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Camino hacia la Libertad

Bitácora de Fundación Loros


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El bebe humo ronda el cerro Peligro

Maicol andaba por la zona de liberación de aras, cerca del cerro Peligro, cuando lo vio: un gavilán sabanero posado con esa calma que tienen los que saben exactamente lo que hacen. El *Buteogallus meridionalis* —bebe humo, como lo llaman por estos lados— es un cazador de oportunidades. Cuando el fuego pasa por la sabana y los lagartos corren despavoridos, él ya está ahí, esperando en el borde de las llamas. No necesita perseguir nada; solo tiene que saber leer el humo. El avistamiento quedó registrado en video: las alas amplias, el pecho rufo, esa mirada que no anuncia apuro. Maicol fue claro: este gavilán no le pone el ojo a las aves de la reserva. Sus intereses están en el suelo, con los lagartos que se escabullen entre la maleza. Por eso su presencia en la zona de liberación de aras es una buena señal —un depredador que encaja, que cumple su rol sin alterar lo que el santuario está construyendo poco a poco entre ese cerro y el cielo abierto.

La rapaz que despertó el punto de liberación

Esta tarde, en el punto de liberación de aras, el silencio fue interrumpido por algo inesperado. Las guacamayas que rondaban el sector comenzaron a vocalizar con urgencia, ese grito estridente que no deja lugar a dudas: algo las tenía en alerta. Alberto levantó la mirada y la encontró —una silueta oscura, amplia, cortando el cielo a grandes batidas—. Una rapaz, águila o halcón, sobrevolando el lugar como si el territorio le perteneciera. Bastó que el ave cruzara el aire para que las aras se dispersaran de golpe. Todas. En un instante pasaron de volar inquietas y chillando a desaparecer del horizonte, espantadas por ese instinto que ningún cautiverio borra del todo. Alberto alcanzó a grabar dos videos del evento antes de que la rapaz también se perdiera entre los árboles. La especie exacta está por confirmarse —los videos serán clave para identificarla—, pero lo que quedó claro es que el punto de liberación es un espacio vivo, donde las aras no solo aprenden a volar libre, sino también a leer el cielo con los ojos bien abiertos.

El banano y el secreto adentro del mango

Pasadas las cuatro de la mañana del 11 de abril, Omar recorría los aviarios 1, 2, 3 y 4 de la Fundación Loros con la canasta de frutas del día. Naranja, piña, banano, mango — la rutina de siempre — pero las aves siempre encuentran la manera de sorprender. Las guacamayas fueron directas al banano, sin dudar, dejando las demás frutas para después. Los loros de cabeza azul (Pionus menstruus), en cambio, se inclinaron por la naranja y la piña: frutas con jugo, frescas, que se deshacen entre el pico. Pero la observación más llamativa fue la de los loros amazónicos, entre ellos el individuo marcado con el anillo verde B181. No se conformaron con la pulpa del mango. Con paciencia y precisión trabajaron la pepa hasta abrirla y comerse lo que hay adentro — una semilla rica en grasas que en vida silvestre sería un premio difícil de conseguir. Es el tipo de comportamiento que recuerda por qué el camino de vuelta a la selva se construye despacio, día a día, fruta por fruta.
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La B29 y el bebedero bajo la sombra

El domingo 29 de marzo, a las siete y media de la mañana, la guacamaya B29 apareció sola entre las ramas de un árbol de almendra. Estaba tranquila, como quien no tiene apuro de nada, mientras algunos visitantes la fotografiaban desde abajo. Esa quietud de las primeras horas, cuando todavía el calor no aprieta, es de las pocas cosas que se dan gratis en el campo. Más tarde, Omar Enrique Berdugo Cabeza se dirigió al árbol de Uvita para hacer lo que hace siempre: revisar el bebedero que él mismo instaló y rellenarlo con agua limpia y fresca. No es un gesto espectacular, pero sí es uno de esos cuidados silenciosos que sostienen el trabajo en la reserva. Omar se aseguró de que el recipiente quedara bien bajo la sombra, porque en estas tierras cerca de Cartagena el sol castiga duro y el agua tibia no le sirve a nadie. La B29 estuvo sola durante todo el avistamiento. Sin compañía aparente, pero con agua fresca esperándola en la Uvita.

