Hay momentos en el campo que no se planean ni se repiten. Omar Enrique Berdugo Cabeza estaba solo en el aviario N°2 cuando lo encontró: una pareja de guacamayas enredada en ese lenguaje lento y antiguo del cortejo, ese intercambio de miradas y roces que las aves practican sin apuro. Sacó el celular y empezó a grabar.
Fue entonces cuando apareció el mosquito. No llegó a molestar ni a interrumpir — llegó a flotar, con una calma que no le corresponde a un insecto de su tamaño. Sobrevolaba a la pareja con movimientos precisos, casi calculados, y Omar lo miró y pensó lo que cualquiera hubiera pensado: eso no parece un mosquito, parece un dron. Un testigo diminuto y zumbante que alguien hubiera mandado a documentar el momento.
Así es la naturaleza a veces: te da la escena que buscabas y de regalo te manda algo que no esperabas. Las guacamayas seguían en lo suyo, ajenas al observador y al intruso. Omar grabó todo, guardó silencio, y dejó que el aviario hiciera su trabajo.
Guacamayas en los ciruelos del vecindario
Alberto llegó al punto de liberación esa mañana con frutas frescas y semillas de girasol: papaya, limón, pepino, pimiento. Las plataformas de madera se llenaron pronto de color — azul eléctrico y amarillo encendido de las guacamayas azul y amarilla (Ara ararauna), y el rojo vivo de las escarlatas (Ara macao) — mientras los picos fuertes destrozaban los pedazos de fruta con esa familiaridad impaciente que tienen las guacamayas con la comida.
Pero lo más importante de la jornada no ocurrió en los comederos. Alberto notó que varias de las aves habían salido a forrajear solas en los árboles frutales de los alrededores de la reserva. Los ciruelos (Spondias purpurea) están cargados estos días, y las guacamayas lo saben. Verlas moverse entre las ramas por cuenta propia, eligiendo sus frutos sin esperar la bandeja servida, es una de esas señales silenciosas que el equipo aprende a leer: las aves están encontrando su camino.
Esta fructificación de los ciruelos también le permite a la Fundación rastrear los ciclos naturales de la vegetación del entorno — un dato que se irá volviendo más valioso a medida que las guacamayas dependan cada vez más de ese paisaje y menos de los comederos.
Noventa y siete litros al amanecer
Todavía era de madrugada cuando Eder, Nilson y Jender llegaron al corral del sector Guardianes de la Reserva. El suelo de tierra húmeda aún guardaba el frío de la noche, y las vacas — Brahman blancas, Gyr de lomo alto, y algunas que podrían ser Girolanda — se movían despacio entre las cercas de madera mientras los terneros cafés pegaban el hocico buscando su parte. Los tres encargados de la ganadería de la Fundación Loros se pusieron manos a la obra: balde en mano, el ordeño manual de siempre, el mismo de cada mañana.
Al final de la jornada, la cuenta fue clara: 97 litros de leche. Todo se entregó a Juancho, comprador externo, sin que quedara nada para venta al público ese sábado. No hubo fanfarria ni registro especial — solo tres hombres, un hato y el trabajo callado que sostiene la vida en la reserva antes de que el resto del mundo despierte.
Cumpleaños entre palmas y plumas azules
Hay cumpleaños que se celebran con torta y hay cumpleaños que se celebran con un balde de palma Manila y una bandada de loros hambrientos. El de Omar Enrique Berdugo fue de los segundos. Esta mañana caminó hasta el punto de los guardianes, donde una palma cargada de racimos lo esperaba con frutos en todas las etapas de maduración: los verdes apretados, los rosados a medias y los rojos listos para caer. Los cortó, los acomodó en el balde y los llevó al punto de alimentación de la Fundación, con la calma de quien ha hecho ese recorrido muchas veces y sabe lo que viene después.
Lo que vino después fue el alboroto de siempre: loros verdes —posiblemente amazonas— y loros de cabeza azul (Pionus menstruus) acudiendo al festín tanto dentro como fuera del aviario. Entre ellos, el individuo registrado con la anilla verde B17 FL-VN, que agarró su racimo con la pata y lo trabajó a picotazos con la convicción de quien no piensa compartir. Omar los miraba, dice, sintiéndose contento. No hacía falta más explicación: haber pasado el día así, entre plumas y frutos colorados, es un buen argumento para cualquier cumpleaños.
Beethoven y su pana en El Paraíso
Desde el aviario de madera junto a la casa principal de la finca El Paraíso, dos loros reales miraban el día con esa calma soberana que tienen los Amazona ochrocephala cuando se saben bien. Omar pasó por allí con la cámara y les robó unas fotos: plumaje verde brillante, destellos rojos en las alas, la corona amarilla que le da el nombre a la especie. Colgados al cuello, los tags 12 y 15 los identificaban sin lugar a dudas.
El 15 es Beethoven. El 12 es, en palabras de Alejandro, "un amigo de él" — y con eso basta. Omar envió las imágenes porque Alejandro siempre quiere saber cómo están, y la respuesta de hoy fue tranquilizadora: se los ve bien. A veces el campo no trae dramas ni sorpresas, solo la confirmación silenciosa de que dos aves siguen ahí, enteros, compartiendo aviario bajo el sol de El Paraíso.
