia el monte. Beethoven y sus tres compañeros acaban de dejar una pista clara.
El clavellino que anunció la tarde en Vista Hermosa
Fue Nilson quien lo notó primero. Ahí, en la puerta principal del sector Vista Hermosa, el clavellino había despertado de golpe: ramas enteras cubiertas de flores amarillas que a las cinco de la tarde brillaban como si tuvieran luz propia. El árbol —posiblemente una Caesalpinia, con su follaje fino y pinnado y las vainas largas colgando entre el follaje— había florecido sin avisar, de esos eventos que el campo regala cuando uno menos lo espera.
Las fotos del 14 de marzo cuentan más de lo que parece: detrás del clavellino, una caja nido de madera instalada en altura espera en silencio a sus futuros inquilinos, y sobre la pared del costado derecho, un mural pinta un loro verde entre hojas tropicales. La entrada al sector quedó así retratada en un solo cuadro: flores, refugio y memoria de las aves que este lugar quiere ver volver.
Ese amarillo encendido contra el cielo azul del atardecer caribeño fue la imagen del día en la reserva. A veces una sola planta en flor es suficiente para que uno pare, mire y recuerde por qué vale la pena estar aquí.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó al aviario como cada mañana, con el paso tranquilo de quien conoce bien a sus vecinos de plumas. Ahí estaban los tres loros de cabeza azul —B235, B117 y B118, todos con su etiqueta verde FL-VN— posados sobre la barra de madera como si llevaran siglos esperándolo. Mientras unos se refrescaban chapoteando en el agua, uno de los pionus hizo su veredicto sin titubear: de toda la bandeja de guayaba, papaya, pepino, naranja y pimentón, eligió la guayaba. Los demás, más discretos, prefirieron el frescor de los cajones bajo el calor del mediodía.
Un poco más allá, en el aviario tres, una pareja de loros reales tenía sus propios planes. Compartían una papaya con esa parsimonia cómplice que tienen las parejas viejas: sin apuros, sin disputas, pegados el uno al otro como si la fruta fuera mejor así, en compañía. Omar los observó un momento antes de seguir con sus labores, y en ese silencio de malla y madera quedó grabada, sin más testigos, una tarde ordinaria en la reserva.
El 14 de marzo, Omar Enrique Berdugo Cabeza salió a recorrer el santuario y encontró que la vida tenía prisa. En la vegetación que rodea los árboles de bonga, unos chinches de color marrón-rojizo —posiblemente de la familia Rhopalidae o Coreidae— se apareaban sobre hojas llenas de los huecos que ellos mismos habían dejado al alimentarse. Y como si el bonga hubiera convocado a todos, en su copa más alta dos porfus hacían lo mismo: aparearse sin apuro, balanceándose en la brisa de media tarde.
Más adentro, en el aviario, tres loritos habían encontrado refugio en un cajón de madera que el propio Omar construyó para protegerlos del frío y del sol fuerte. Ahí estaban los tres, quietos y acomodados, como quien conoce bien dónde quedarse cuando el día aprieta.
Al llegar al lago dos, la tarde todavía tenía algo que mostrar: un morocollo y una polloneta se movían por el espejo de agua con esa calma que solo tienen las aves cuando sienten que nadie las apura. Omar los registró, cerró la bitácora y dejó que el santuario siguiera su ritmo.
El pico torcido de B84 ya es su marca
La veterinaria Alessandra lo tomó con cuidado entre las manos enguantadas, lo envolvió en tela y acercó la lima al pico. El loro B84 —un perico de plumaje verde brillante con destellos amarillos en la cabeza— había llegado al procedimiento con una deformidad que llevaba tiempo llamando la atención del equipo: su pico, descascarado y mal formado, torcido hacia un lado como si el ave cargara una pregunta perpetua en el rostro. La intención era corregirlo con limado, pero la lima confirmó lo que ya se sospechaba: la malformación había calcificado en hueso. No hubo sangrado. No había más que hacer.
