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Sombra abre el camino entre la hojarasca

El jueves Corina salió a caballo con dos turistas por los senderos de tierra de la reserva. Iba adelante Sombra, un caballo de pelaje oscuro con bridas rosadas, marcando el paso entre la vegetación tupida del santuario. Los acompañó todo el trayecto un perro de pelaje dorado que se coló en el recorrido como si siempre hubiera formado parte del equipo. Mientras la cabalgata avanzaba por los senderos, cerca del camino rural que bordea la reserva, las hijas de Alberto se afanaban rastrillando hojas secas con herramientas naranja, manteniéndolo despejado y transitable. Alberto es el jefe de los trabajadores del santuario, y ese día sus hijas pusieron el hombro sin que nadie se los pidiera dos veces. Fue una jornada ordinaria en la reserva — de esas que no tienen un hecho extraordinario para contar, pero sí tienen esa textura tranquila del trabajo bien hecho: la guía, los visitantes, el caballo, el perro, las niñas con los rastrillos y la tierra roja del sendero bajo un cielo que amenazaba lluvia.
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