Dieciocho guacamayas y el sueño de las letras inmensas
Con el primer calor de la mañana y el sonido de las campanas, llegaron dieciocho guacamayas al comedero. Llegaron como siempre llegan ellas: con escándalo y color, con ese verde y rojo que parece inventado. Unas se duchaban bajo el chorro, sacudiendo las plumas con evidente placer. Otras bebían despacio, como si el agua fuera un asunto serio. Las que ya habían terminado su baño estiraban las alas al sol, y las más vigilantes permanecían erguidas, los ojos fijos en el cielo, atentas a cualquier sombra que cruzara demasiado rápido.
En un momento, la alerta se corrió entre todas sin que nadie hablara: algún depredador pasó por el horizonte y el grupo cerró filas, compacto y silencioso, con ese instinto que no se aprende sino que se lleva adentro. Duró lo que dura un susto. Luego, el bullicio volvió.
Todo ocurrió en el sector donde Omar, guardián de esta reserva de 520 hectáreas, sueña con instalar unas letras inmensas que proclamen el nombre que él ya le tiene puesto al lugar: Santuario de la Libertad. Ese nombre todavía no está en ningún mapa, pero esta mañana, con dieciocho guacamayas viviendo a su manera, ya parecía completamente verdadero.