Siete huevos esperando en la paja
Cuando el sol apenas rozaba el techo de la corrala, Lorena ya estaba adentro con el primer turno del día. Las gallinas la esperaban impacientes: marrones, blancas, negras y algunas moteadas que captaban los primeros rayos como si fueran suyas. Los comederos se llenaron y todas se lanzaron a picotear con ese desorden feliz que tienen las aves de corral por las mañanas. Atrás, quieto y serio, el gallo vigilaba sin comer.
A las cinco de la tarde, antes de que el calor cediera del todo, llegó la segunda ronda. Lorena preparó la ración y se asomó al nido antes de servir: siete huevos de tonos beige y marrón claro, acomodados sobre paja seca dentro de una caja de madera en el gallinero rústico. La gallina madre no estaba, pero el nido se veía intacto, protegido. Según el registro del día, en unos veinte días esos huevos tendrán algo que decir. Por ahora, duermen tranquilos mientras afuera las gallinas terminan el día alrededor de los comederos, igual de animadas que en la mañana.