Lo que quedó después del intento fue la certeza de que el pico torcido ya no es una herida ni una condición a corregir —es simplemente B84. Y B84, con ese pico que nadie podrá enderezar, come bien. Se defiende, agarra, mastica. Las fotografías del día documentan el antes y el después del procedimiento, pero sobre todo documentan a un loro que encontró la manera de vivir con lo que tiene.
Los dos regalos de Lucerito en Reyes
La tarde del seis de enero, cuando el sol ya bajaba sobre los potreros del santuario, el cuidador Nilson salió a hacer su ronda de rutina entre el ganado y las vacas preñadas. No esperaba encontrar nada fuera de lo ordinario. Pero ahí estaba Lucerito, una vaca marrón rojiza, y a sus patas no uno sino dos terneros recién nacidos: primero llegó uno, y media hora después, el otro. Una hembra y un macho, como doble regalo de Reyes.
Lucerito los lamía con esa calma antigua que tienen las madres en el campo. Sin embargo, los dos terneros necesitaban ayuda para alimentarse, y Nilson no dudó: sacó la botella que guardan para estos casos y les dio de comer uno por uno, de noche, alumbrado apenas por una linterna. La hembra ya se había puesto de pie sola; el macho todavía no, pero respiraba bien y recibió su tetero sin problema.
Parto gemelar en el hato del santuario no es cosa que pase seguido. Esa noche, con los tres descansando en el potrero y las colinas oscuras al fondo, Nilson cerró su ronda sabiendo que el día había valido la pena.
Las guacamayas reciben la tarde en el punto de Liberación
Ada Yanci no vino con intención de documentar nada extraordinario. Vino a ver guacamayas, y eso fue exactamente lo que encontró. Su video, grabado en el punto de Liberación donde se levantan los aviarios de Ara, captura uno de esos momentos que el santuario regala casi sin avisar: la tarde cayendo sobre las copas, y las guacamayas alzando el vuelo justo cuando los visitantes se acercan con la comida.
No hubo comportamientos insólitos ni registros que desafíen lo conocido. Fue una escena de rutina, de esas que se repiten al atardecer en ese rincón de las 520 hectáreas del santuario. Pero la rutina aquí tiene otro peso: unas aves que aprenden a volar entre personas, y unas personas que aprenden a quedarse quietas mientras las alas pasan cerca.
A veces la bitácora no necesita del dato extraordinario. Necesita del testimonio de alguien que supo mirar.
Omar Enrique Berdugo Cabeza estaba solo esa tarde en el santuario cuando las vio llegar. Dos guacamayas mayas —las del punto de liberación B126 y B31— descendieron primero sobre un mamón, esas ramas anchas y generosas que tanto les gustan, antes de moverse hacia el refugio que el equipo construyó especialmente para ellas. Allí se quedaron un rato, cómodas, con esa calma que los loros muestran cuando un lugar ya les pertenece.
No fueron las únicas en animarse. Cerca del comedero, dos cotorritas pequeñas se acercaron a ver qué había, ajenas a la presencia de Omar, que registraba todo en video sin moverse. A su alrededor, la vegetación tropical apretaba por todos lados: árboles grandes, arbustos, matas de plátano, y en medio de ese verde espeso, los restos de una vieja cancha de baloncesto que el monte lleva años reclamando sin prisa pero sin pausa. Ese arco metálico medio engullido por la maleza dice, mejor que cualquier cifra, cuánto ha avanzado la recuperación del hábitat en esta parte de la reserva.
Los marañones de Jendel florecen y fructifican a la vez
En un rincón de la finca Los Guardianes, donde la vegetación tropical se aprieta y el aire huele a tierra húmeda y fruta madura, Jendel camina entre sus árboles como quien visita a viejos amigos. Dos marañones (*Anacardium occidentale*) se levantan generosos a ambos lados del sendero: el primero luce al mismo tiempo sus pequeñas flores rosadas y sus frutos jóvenes de un verde intenso, como si el tiempo aquí se negara a elegir entre una estación y otra. El segundo árbol derrama su abundancia desde las ramas hasta casi el suelo — frutos verdes, frutos que van tomando ese rojo prometedor que anuncia la dulzura —, todo ello bajo un follaje oscuro y frondoso que da sombra y cobijo.