Seis tortugas y una garza en el Lago 1
Carlos Andrés Matas Contreras salió al campo esa tarde con los binoculares al cuello y regresó con las manos llenas. Su primer hallazgo fue una iguana solitaria entre la vegetación de la finca Los Guardianes, sector Valle Verde — quieta, como si llevara horas esperando que alguien la descubriera. Desde ahí, el recorrido lo llevó hasta el Lago 1 de la finca El Paraíso, donde la tarde empezó a mostrar lo que guardaba.
En el cable eléctrico junto al lago, dos martines pescadores de colores azul-verdoso y naranja descansaban tan campantes como si el alambre fuera una rama de siempre. Más abajo, en la orilla, Carlos Andrés alcanzó a contar cerca de seis tortugas asoleándose — pero al sentirse descubiertas, se lanzaron al agua una tras otra antes de que pudiera verlas bien. La última escena del día se la regaló una garza que cazaba peces con la paciencia y la precisión de quien lleva toda la vida haciéndolo.
Cuatro registros, un solo recorrido, y todo apoyado con fotos y videos tomados a través de los binoculares. Así llegó el reporte de Carlos Andrés: escueto, directo y con el lago todavía vivo entre las palabras.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó al Lago #1 justo cuando el cielo de la reserva terminaba de descargar su agua sobre todo. En las ramas del roble del nido, las guacamayas B29 y B127 sacudían las alas todavía mojadas, y adentro del árbol, acomodado en su nido como mochila colgada, dormitaba un torche que nadie esperaba encontrar ahí. Las tortugas, que en días secos prefieren el quieto fondo del lago, habían salido a explorar la orilla, comiendo la vegetación fresca y bebiendo el agua lluvia que corría entre las raíces.
Más adelante, en el aviario #2, los loros no se habían quedado atrás: se bañaban bajo los chorros que caían del techo, abriendo las alas y estirando el cuello con esa alegría particular que tienen cuando el calor y la lluvia llegan juntos. Y cerca del aviario #5, bajo la sombra quieta de un árbol de caucho, una ardilla había tomado posesión del comedero como si llevara años siendo suyo.
Fue uno de esos días en que llueve y todo en la reserva despierta al mismo tiempo.
Omar Enrique Berdugo Cabeza andaba solo esa tarde del 5 de marzo cuando se detuvo cerca del tamarindo del sector de los guardianes. Ahí, en ese rincón conocido de la reserva, lo esperaba un orejero en plena floración y cargado de frutos: uno de esos árboles que en la Fundación Loros ya tienen historia propia. En los registros de la fundación hay imágenes de loros guacamallas disfrutando de sus semillas, aunque ese día Omar no alcanzó a capturar el momento — el árbol estaba ahí, generoso y callado, sin público visible.
Pero el orejero no es solo para los loros. Omar lo describe como un punto de encuentro para venados, ñeques y ganado, que lo frecuentan atraídos por sus frutos. Los propios guardianes de la fundación suelen pasar por allí, no solo a observar sino a descansar bajo su sombra, que en las horas más bravas del sol caribe se agradece como un favor.
Es ese tipo de árbol que sostiene muchas vidas sin hacer alboroto: da fruto, da sombra, da refugio, y sigue de pie mientras todo lo demás pasa a su alrededor.
Ese jueves al mediodía, Omar Enrique Berdugo Cabeza tenía los ojos puestos en la bandeja metálica del aviario: naranja, papaya, pepino, guayaba, pimentón, semillas de girasol y cacahuate, todo dispuesto bajo el sol de la costa. Dieciocho guacamayas azul y amarillo (*Ara ararauna*) se repartían el festín con la confianza de quien ya sabe que la comida llega, mientras dos chejas —discretas, como siempre— aprovechaban los espacios entre tanto azul y amarillo para alcanzar la papaya.
Lo que más llamó la atención de Omar no fue el número ni el alboroto de alas, sino algo que lleva tiempo midiendo con paciencia: en los días calurosos, las guacamayas se van directo a la naranja. En los días de invierno, casi no la tocan. Una observación sencilla, anotada con el ojo de quien conoce a sus aves, que sugiere que estos loros usan el jugo de la naranja como fuente de líquido cuando el calor aprieta.
El registro quedó en fotos y video: las aves en vuelo dentro del aviario, las alas desplegadas contra el cielo azul del Caribe, y la bandeja colorida que el equipo ajustó ese mismo día — sin tomate, sin limón, con cacahuate en vez de maní — según lo que Omar, con buen criterio, indicó.
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó al cerro El Peligro con la mañana y lo que encontró valía la parada: once guacamayas azul y amarilla —Ara ararauna— instaladas en un árbol de ciruela, trabajando los frutos verdes con ese pico negro y robusto que no deja pasar nada. El azul turquesa en el lomo y el amarillo dorado en el pecho de cada ave brillaban contra el cielo despejado de la costa, y el ruido que hacían debió oírse bastante antes de verlas.
Mientras las guacamayas se repartían el ciruelo sin mayor protocolo, una manada de buitres rondaba más arriba, trazando sus círculos lentos sobre el cerro. Dos mundos distintos compartiendo el mismo pedazo de cielo: unos festejando entre ramas, los otros atentos desde las alturas. Omar documentó la escena con cinco fotografías y once videos desde el lugar exacto donde el ciruelo da sombra, en las coordenadas que ya quedaron marcadas en el mapa de la reserva.
El cerro El Peligro tiene fama de guardar sorpresas, y este jueves de marzo no fue la excepción.
