Los patos y el peligro bajo el agua
Hay una rutina silenciosa que se repite cada día junto al lago de la reserva: Omar Enrique Berdugo Cabeza se acerca a la orilla y lanza el llamado de siempre. Los patos lo reconocen al instante — se mueven en grupo, con esa mezcla de confianza y apuro que tienen los animales que ya saben lo que viene — y se acercan a consumir su alimento bajo la tarde calurosa de Cartagena.
Lo que sigue es la parte más hermosa y más tensa al mismo tiempo. Terminada la comida, los patos se meten al lago a beber agua fresca, y el ambiente cambia sin que nadie lo anuncie. En esas mismas aguas oscuras viven las babillas, quietas, pacientes, casi invisibles entre el reflejo del cielo. Los patos lo saben, o al menos lo intuyen: se mueven cerca de la orilla, atentos, sin alejarse demasiado.
Es una escena de lo más cotidiana en la reserva, pero cargada de esa tensión suave que tiene la vida silvestre cuando se muestra sin adornos: la belleza del lago, los patos saciados, y debajo del agua, el recordatorio de que aquí la naturaleza lleva sus propias reglas.