Jendel lleva tiempo cuidando estos árboles, y ellos lo saben. En el Santuario de la Fundación Loros, este rincón de Los Guardianes es solo una muestra de la despensa frutal que guarda la reserva: colores que van del verde más fresco hasta el rojo encendido, sabores que esperan pacientes a quien se detenga a mirar. Aquí, cada rama tiene algo que contar.
Cuatro caballos y un perro camino al cerro
Antes de que el sol calentara de lleno, Nilson salió al potrero de Vista Hermosa a buscar a Indio, Sombra, el Pony y Corosito. Los recogió uno a uno entre el pasto, los condujo al corral con jaquima, los bañó con agua y champú, y los ensilló con calma. Para cuando los cuatro estaban listos y brillantes bajo la luz de la mañana, ya había dos visitantes esperando en El Paraíso, la sede principal de la Fundación Loros, con ganas de ver la reserva desde el lomo de un caballo.
La cabalgata tomó los senderos de tierra que suben hacia el cerro El Peligro. Las colinas iban apareciendo entre la vegetación verde y densa, con árboles frondosos a los lados y el cielo cargado de nubes blancas arriba. Happy, el perro de la fundación, no esperó invitación: trotó desde el principio junto al grupo, colado entre los cascos y las patas de los caballos como si llevara años en ese oficio.
El destino final era el punto de liberación de aves rehabilitadas, ese lugar en lo alto del cerro donde los animales dan su último paso antes de volver al monte por su cuenta. Los visitantes lo vieron con sus propios ojos: el paisaje abierto, el silencio entre árboles, y la idea de que ese mismo cerro es, para muchas aves, el principio de algo nuevo.
El insecto palo que se montó en el paseo
Corina Leonor salió a recorrer las colinas del santuario a caballo junto a un acompañante, con el cielo encapotado sobre la vegetación espesa y el panorama abriéndose en todas direcciones desde lo alto. Era el tipo de tarde que uno guarda en la memoria sin saber bien por qué.
Fue en ese recorrido cuando apareció, sin anunciarse, un insecto palo (Phasmatodea) de color dorado amarillento que decidió posarse tranquilamente sobre la ropa oscura de uno de los jinetes. Con su cuerpo finísimo y alargado, imitando una ramita seca, el animal parecía tan seguro de su camuflaje que no le importó el contraste con la tela negra. Corina lo documentó antes de que desapareciera entre el follaje.
Los insectos palo son maestros del disimulo, criaturas que la selva mantiene escondidas a plena vista. Que este ejemplar joven se dejara ver —y fotografiar— en medio de un paseo ecuestre es el tipo de sorpresa pequeña que el santuario reparte entre quienes andan con los ojos abiertos.
En el santuario hay un árbol que no guarda para sí. En estos días de marzo, el níspero de tronco robusto y copa generosa está cargado de frutos maduros — redondos, de un marrón rojizo que anuncia dulzura — y Angélica Mármol Venegas lo encontró así: repleto y dispuesto.
El níspero es una fruta que en el Caribe colombiano se conoce bien. Llega con sus propios tiempos, sin aviso, y cuando aparece lo hace en abundancia. En la Fundación Loros ese momento se volvió costumbre compartida: los frutos van a la mesa de quienes trabajan aquí y también a las manos de quienes visitan el santuario, como si el árbol llevara décadas practicando la hospitalidad.
No hubo que buscar mucho para encontrar la noticia de hoy. Estaba ahí, entre las ramas, con el color de algo listo para ser recibido.
Happy al frente, guacamayas en el cerro
Esa mañana, la guía Corina salió al Cerro el Peligro con dos turistas y la compañía infaltable de Happy, la perra mestiza de pelaje dorado que desde hace tiempo se ha ganado el título no oficial de anfitriona de la reserva. Happy hizo lo suyo: tomó la delantera desde el primer metro del camino, como si conociera el oficio mejor que nadie, y así fue llevando al grupo entre el verde y el calor de la sabana cartagenera.