Tres rescatados sobre los robles del Paraíso
Ayer en la mañana, el fotógrafo Maicol recorrió la orilla del lago de entrada de la finca El Paraíso —donde nació la Fundación Loros— y encontró los robles (*Tabebuia* sp.) en plena floración, cubiertos de flores rosadas que encendían el paisaje contra el cielo azul de marzo. Entre esas ramas había tres visitantes: un loro amazónico de plumaje verde y destellos azules, sin marca visible; otro amazónico identificado con la placa B16, posado tranquilo entre los pétalos; y un loro de cabeza azul (*Pionus menstruus*) con su corona turquesa brillando entre las flores. Un poco más allá, una guacamaya azul y amarilla (*Ara ararauna*) asomaba su pico negro desde el orificio de una caja nido instalada en un árbol cercano.
Lo que Maicol capturó con su cámara tiene una capa que las fotos no muestran a simple vista: estos cuatro individuos llegaron a la Fundación Loros como víctimas del tráfico de fauna silvestre. Hoy viven en semilibertad dentro de la reserva, y el lugar donde eligieron posarse se llama, literalmente, El Paraíso. A veces la realidad se da el lujo de ser perfecta.
Veintidós en el punto de liberación
Esa tarde Alberto llegó al punto de liberación con la rutina de siempre: el alimento, el conteo, la mirada atenta sobre perchas y ramas. Lo que encontró fue un lugar animado: 18 guacamayas azul y amarillo (Ara ararauna) ocupaban las perchas exteriores con todo su despliegue de turquesa y dorado, mientras 2 chejas y 2 loros reales completaban un grupo de 22 individuos en total. Las fotos del día lo dicen todo: el aviario lleno, las plataformas colgantes con racimos de color, y los patrocinadores de la Fundación Loros —Jerónimo Martins y Ara— en el letrero al fondo, testigos mudos de lo que aquí se construye.
Pero la imagen que se queda es otra: una sola Ara ararauna posada en la copa de un árbol silvestre, lejos del aviario, con el cielo azul despejado por detrás. No está en la percha ni en la jaula. Está ahí, en su árbol, eligiendo quedarse cerca. Eso es exactamente lo que busca el proceso de adaptación al entorno natural —que el monte deje de ser territorio desconocido y se convierta en casa.
La B29 y sus huéspedes sin permiso
Omar Enrique Berdugo entró esa mañana a hacer la limpieza de rutina en los aviarios y se encontró con que alguien más ya se había acomodado adentro. En el aviario #1 lo esperaba el ave que en su pueblo llaman "chupa huevo", colada entre las instalaciones como si el lugar le perteneciera. En el aviario #2, camuflada sobre la corteza de un árbol con una piel marrón que imitaba cada grieta del tronco, descansaba una rana arbórea (Hyla sp.) de esas que uno puede mirar diez veces sin verlas — hasta que te atrapa ese ojo azul-turquesa iridiscente, brillante como una piedra preciosa en medio de tanto camuflaje.
Pero la imagen que se robó el día fue la de la guacamaya azul y amarilla B29, posada tan campante sobre el letrero verde de la Fundación que le recuerda a los visitantes no interactuar con las aves en rehabilitación. Ahí estaba ella, justo encima de esa advertencia, mirando al mundo con la autoridad de quien lleva meses en el proceso de aprender a ser libre. Omar documentó todo — fotos, video — antes de seguir con el trapero y el balde. Un martes de limpieza que resultó siendo otra cosa.
Un piscinaso en el lago Valle Verde
Era una tarde calurosa en los predios de Los Guardianes cuando Jender Torres y su compañero Eder salían a caballo en su labor de siempre: arrear los terneros hacia el corral. El sol pegaba fuerte sobre las colinas verdes del municipio de Villanueva, y el cielo se abría despejado sobre ese paisaje de finca que uno reconoce de memoria por su calma y su olor a tierra y monte.
Fue entonces cuando, al pasar por las orillas del lago Valle Verde —cuerpo de agua bien conocido en el pueblo—, los dos vaqueros se toparon con la escena: dos vacas metidas hasta el pecho en el agua turbia, disfrutando sin afán de un refrescón propio de esas horas calientes. Atrás quedaba el resto del hato pastando tranquilo en la ladera. Jender y Eder siguieron la marcha sin interrumpir el momento; el trabajo no esperaba, y las vacas tampoco iban a salir por cuenta de nadie.
En Los Guardianes, las jornadas tienen esa mezcla de rutina y sorpresa que solo el campo sabe dar. A veces el ganado también pide su pausa.
Dos garzas y el silencio de Vista Hermosa
En la tarde del 4 de marzo, Jender Torres Álvarez recorría los predios de Vista Hermosa cuando el paisaje se abrió ante él: una pradera verde y generosa, un grupo de reses de pelaje café, blanco y gris pastando sin afán, y al fondo las colinas cubiertas de monte espeso con el cerro El Peligro vigilando desde lejos. Todo olía a hierba húmeda y cielo abierto.
En el suelo, cerca del ganado, dos garzas garrapateras (Bubulcus ibis) se movían con calma entre las patas de las vacas. Con el pico preciso y paciente que las caracteriza, espurgaban garrapatas del pelaje —un intercambio antiguo entre especies que la sabana colombiana conoce de memoria. Las reses, indiferentes y bien entradas en carnes, seguían pastando como si nada.
Este tipo de avistamiento, sencillo en apariencia, habla bien del estado del predio: ganado sano, aves silvestres integradas al paisaje, y un corredor vivo que conecta la reserva con los cerros del horizonte. Jender lo registró todo con el ojo tranquilo de quien lleva tiempo aprendiendo a leer el campo.
