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La poza que guarda memoria y nidos

Omar Enrique Berdugo Cabeza salió esa mañana rumbo a su labor cuando decidió dar un rodeo por el Arroyo de los Guardianes. Antes de ver nada, lo primero fue el sonido: cantos de aves que se abrían entre los árboles como si el santuario estuviera despertando a su propio ritmo. Más adelante, unas flores salpicaban el sendero con color, y Omar siguió caminando hasta que el camino lo llevó adonde tarde o temprano lleva a todos: la Poza de los Borrachos, ese lago que todavía carga en su nombre las historias de los campesinos que venían a refrescarse después de una parranda, y de las mujeres que llegaban con sus bateas en la cabeza, hacían una pelota de jabón de perro y golpeaban la ropa con el manduco hasta sacarle el sucio, para luego abrirla a secar en la orilla. Cuando el sol empezó a alumbrar el agua esa mañana, Omar se acercó despacio a unos nidos que encontró entre la vegetación del lago. Un ave lo encaró de inmediato — sin atacar, pero sin ceder — con ese lenguaje que no necesita palabras: este nido es mío. Omar reconoció en ella el parecido con una tiamaría y se retiró con respeto. De regreso hacia su punto de trabajo, el cierre lo pusieron unas pollonetas, cantando alegres como si quisieran rematar la jornada con música.
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