Las turistas no tardaron en enamorarse de ella. Las fotos del día lo cuentan sin necesidad de palabras: Happy recibiendo abrazos, Happy mirando al horizonte desde el buggy con la seriedad de quien tiene cosas importantes que hacer. Es esa clase de cariño espontáneo que no se programa en ningún itinerario.
Pero la jornada guardaba otra sorpresa. Ya cerca del cerro, sobre las copas de los árboles, aparecieron las guacamayas bandera — azules y amarillas, inconfundibles — sobrevolando el sector con ese escándalo alegre que las delata antes de que uno alcance a verlas. No fue posible contar los individuos, pero su presencia en esa parte de la reserva quedó registrada, y eso basta para que el día valga la pena.
La mañana del 11 de marzo José Marín salió temprano a recorrer la reserva, y fue en el pie de monte donde lo detuvo un movimiento entre los troncos: una ardilla de pelaje rojizo, casi naranja, trepando sola por la corteza de un árbol con esa agilidad silenciosa que tienen cuando creen que nadie las mira. La fotografió ahí mismo, casi camuflada entre la madera y el follaje verde, antes de que desapareciera hacia las ramas altas.
Más adelante, bordeando el arroyo Los Guardianes, José encontró dos madrigueras excavadas en tierra suelta, rodeadas de raíces expuestas y hojas caídas. Las entradas circulares y oscuras, del tamaño justo, lo dijeron todo: cuevas de armadillo. Las documentó con foto y coordenadas exactas — dos puntos separados por apenas veinte metros, como si el animal tuviera su propio territorio bien definido a lo largo del arroyo.
De ahí siguió el recorrido por el arroyo principal de la reserva, grabando en video lo que José ya sabe de memoria: que en las mañanas la reserva despierta con todo. Aves moviéndose entre las ramas, mariposas cruzando los claros de luz, algún mamífero que se deja ver un instante antes de volver a la espesura. Un día ordinario en la Fundación Loros, que en el campo pocas veces lo es.
Sombra abre el camino entre la hojarasca
El jueves Corina salió a caballo con dos turistas por los senderos de tierra de la reserva. Iba adelante Sombra, un caballo de pelaje oscuro con bridas rosadas, marcando el paso entre la vegetación tupida del santuario. Los acompañó todo el trayecto un perro de pelaje dorado que se coló en el recorrido como si siempre hubiera formado parte del equipo.
Mientras la cabalgata avanzaba por los senderos, cerca del camino rural que bordea la reserva, las hijas de Alberto se afanaban rastrillando hojas secas con herramientas naranja, manteniéndolo despejado y transitable. Alberto es el jefe de los trabajadores del santuario, y ese día sus hijas pusieron el hombro sin que nadie se los pidiera dos veces.
Fue una jornada ordinaria en la reserva — de esas que no tienen un hecho extraordinario para contar, pero sí tienen esa textura tranquila del trabajo bien hecho: la guía, los visitantes, el caballo, el perro, las niñas con los rastrillos y la tierra roja del sendero bajo un cielo que amenazaba lluvia.
La entrada de El Paraíso en flor
En la entrada de la finca El Paraíso, la mañana se vistió de fiesta sin avisarle a nadie. La buganvilla estalló en magenta desde temprano, y entre sus ramas el cundeamor trepó silencioso salpicando de amarillo lo que ya era celebración. La Senna brilló junto a los platanales, la Corona de Cristo asomó desde su maceta de barro, y la ixora floreció con gracia incluso desde una maceta rota — porque en este rincón de la Fundación Loros, la vida siempre encuentra la manera.
Las mariposas tejieron su camino de flor en flor, ebrias de néctar bajo el sol caribeño. Las hormigas marcharon con su cargamento invisible, buscando el frescor de la tierra antes de que el calor dijera su última palabra. Y Happy, el perrito dorado de la finca, se quedó quieto sobre el concreto con su mirada serena, admirando ese paisaje que pocos tienen la fortuna de llamar hogar.