Happy, un coco y el camino de los loros
Ese miércoles llegaron a la Fundación Loros dos visitantes con ganas de conocer de cerca el trabajo que aquí se hace. Carlos subió a la palma, bajó los cocos y los cortó con la destreza de quien lo ha hecho cien veces. La mujer recibió el suyo todavía fresco, verde y pesado, mientras Happy —la perrita beige de la fundación— ya había decidido que el mejor lugar del mundo era exactamente ese vehículo todoterreno, encima de sus piernas.
Así arrancó el recorrido 'Camino hacia la Libertad': por entre la vegetación tropical que cubre los senderos de nuestras 520 hectáreas, con el viento tibio en la cara y el sonido del monte alrededor. Es el mismo trayecto que hacemos para que los visitantes entiendan, de primera mano, cómo preparamos a los loros para volver a su vida silvestre.
Happy los siguió de cerca todo el rato, como hace siempre. Los turistas se fueron con las manos húmedas de agua de coco y con una historia distinta sobre lo que significa la libertad en este rincón del Caribe.
Maicol no planeaba hacer historia ese día. Andaba por el bosque con su cámara cuando algo detuvo su mirada: un pico gordo degollado (*Pheucticus ludovicianus*) posado tranquilo sobre una rama delgada, como si llevara toda la mañana esperando que alguien lo viera. Cabeza y dorso negro carbón, una mancha roja encendida en el pecho y las alas cruzadas por franjas blancas — el macho adulto en todo su esplendor, casi invisible entre el verde cerrado del follaje si no fuera por ese color que no admite disimulo.
La foto llegó al cronista al día siguiente, desde la Poza de los Borrachos, con pocas palabras pero con la imagen hablando por sí sola. El sector exacto dentro del santuario quedó sin confirmar, pero el registro es claro: esta especie migratoria, que recorre miles de kilómetros entre Norteamérica y el Caribe, encontró por un momento una rama en la Fundación Loros donde descansar y dejarse ver.
El parque se llenó de vida propia
Ese día, Omar Enrique Berdugo Cabeza y la fotógrafa Patria recorrieron el parque de la Fundación Loros con los ojos bien abiertos, y el santuario respondió con todo. Las guacamayas azul y amarillo (Ara ararauna) andaban en sus cosas más íntimas: una pareja apareándose entre las vigas de la palapa, otra cargando materiales hacia el nido, y alguna volviendo al refugio con ese vuelo decidido que solo tienen los animales que ya saben dónde es su casa. En los comederos, dos loros verdes amazónicos picoteaban con calma rodajas de sandía y melón servidas en bandeja, como si el mundo no tuviera ningún afán.
Más abajo, en el roble del parque, las ardillas daban su propio espectáculo. Una navegaba obstáculo tras obstáculo para llegar al comedero colgante; otra llegó con un rollo de fibra de majagua entre las patas —material fino para tapizar el nido— y desapareció entre las ramas sin mirar atrás. Los patos, por su parte, también andaban en temporada: se les vio apareándose cerca del parque con esa naturalidad descarada que los caracteriza. Patria capturó cada momento con el empeño y la alegría de quien entiende que lo que pasa frente al lente no se repite dos veces. Solo faltó Maicol Jia para que la jornada estuviera completa.
Piquitos, nidos y un canto en el aviario dos
Esta mañana, Corina y Carlos llegaron a los aviarios con las bandejas de frutas frescas y se encontraron con algo más que hambre: había parejas de loros amazónicos dándose piquitos entre perchas, un individuo posado en su nido con esa quietud solemne del que cuida algo valioso, y después de comer, un grupo de quince o veinte aves con sus anillas verdes —B214, B60, B05, entre otros— que se acomodaron juntos a descansar, como si el mediodía fuera un asunto colectivo. En el aviario #2, un loro se arrancó a cantar solo, y ese sonido llenó el recinto de malla y techo de paja con una alegría que el equipo recibió en silencio.
Y es que el silencio es parte del protocolo. En la Fundación Loros no se les habla, no se les toca: esa es la regla que sostiene todo el trabajo de rehabilitación. Para que un loro recupere sus alas completas y sus instintos silvestres, necesita olvidar que alguna vez dependió de una voz humana. La reconstitución es lenta, paciente, hecha de vuelos de prueba, monitoreo y buena alimentación.
Más tarde, Corina y Carlos salieron hacia el sector de Conopany y colocaron las bandejas de frutas en las estaciones al aire libre, donde los loros en libertad se acercan a comer sin que nadie los llame. Las fotografías de ese momento —aves posadas sobre comederos colgantes rodeados de palmeras y cielo despejado— son el registro silencioso de que el camino funciona.
El despensero solitario del cerro
Omar Enrique Berdugo salió solo esa mañana, sin más compañía que el monte y su conocimiento del terreno. Su recorrido trazó un mapa invisible de recursos entre el aviario de Cameron y el punto de liberación del cerro: ciruelas todavía biches colgando verdes, la flor discreta del mamón apenas asomándose, racimos de palma que los loros y guacamayas ya conocen de memoria — en los guardianes se habían visto antes rondando esos frutos.
Cerca del aviario encontró hojas de vijao, esas hojas anchas y frescas que los campesinos de la región doblan con maestría para envolver tamales y pasteles, o para tapar un arroz que se cuece lento con el calor del campo. No distaba mucho de ahí el hallazgo más colorido del día: en el punto de liberación del cerro, un árbol de achiote —*Bixa orellana*— mostraba sus frutos abiertos, las semillas rojas encendidas como brasas pequeñas. El mismo rojo que condimenta las ollas de cocina caribe y que los indígenas han usado desde siempre para pintarse el cuerpo.
