El guayacán que florece solo
José Marín andaba por los potreros de la Fundación cuando lo vio: un guayacán reventado de amarillo en medio de la tarde nublada. Handroanthus chrysanthus, con sus flores de color sol y el tronco gris abierto en brazos, dominaba el paisaje como si fuera el único árbol que tuviera algo que decir ese lunes de abril.
Lo que hace especial el registro no es solo el árbol en flor, sino lo que está delante de él: un palo seco, sin una sola hoja, con las ramas desnudas apuntando al cielo encapotado. El contraste es casi deliberado — como si la reserva pusiera los dos tiempos del bosque frente a frente, el que descansa y el que celebra, y dejara al que mira decidir cuál es cuál.
El guayacán florece sin anuncio, sin lluvia que lo convoque ni fecha en el calendario. Aparece así, de golpe, cuando a él se le da la gana. Y José estuvo ahí para verlo.