Angélica Mármol Venegas estuvo ahí para contárnoslo, con su lente y su corazón bien abiertos.
Narinas azules y una quilla que preocupa
El jueves 12 de marzo, la veterinaria Alesandra recorrió cada uno de los aviarios de la Fundación Loros con su portapapeles en mano, registrando datos y evaluando al plantel con la calma metódica de quien conoce bien su oficio. Entre las tareas del día estaba el ingreso inicial de tres aves que habían completado cuarentena: un pionus, un loro frentiamarilla y un perico australiano macho (*Melopsittacus undulatus*) que hasta entonces había esperado su turno en una jaulita cerca de la casa. Este último llegó en condición aceptable, con vuelo activo y un plumaje verde y amarillo de esos que detienen la mirada. Alesandra señaló algo que vale la pena guardar: en esta especie, las narinas de los machos adultos se tornan de un azul intenso, rasgo visible en este individuo y que sirve como marca de identidad. Pronto será trasladado al aviario Decameron.
Pero la jornada también trajo una preocupación. Una guacamaya azul y amarilla —la B139, *Ara ararauna*— llegó con una condición corporal de apenas 2 sobre 9 y el esternón tan pronunciado que no dejaba lugar a dudas de su estado crítico. Alesandra le inició tratamiento básico y le tomó muestra de sangre: la Dra. Ana había detectado previamente dos especies distintas de hemoparásitos en el plantel, cada una con un protocolo diferente, y sin saber con cuál se enfrenta esta vez, el tratamiento adecuado queda en suspenso. Alejandro autorizó procesar la muestra de inmediato. Ahora es cuestión de esperar lo que diga la sangre.
Betoven, la pena y el carpintero
Cada mañana el quiosco de bienvenida de la Fundación Loros se llena de cuchillos sobre tablas, risas entre el equipo y el olor dulce de la fruta recién picada. Es el ritual que abre el día: preparar los alimentos para las aves mientras la conversación va y viene sin apuro, como el calor que ya llega temprano por estas tierras.
Después tocó turno al aviario número 2, donde Betoven, loro amazónico de cabeza amarilla con su etiqueta verde número 15, protagonizó la escena del día. Omar y el equipo lo encontraron en plena sicalación con otro individuo de su especie — ese baile de acercamientos y esquives que los loros ejecutan cuando algo entre ellos empieza a moverse. Al darse cuenta de que los observaban, a los dos loros les dio pena, y el momento quedó suspendido en el aire como queda el rocío en la malla del aviario.
Ya de regreso, en un árbol de caucho cerca de las instalaciones, un carpintero trabajaba sin testigos — o eso creía. Lo escucharon antes de verlo: ese golpeteo seco y constante contra la madera que es su forma de ganarse el almuerzo. Perforar, escuchar, seguir. Una rutina tan firme como la del equipo en el quiosco, pero en otro idioma.
Esta tarde, bajo un cielo despejado que no dejaba ninguna sombra de duda, Omar Enrique Berdugo Cabeza levantó la vista y los encontró: dos loros reales (Amazona ochrocephala) encaramados en la copa de un uvito, comiendo tranquilos como si el mundo fuera siempre así de generoso. Las aves, de ese verde intenso con la corona amarilla que les da el nombre, fueron liberadas tiempo atrás por la Fundación Loros y siguen moviéndose por el territorio como si siempre hubiera sido suyo.
El árbol estaba cargado de frutos blancos agrupados en racimos, y los loros no parecían tener ningún afán. Omar los grabó dos veces y después le tomó una foto al árbol, como si quisiera dejar constancia también de la generosidad del anfitrión. El avistamiento ocurrió en el sector norte de la reserva, a las coordenadas donde el santuario se abre hacia el monte más espeso.
No hubo drama ni novedad extraordinaria: solo dos pájaros liberados que encontraron comida y un hombre que tuvo la paciencia de quedarse a verlos.