Un solo hombre, una mañana, y un inventario que recuerda por qué importa conocer el territorio palmo a palmo antes de abrir las puertas del aviario.
Cuatro encuentros entre el lago y el arroyo
Ese miércoles, Carlos Andrés Matas Contr recorrió distintos rincones del predio y la jornada le fue devolviendo vida en cada parada. En el lago 2, un grupo de seis monos titis se dejó ver entre la vegetación ribereña — suficientes para llenar varios videos y confirmar que la familia sigue ahí, activa, indiferente a la cámara. Más tarde, en el lago 1, un carpintero pequeño apareció y desapareció entre los troncos con esa urgencia característica que tienen los de su especie.
El arroyo de la finca Los Guardianes guardaba dos sorpresas. Primero, un barranquero camuflado tan bien entre las ramas que solo el círculo verde trazado sobre la foto lo delata — esa criatura de colores imposibles que parece hecha para esconderse en el monte. Y junto a él, otra ave que Carlos Andrés no alcanzó a identificar pero que quedó capturada en video, esperando nombre. Cuatro especies, dos lagos, un arroyo: lo que parece un día ordinario de campo termina siendo, otra vez, el inventario silencioso de todo lo que vive aquí.
Tarde de encuentros en el lago número uno
Carlos Andrés Matas Contreras recorrió esta tarde las orillas del lago #1 con la paciencia que da conocer bien un lugar. No había loros ese día, pero la reserva tenía otras cosas que mostrar. Ahí, entre el barro húmedo y la vegetación que bordea el espejo de agua, una iguana común —Iguana iguana— descansaba tranquila en el suelo, ajena al observador que la filmaba.
Más sobre el agua, la tarde se animó. Dos martines pescadores de collar —Megaceryle torquata— sobrevolaban el lago con esa urgencia característica suya, atentos a cualquier destello plateado bajo la superficie. Una garza azul —Egretta caerulea— completaba la escena: quieta, concentrada, con esa elegancia un poco altiva que tienen las garzas cuando están a lo suyo.
Seis videos quedaron como testimonio del recorrido. Carlos los mandó al caer la noche, con el tono sencillo de quien simplemente fue, vio y anotó. A veces así se hace el registro: sin aspavientos, con los pies en el campo y los ojos bien abiertos.
El roble que se puso de colores junto al lago
Cerca al lago de la entrada de la Fundación Loros, un árbol decidió llamar la atención sin pedir permiso. Maicol lo encontró en plena floración: un roble rosado —Tabebuia rosea— cubierto de flores entre rosa y fucsia, tan cargado de color que parecía que alguien lo hubiera pintado de madrugada. El cielo azul despejado de ese miércoles lo hacía resaltar todavía más, como si los dos se hubieran puesto de acuerdo para la foto.
Al pie del árbol, las hojas anchas de una mata de banano le hacían compañía sin robarle el protagonismo. Maicol documentó el registro con fotografía, dejando constancia de que, en ese rincón de las 520 hectáreas, la temporada de floración del roble rosado ya estaba en marcha.
La oropéndola que advirtió al bosque
Omar Enrique Berdugo levantó la vista y los encontró quietos, casi solemnes, en lo alto de un roble grande cerca de los aviarios 3 y 4. Eran dos: el primero, un rapaz de considerable tamaño con plumaje marrón rojizo, posado como si el árbol le perteneciera desde siempre; el segundo, más discreto, identificado como un posible águila negra todavía en etapa juvenil. El cielo despejado de ese miércoles no dejaba dónde esconderse.
Pero el bosque ya sabía que estaban ahí. Desde alguna rama cercana, una oropéndola crestada —negra de cuerpo, con el pico y la cola del color del oro viejo, más grande incluso que una guacamaya— lanzaba sus cantos de alarma sin parar. Así funciona el sistema de aviso en la reserva: no hace falta que nadie grite, basta con que la oropéndola hable.
Omar documentó el avistamiento con paciencia: 20 fotografías y 11 videos de los dos rapaces en su posición de vigía, mientras la oropéndola crestada (*Psarocolius decumanus*) seguía anunciando al mundo lo que había visto. Tres especies, un roble, y el registro de un momento que el santuario guarda ahora en su memoria.
Una aulladora con dos crías en el camino
Alberto salió esa tarde a llevar alimento al punto de liberación, caminando el trecho de siempre entre la vegetación de la reserva. Pero antes de llegar, en la parte más plana del recorrido, a unos cincuenta metros del destino, algo lo detuvo: una mona aulladora hembra con dos crías recién nacidas pegadas a su espalda. Dos crías al tiempo, algo que en todos los años de trabajo en Fundación Loros no se ve con frecuencia. Alberto alcanzó a sacar el teléfono y grabar.
Más adelante, en el punto de liberación, el día siguió entregando. Dieciocho guacamayas azul y amarillo —Ara ararauna— de las que llevan tiempo en proceso de reintegración, revoloteaban entre el recinto y el cielo abierto de la colina. Dos chejas completaban el grupo. Alberto las registró en video y en foto: unas posadas junto al comedero con fruta, otras en pleno vuelo sobre el monte verde bajo el cielo despejado de la tarde.
Fue uno de esos recorridos en que el camino mismo tiene más para mostrar que el destino.
