La ardilla, el rocío y el loro que aprende a callar
Esa mañana, Omar Enrique Berdugo Cabeza recorrió el santuario con un grupo de visitantes que dejaron sus nombres en el olvido pero se llevaron algo más duradero: la imagen de los loros verdes sobrevolando los sectores B12, B11 y B07, posándose cerca, sin miedo, como si llevaran toda la vida esperando compañía. Fue entre ese vuelo y ese asombro cuando apareció, discreta, una ardilla silvestre bebiendo el rocío que la madrugada había dejado dormido sobre las hojas de plátano — uno de esos instantes que el santuario regala sin avisar.
Más adelante, en los aviarios 1 y 4, las guacamayas ya estaban en lo suyo: pimentón, cacahuate, papaya, banano y girasol, el desayuno de siempre, disfrutado con esa solemnidad colorida que solo ellas tienen. Pero fue en el aviario 3 donde la mañana guardó su momento más silencioso. El loro real emitía sonidos imitativos — esa costumbre tan humana que en él suena a trampa — y el equipo, fiel al protocolo, respondió con silencio. Porque aquí la meta no es que el loro aprenda a hablar como nosotros, sino que olvide cómo hacerlo, para que el día que cruce la cerca hacia el monte, vuele libre de todo lo que le enseñamos.