Flores junto a la jaula, esperando alas
Carlos Andrés Matas Contreras llegó esta mañana al punto de liberación con la cámara lista y se encontró con una sorpresa de colores: la buganvilia había reventado en flores rojo-magenta justo al borde de la malla metálica de la jaula, y a sus pies, las petunias silvestres —Ruellia simplex— abrían sus corolas moradas como si llevaran semanas ensayando esa bienvenida.
En las fotos que trajo, la jaula de liberación aparece enmarcada por ese estallido floral, con las colinas verdes del santuario al fondo bajo un cielo de nubes blancas desperdigadas. No había loros ese día, ni aleteos que registrar. Solo el paisaje quieto, la cerca, y las flores creciendo a su ritmo contra la malla, recordándonos que la reserva sigue viva incluso cuando no hay nadie que suelte ni reciba.
Diecisiete azules en el Cerro El Peli
El 9 de marzo de 2026, Alberto llevó las primeras 14 guacamayas azul y amarillo al aviario de pre-liberación del Cerro El Peli. Al día siguiente regresó con 3 más, y así quedaron 17 Ara ararauna bajo la malla metálica y entre las ramas de los árboles que crecen adentro del recinto, ese espacio donado por Jerónimo Martins y el proyecto Ara donde conviven también las guacamayas rojas. Las perchas de madera se llenaron de plumaje turquesa y dorado, y el aviario, que desde afuera ya parece un pedazo de selva enmallado contra el cielo, cobró ese ruido vivo y desordenado que solo hacen los loros cuando son muchos.
Mientras tanto, afuera del aviario el panorama también tenía lo suyo: 18 Ara ararauna libres rondando el punto de liberación, más una cheja que andaba por ahí como si supiera que ese cerro le pertenecía. Alberto dejó anotado el conteo, sacó sus fotos y cerró el reporte del día.
Dos gallinetas al borde del lago 2
Esa tarde, Carlos Andrés Matas Contreras caminaba por los alrededores del lago 2 de la finca El Paraíso cuando notó movimiento entre la hierba húmeda de la orilla. No era una, sino dos gallinetas moviéndose despacio, con esa calma característica suya, picoteando el suelo en busca de algo que comer. El lago quieto, la luz de la tarde dorada sobre el agua, y esas dos aves como si el mundo fuera únicamente ese rincón.
Carlos Andrés tuvo el buen ojo de sacar el celular y grabar. En el video se ve lo que él vio: el movimiento pausado, casi ceremonial, de las gallinetas mientras escudriñaban la tierra. Un registro sencillo, de esos que se hacen sin mucho alboroto, pero que cuenta que la vida silvestre sigue su curso en los potreros de El Paraíso.
Capuchino de campo, directo de la vaca
Antes de que el sol terminara de asomarse sobre los árboles de la finca Los Guardianes, Nilson ya estaba en el corral con las manos en la ubre. La leche cayó tibia y espumosa en el recipiente metálico, mientras las buganvilias fucsia y naranja que bordean las vallas todavía guardaban el fresco de la madrugada. El cielo se abría en tonos anaranjados y azules sobre los potreros, y los bovinos descansaban quietos bajo el techo de la estructura, ajenos al amanecer que los enmarcaba.
Angélica Cecilia Mármol Venegas tomó esa leche recién ordeñada, la combinó con café hecho al momento, y el resultado fue lo que ella misma llamó un capuchino de campo — directo de la vaca al vaso, sin intermediarios ni distancias. Un sorbo largo, el pulgar arriba, y el día empezó.
Eso es lo cotidiano en el Santuario de la Fundación Loros: el trabajo de conservación que convive con el ordeño de las cinco de la mañana, con las flores silvestres que nadie sembró cerca del corral, con el camino de tierra que se pierde entre la vegetación mientras el campo despierta despacio.