B16 entre los robles en flor
Los robles florecieron esta semana en la zona del parque, cerca de la casa, y Maicol andaba por ahí con su cámara cuando los encontró. Entre las ramas cubiertas de flores rosadas apareció el B16, un loro amazónico con su placa verde bien visible, posado con esa calma que tienen los loros cuando el mundo les parece suficiente. Más allá, un Pionus menstruus —el loro de cabeza azul— se dejó retratar también entre la floración, ajeno al lente.
Lo que nadie esperaba fue la guacamaya azul y amarilla asomada al orificio de una de las cajas nido instaladas en el área. Solo la cabeza afuera, el pico negro y los ojos curiosos, como quien se despierta despacio un miércoles en la mañana. Maicol capturó ese momento antes de que decidiera volver adentro.
No sabemos si el B16 andaba solo o acompañado, ni cuántos psitácidos rondaban esa mañana por el parque. Pero las fotos dicen lo que a veces las palabras no alcanzan: que cuando los robles florecen, ellos también aparecen.
Se registró la presencia de un ave rapaz no identificada —posiblemente un gavilán o halcón de coloración marrón oscura, descrita como más grande que una guacamaya— posada en lo alto de un árbol seco en una zona boscosa tropical con mezcla de vegetación verde y seca. El avistamiento ocurrió en las coordenadas 10.4465683, -75.2620333, bajo cielo despejado y condiciones de posible sequía estacional. Durante el evento, un ave de comportamiento centinela —descrita como "cola hedionda" con pico y cola amarillos y cuerpo negro, posiblemente un chamón o garrapatero— emitió cantos de alarma advirtiendo la presencia del depredador. El reporte fue acompañado de seis fotografías y un video que documentan al rapaz en su posición de vigía.
Happy, el achiote y la laguna rosada
El tres de marzo, Corina Leonor salió a recorrer el territorio con los ojos bien abiertos y Happy trotando adelante, como hace siempre que hay paseo. La perrita costeña conoce esos caminos casi mejor que nadie, y esa mañana se dejó retratar entre una alfombra de flores rosas —buganvilias caídas sobre la tierra verde— con la lengua afuera y esa cara de quien no tiene ningún apuro.
En el recorrido también apareció el achiote: frutos abiertos con sus semillas de rojo encendido, de ese rojo que tiñe y mancha y uno recuerda en las cocinas de las abuelas. Más adelante, en la laguna, un árbol —posiblemente un Tabebuia— había soltado sus pétalos sobre el agua y sobre la orilla, y todo se veía quieto y rosado bajo el cielo azul de la tarde. Dos bovinos, vaca blanca y ternero, pastaban despacio en el camino de tierra con el bosque cerrándose al fondo.
Fue uno de esos días en que el santuario muestra todo junto: flora nativa, fauna doméstica, el rumor rural de siempre. Happy llegó de vuelta contenta, como siempre.
Vista Hermosa despertó en flores
Cuando Nilson salió a recorrer su finca en el sector Vista Hermosa, el bosque de roble ya había tomado la delantera: el sotobosque entero —ese polvillo que suele pasar desapercibido— estaba tapizado de flores rosadas y amarillas. Entre ellas, una cucurbitácea silvestre abría sus cinco pétalos amarillos como si fueran pequeños soles caídos al suelo, mientras en las ramas altas los mismos árboles mostraban su floración rosada sobre un fondo de cielo gris y ramas aún sin hojas. Era la estación seca dando paso a otra cosa.
El bosque no tardó en llenarse de movimiento. En los árboles y a sus alrededores, el chau chau y el carpintero andaban de rama en rama, y más abajo mariposas y libélulas se movían entre las flores con esa calma particular que tienen los insectos cuando la comida abunda. Nilson lo documentó todo: tres fotos y dos videos que muestran el estado de los robles en plena transición, con el sotobosque convertido por unos días en algo parecido a un jardín sin dueño.
Fue un hallazgo de los que no se planean. Nilson no salió a buscar nada en particular —simplemente vive ahí, conoce ese bosque, y supo reconocer que lo que estaba viendo valía la pena contar.
Nilson caminaba solo ese martes cuando el bosque le dio una sorpresa doble: el roble y el polvillo habían decidido florecer juntos. Desde las coordenadas donde se detuvo, cerca de Cartagena, el paisaje olía a campo abierto y se veía salpicado de amarillo por todas partes — las flores del polvillo, de cinco pétalos con el centro ocre, cubrían el suelo entre la vegetación rastrera como si alguien las hubiera sembrado a propósito.
El bosque no estaba quieto. Un carpintero trabajaba en algún árbol invisible, el chau chau se anunciaba a lo lejos, y entre ellos se colaba el chiflido suave de un pajarito que Nilson escuchó pero no alcanzó a ver. En un momento, una mariposa roja con líneas blancas cruzó el recorrido y siguió su camino.
Era mediodía, Nilson estaba solo, y el bosque tenía más vida de la que uno esperaría en una tarde de marzo.
En un rincón de la reserva donde las paredes de ladrillo rojo nunca terminaron de levantarse, la vida encontró su propio ritmo. José Marín lleva cuatro años notando lo mismo: cuando llega la temporada, los goleros vuelven. No a un árbol imponente ni a un peñasco lejano, sino a ese hueco quieto entre escombros, donde la tierra seca guarda hojas caídas y unas ramas silvestres crecen sin que nadie las haya sembrado.
Esta vez, como el año anterior, hay una sola cría. El polluelo —todavía vestido de negro sin el lustre del adulto— caminaba despacio sobre el suelo de tierra cuando José lo fotografió, ajeno al mundo de afuera, protegido por esas paredes inconclusas que para alguien más serían abandono y para él son hogar. El Coragyps atratus, que la gente llama golero o gallinazo, tiene fama de ave de mal agüero; pero hay algo terco y admirable en la forma en que esta familia regresa al mismo punto, temporada tras temporada, con una fidelidad que pocas criaturas demuestran.
Cuatro años es tiempo suficiente para llamarlo costumbre. O quizás algo más.
Omar Enrique Berdugo Cabeza caminaba solo entre los comederos de aves cuando algo lo detuvo: en el tronco de un árbol de mamón, bien aferrados a una grieta de la corteza, dormían dos murciélagos. El camuflaje era casi perfecto — sus tonos pardos y grises se confundían con la madera seca, como si el árbol mismo los hubiera absorbido durante el día. Fue el ojo entrenado de Omar el que los descubrió, quietos, ajenos al calor de las tres de la tarde.
Poco después pasó Maico con su grupo, que andaban haciendo avistamiento de aves en el mismo sector. Omar los llamó y les mostró el hallazgo. El mamón, que ya era punto de reunión para las aves libres y liberadas de la Fundación, resultó ser también refugio de estos pequeños mamíferos alados que duermen cuando el resto del monte despierta. Dos fotos y dos videos quedaron de testigos.
Sesenta años al filo del cerro
Alguien del grupo cumplía sesenta años y quiso celebrarlos como solo se celebran las cosas que de verdad importan: subiendo. Así fue como Alberto, Carlos, Corina, Nilson, Mateos, Mónica, Mercedes, Jhonatan Pavón, Shakeem Lane, Freddie Bevrotte, Raven Sandifer, Carlos Clark, Paul Henderson, Carl Allen y Torrance Walker se repartieron entre caballos y un UTV todoterreno para trepar hasta el mirador del cerro, en el corazón verde de la reserva.
Arriba los esperaba ese espectáculo que la tarde reparte sin cobrar: colinas boscosas hasta donde alcanzaba la vista, aves planeando en los térmicos del atardecer y una brisa fresca que olía a monte húmedo. El sol se fue despacio, tiñendo el horizonte de dorado, mientras el grupo se quedaba quieto mirando — esa clase de quietud que solo ocurre cuando el paisaje le gana la partida a las palabras.
Bajo la palapa, con sombreros ladeados y bebidas en mano, los cuerpos encontraron la hamaca y las sillas de madera. Después, el regreso a la Fundación Loros con la luna abriendo el camino, cerrando así uno de esos cumpleaños que no se miden en velas sino en kilómetros caminados y horizontes vistos.
Tres loros reales en el roble del aviario 4
Omar Enrique Berdugo no esperaba gran cosa cuando se acercó al bosquecito cerca del aviario 4. Pero ahí, posados sobre un roble que empezaba a soltar sus hojas viejas para estrenar otras nuevas, encontró tres loros reales en plena actividad. Los pájaros —de ese verde brillante que parece recién pintado— no parecían perturbarse por su presencia. Se movían tranquilos entre las ramas, y en varias ocasiones Omar los vio aparearse, prueba inequívoca de que la temporada reproductiva llegó a este rincón de la reserva.
Lo particular del hallazgo es la coincidencia de los tiempos: el roble mudaba su follaje justo cuando los loros elegían esa misma copa para sus encuentros. La escena quedó registrada en dos videos que Omar tuvo el tino de grabar antes de que los tres individuos volvieran a perderse entre el verde del bosque. Una mañana ordinaria en la Fundación Loros que, de repente, no lo fue tanto.
Omar estaba quieto cuando las vio llegar. Ocho guacharacas —Ortalis sp.— bajaron al sector marcado en el mapa como 10.4474309, -75.2619654, y se instalaron sin mayor ceremonia entre los frutos y las flores de uvita. Comían con esa familiaridad tranquila que tienen los animales cuando saben que nadie los va a molestar: picando aquí, moviéndose allá, sin prisa.
Mientras las guacharacas dominaban la escena, un carpintero solitario encontró su propio festín un poco más allá: una papaya madura que no dejó pasar. Omar lo grabó todo en video, ese tipo de registro silencioso que vale más que cualquier descripción.
Lo que documentó ese lunes en la tarde es lo que ocurre cuando el santuario funciona como debe: animales silvestres forrajeando libremente, aprovechando lo que el paisaje les ofrece. La uvita en flor y fruto al mismo tiempo, una papaya en su punto justo, y la fauna de la Fundación Loros haciendo de las suyas.
Tres goleros predicando junto al lago
A las tres y cuarto de la tarde, Omar Enrique Berdugo Cabeza los encontró donde el lago 1 abre sus aguas entre la vegetación. Eran tres goleros —Coragyps atratus— con las alas extendidas hacia el sol, inmóviles, como si sostuvieran el cielo con los brazos. Lo que la ciencia llama termorregulación, Omar lo vivió distinto: sintió que esas aves negras y solemnes le predicaban algo, que había en ese gesto una especie de señal para seguir adelante por el camino.
Y quizás las dos cosas puedan ser ciertas al mismo tiempo. Los goleros abren las alas para calentarse y secar las plumas después de la noche, pero también es difícil ver ese ritual sin que algo se mueva adentro. Omar los observó hasta que terminaron, hasta que plegaron las alas con calma y se fueron. Entonces él también siguió su recorrido, con esa sensación rara y buena que dejan los encuentros que uno no estaba buscando.