Seis titis entre las ramas del Lago 2
A las 9:15 de la mañana, Carlos Andrés Matas Contreras caminaba por la orilla del Lago 2 en la Finca El Paraíso cuando el movimiento en las copas lo detuvo en seco: seis monos titis se movían entre las ramas, trepando sin apuro y deteniéndose a comer frutas. Los titis —esos pequeños primates de cola larga y mirada viva que habitan los bosques húmedos del Caribe colombiano— son avistamientos que siempre celebramos, y Carlos Andrés tuvo el buen tino de grabarlos en video antes de que desaparecieran entre el follaje.
El lago también tenía más cosas que decir esa mañana. Sin mostrar la cara, el monte habló: coronas, un ave cola de ardilla, chachalacas y una oropéndola dejaron sus voces en el aire. Carlos Andrés los escuchó con cuidado y los anotó todos. A veces el campo se cuenta con los oídos tanto como con los ojos, y ese registro sonoro es tan valioso como cualquier fotografía.
Dieciocho azules y una cheja al mediodía
Esta mañana, Alberto hizo el recorrido habitual por las instalaciones de la Fundación Loros: primero el punto de liberación, luego los aviarios. El sol ya pegaba fuerte sobre las colinas verdes cuando las guacamayas azul y amarillo —dieciocho en total— empezaron a aparecer. Algunas llegaron desde los árboles cercanos, con ese azul intenso que brilla distinto bajo el cielo despejado del Caribe. Una cheja completó el grupo, discreta entre tanto color.
En el punto de liberación, las Ara ararauna se posaron sobre la estructura de madera con sus plataformas elevadas, donde las esperaban bandejas metálicas con papaya y sandía troceadas. Las mismas frutas llegaron a los aviarios, donde otros ejemplares trepaban por la malla o descansaban en las perchas de ramas secas, con las buganvilias rosadas asomando al fondo como si fueran parte del decorado. Las bandejas no duraron mucho.
De las cantinas al vuelo de las aves
Antes de que el sol calentara del todo los potreros de Los Guardianes y Vista Hermosa, Jendel y Eder ya tenían las manos en las ubres. El ganado Brahman, esas reses grandes y pacientes, dejaba acercarse a los terneros mientras los trabajadores llenaban los baldes blancos y luego vaciaban la leche, chorros limpios, dentro de las cantinas de aluminio. Alrededor, el suelo oscuro y húmedo de los corrales, flores fucsia asomadas entre la vegetación y el ruido sordo del campo mañanero.
Más allá, Nilson cargaba racimos de popocho recién cortados hasta la camioneta, esa carga verde y pesada que huele a tierra fresca. Y en el gallinero rústico, entre gallinas marrones y grises acomodadas en sus nidos de madera vieja, se recogían los huevos del día — los mismos que Angélica, sonriente con su bandeja azul, llevaría directamente a manos de quien los quisiera comprar, sin intermediarios ni etiquetas de fábrica.
Leche, queso, suero artesanal, popocho, huevos: todo lo que sale de estas dos fincas va derecho al mercado, y lo que regresa en pesos es lo que sostiene los proyectos de conservación de aves de la Fundación Loros. Una cadena sencilla, sin adornos, que une el corral con el vuelo de las guacamayas.
De la tierra al público, sin rodeos
En la Fundación Loros, cada producto que nace de esta tierra tiene un propósito mayor: financiar la conservación de nuestras aves. Desde las fincas Los Guardianes y Vista Hermosa, Jendel y Eder realizan día a día labores de ordeño de nuestro ganado; Nilson recoge los racimos de popocho y los huevos de las gallinas criollas; y Angélica lleva todo eso al público con la certeza de lo que está entregando.
Aquí no hay intermediarios ni etiquetas con ingredientes imposibles de pronunciar. La leche sale directo del campo — parte se vende fresca, parte se convierte en queso y suero artesanal. Los huevos vienen de gallinas que comen hojas, maíz y verduras, no concentrado industrial. El popocho lo corta quien lo sembró.
Comprar estos productos es sostener un santuario. Cada cantina de leche, cada racimo, cada bandeja de huevos es conservación en acción.
Cuatro especies, un solo punto en El Paraíso
Hay mañanas en que la finca El Paraíso se pone generosa sin avisar. Carlos Andrés Matas Contreras caminaba cerca del kiosco cuando se topó con algo que no se ve todos los días: una ararauna con su azul eléctrico y una guacamaya cheja posadas en el mismo punto, acompañadas de un tucán y una ardilla que completaba el cuadro como si nadie tuviera prisa por irse a ningún lado.
Cuatro especies distintas, un solo lugar, al mismo tiempo. Carlos no lo dudó: sacó el celular y grabó dos videos que ya hacen parte del registro oficial de la Fundación Loros. No hay mejor prueba que esa — la imagen quieta de un rincón de la reserva siendo exactamente lo que debe ser.
Lluvia fuera de lugar en Los Guardianes
En los primeros días de marzo, Eder — integrante del equipo ganadero de la Fundación Loros — levantó la cámara en el sector Los Guardianes y grabó lo que no debería estar ahí: lluvia. No era la primera vez. Desde febrero el santuario ha recibido precipitaciones en meses que, por lo general, transcurren secos, sin ese rumor del agua sobre el dosel ni ese olor a tierra mojada que le cambia el carácter a la reserva.
Eder lo describió como una rareza, y esa palabra sencilla carga un peso real. El calendario climático que el equipo conoce de memoria — los meses secos, los húmedos, los de transición — parece estar corrido. Lo que él registró en video no es solo agua cayendo: es una señal de que este año la temporada de lluvias podría llegar más extensa y más temprana de lo habitual.
Por ahora, Los Guardianes guarda la humedad de esa tarde de marzo. El registro de Eder queda en la bitácora como lo que es: un detalle pequeño que puede volverse importante con el tiempo.
El Loro 31 y su bosque en formación
Entre los aviarios #3 y #4 de la Fundación Loros hay un rincón que todavía huele a tierra recién removida y hojas jóvenes: el Bosquecito, así lo bautizó Alejandro, el fundador argentino que un día llegó a esta tierra caribeña con la idea de devolverles a las aves algo parecido a un hogar. El bosque apenas está aprendiendo a serlo, pero ya tiene habitante fijo: el Loro 31, un amazónico de verde brillante, manchas rojizas en las alas y un destello amarillo en la cabeza que lo delata desde lejos. Al cuello lleva su placa numerada, pequeña como una medalla ganada a pulso.
Omar Enrique Berdugo Cabeza lo sabe bien, porque el 31 lo acompaña cada vez que Omar hace su ronda de alimentación por esa zona. No es que el loro espere la comida y ya — es que aparece, se posa cerca, observa. Como si los recorridos de Omar fueran también los suyos. Alejandro imaginó este sector con nidos artificiales para loros y guacamayas, un trabajo que avanza con monitoreos y liberaciones graduales, dejando que las aves encuentren solas el camino hacia una vida silvestre sostenible. El Loro 31, con su placa al cuello y su costumbre de andar libre entre los árboles nuevos, es hoy la prueba más viva de que ese camino existe.
Esa tarde, en el árbol de papaya de la Fundación Loros, cuatro aves convirtieron la copa verde en un comedor a cielo abierto. Ahí estaba Sombrerito —loro amazona amazona, medalla B12—, fiel a sus preferencias: banano y papaya, siempre papaya. Con él, su compañero B11, los dos reconocibles entre el follaje por el destello metálico de sus medallas. Un poco más arriba, una pareja de loro real completaba la reunión. A esos dos Omar no les alcanzó a ver las medallas, pero los conoce bien: tienen su nido en un roble del parque de la fundación, y cada tanto bajan hasta aquí cuando el árbol llama.
La papaya de la fundación produce todo el año, sin descanso, y las aves lo saben. No se conforman con la pulpa anaranjada y dulce: también van por las semillas negras y pequeñas que se esconden adentro, las mismas que actúan como desparasitante natural. Es una farmacia discreta, enterrada en el fruto, que los loros han descubierto por su cuenta.
Omar los observó en silencio, desde abajo, mientras los picos abrían la fruta con esa precisión tranquila que tienen los loros cuando comen sin apuro.