Cosecha en Vista Hermosa para el aviario
Ayer por la tarde, Omar regresó al santuario con una canasta rebosante: mangos verdes, pomelos redondos y torombolo —esa fruta estrella de cinco puntas que brilla como si la hubieran tallado— recién cortados en la finca Vista Hermosa, donde Nilson cuida la tierra y conoce cada árbol por nombre.
La recolección fue sencilla pero precisa. Omar recorrió los cultivos de Nilson buscando lo que estuviera listo, lo que pudiera viajar bien hasta el santuario. El maracuyá no apareció esta vez —la cosecha no siempre da lo que uno espera— pero el mango y el torombolo llenaron la canasta con colores que van del verde profundo al amarillo translúcido.
Esa fruta llegará mañana a los comederos de los loros y guacamayos del santuario de la Fundación Loros. Ellos no saben de dónde viene, pero reconocen al instante el olor del mango maduro y el sabor ácido de la carambola. Para ellos, es simplemente el desayuno. Para nosotros, es el resultado de un trabajo callado entre dos cuidadores y una finca que abre sus puertas.
Esa mañana en Finca El Paraíso, Carlos Andrés Matas Contreras andaba solo por el monte cuando un movimiento entre las ramas le llamó la atención. Eran seis monos tití —los contó uno por uno— desplazándose con esa agilidad nerviosa que los caracteriza, saltando de árbol en árbol como si el bosque fuera suyo, que en cierta forma lo es.
Pero el verdadero hallazgo del día fue una ceiba que parecía haberlos convocado a todos. Ahí mismo, en ese mismo punto del GPS que Carlos Andrés fue enviando antes de poder explicar lo que veía, tres iguanas reposaban sobre las ramas con la calma de quien lleva siglos en el mismo lugar. Y más cerca del tronco, dos trepadores de troncos subían y bajaban buscando insectos entre la corteza, ajenos al registro que se estaba haciendo de ellos.
Todo ocurrió en un solo instante y en un solo lugar: titís, iguanas y trepadores compartiendo la sombra de una ceiba en El Paraíso. Carlos Andrés alcanzó a sacar el video antes de que cada quien siguiera su camino.
Ecos del campo
⭐ Hito histórico
Evento: 5 de marzo de 2019
El principio de todo
En 2019, Rosángela recibió en el apartamento un polluelo verde y amarillo en una caja de cartón. Lo había conseguido en el mercado de Bazurto, donde alguien se lo ofreció sin más, y ella lo aceptó sin saber que la tenencia de un loro amazónico era ilegal en Colombia. Su novio, Alejandro Rigatuso, ciudadano argentino que llevaba un tiempo viviendo en la ciudad, lo recibió sorprendido, como un regalo se su novia.
Lo que siguió fue pura improvisación: un aparato de gimansia turquesa como cuna, una jeringa y una cuchara como instrumentos de cría, e internet como único veterinario disponible. Alejandro leía, intentaba, ajustaba. El pichón crecía despacio, con plumas que iban cubriendo el plumón gris, los ojos cada vez más despiertos.
Beethoven fue el primero —aunque en los registros de la Fundación Loros figure como el número 15. Esa paradoja dice todo sobre cómo empiezan las cosas importantes: sin protocolo, sin nombre, sin que nadie sepa todavía que ese momento va a importar. Un regalo inesperado en un apartamento del barrio El Cabrero, y la urgencia de devolver ese pequeño cuerpo verde a donde pertenecía.
De la tierra al plato, con sazón costeño
En Fundación Loros recibimos a nuestros visitantes con el corazón y con el sabor de esta tierra caribeña. Antes de que los loros vuelen sobre sus cabezas y el verde del santuario los envuelva, los recibimos con una bandeja tendida sobre hoja de plátano: patacones crujientes, yuca frita, queso blanco en cubos, hogao y sus salsas. Todo cosechado aquí mismo, en estas 520 hectáreas, sin un solo preservativo de por medio. De la mata al fogón, del fogón a la mesa.
Detrás de cada bandeja están Angélica y Zaida, dos costeñas de pura cepa que cocinan con ese sazón que no se aprende en ningún libro. Hay algo que ellas le ponen a la comida — paciencia, cariño, orgullo caribeño — que los visitantes sienten aunque no sepan nombrarlo. Queremos que quien llegue a Fundación Loros se enamore de nosotros no solo por los loros, sino también por este pedacito de costa que les servimos caliente en el primer sorbo de bienvenida.
En la entrada de la finca El Paraíso, un roble viejo tiene la costumbre de recibir a los visitantes de la única manera que sabe: vaciándose entero sobre el camino. Sus flores rosadas cubren la tierra desde el primer paso, y el sendero deja de ser sendero para convertirse en algo que Angélica Cecilia llama, con toda la razón, su alfombra rosada.
No hay aquí una bienvenida que se anuncie. Llega sola, suave, como llega la brisa que baja del estanque donde los árboles florecidos se miran en el agua verde. Las buganvilias arden en fucsia y morado a los lados del camino, y todo junto —el color, el olor a tierra húmeda, el roce del viento en la cara— produce en quien entra una sensación difícil de explicar pero fácil de reconocer: la de haber llegado a algún lugar que lo esperaba.
Esa es la magia del santuario. No se anuncia, no se busca. Está ahí desde siempre, guardada entre los pétalos del roble y el reflejo quieto del estanque, esperando a cada visitante que se atreva a cruzar el umbral de El Paraíso.