Las dejas y el nido que se caía a pedazos

El viernes 3 de abril, a las cuatro y media de la tarde, Omar Enrique Berdugo Cabeza recorría el aviario 1 cuando algo llamó su atención: una pareja de dejas tenía su nido en pésimo estado, una caja de madera con un agujero por donde los huevitos se escurrían hacia el vacío. No hacía falta pensarlo mucho. Había que actuar. Omar les consiguió conchas de coco para que tuvieran dónde apoyar los huevos con seguridad, y reemplazó el nido deteriorado por uno en mejores condiciones. Pero las dejas no lo recibieron con entusiasmo. Al principio se quedaron ahí, suspicaces, mirando el nido nuevo como quien mira a un desconocido que llegó a su casa sin avisar. No querían entrar. Estaban maliciosas, como dice Omar. La confianza, sin embargo, llegó despacio, como llega casi todo lo que vale la pena. Con el paso de las horas, la pareja fue acercándose, explorando, y al final aceptó el cambio. Hoy están adentro, tranquilas, con sus huevitos a salvo. Una historia pequeña del aviario 1 que empezó con un agujero en la madera y terminó bien.

Las abejas que confundieron semillas con flores

En el sector de pie de monte, José Marín se detuvo ante algo que a primera vista parecía una flor: una masa blanca, sedosa, luminosa entre el verde de la vegetación. Pero no era una flor. Era un grupo de semillas listas para volar, con esos filamentos algodonosos que las plantas de la familia Apocynaceae —como confirmarían después Michel Salas y Jorge Alcalá— usan para entregarse al viento. Una estrategia vieja, elegante, silenciosa. Lo curioso fue lo que vino después: las abejas. Se acercaron a esa estructura esponjosa con la misma determinación con que visitan una corola en plena floración. Fue José quien notó el detalle y lo aclaró de inmediato: no es una flor, son semillas. Pero las abejas, al parecer, no distinguieron la diferencia, o simplemente no les importó. Ese malentendido entre insecto y planta quedó registrado en foto y video desde el campo, con poca señal pero con buen ojo. No siempre hace falta saber el nombre de lo que se ve para reconocer que algo vale la pena. Esta vez, la rareza estaba justo ahí, en el pie de monte, esperando que alguien se detuviera a mirarla.
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Un búho, un perezoso y el bosque que los recibió

Ayer por la tarde, Marcela y Alberto salieron al bosque acompañados del EPA y de Cardique con jaulas, cajas y la certeza de que había animales que devolverle al monte. La jornada de liberación reunió a un búho joven de plumaje marrón y ojos enormes que miraba el mundo como si aún no terminara de creerlo, una tangara azul-gris con ese color de cielo despejado que tienen pocas cosas vivas, y un picogrueso pechorrojo que llevaba en el pecho una mancha roja como brasa. Cada uno salió de su jaula con la calma o el vértigo propio de cada especie. El momento más lento lo puso el perezoso de tres dedos. Con sus garras largas y su tiempo propio, trepó por el tronco de un árbol del sotobosque como si acabara de despertar de un sueño muy largo — que, en cierta forma, era exactamente lo que había pasado. El camuflaje del equipo se perdía entre las lianas y las hojas anchas mientras las aves encontraban ramas y los mamíferos encontraban su ritmo. La articulación entre la Fundación y las autoridades ambientales hizo posible que ese bosque tropical denso y húmedo volviera a tener, por lo menos, tres animales más que le pertenecen. El personal de la Fundación notó que varias aves llegaron con sed, el pico seco, los ojos alerta. La liberación fue rápida — el tipo que los técnicos llaman "dura": sin preacondicionamiento, sin el período de adaptación gradual que permite a un animal recalibrar su instinto antes de volver al monte. La Fundación abre sus puertas a las autoridades competentes cuando llegan con fauna decomisada, porque alguien tiene que recibirla. Pero lo ocurrido ese martes queda registrado como una observación institucional: la urgencia no siempre es aliada del bienestar.
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Nueve especies, una tarde apresurada

El martes llegaron al predio de la Fundación Loros funcionarios del EPA de Cartagena y de Cardique con jaulas, cajas y prisa. La lista era larga: iguanas, morrocoy, chau chau, papayero, azulejo, degollados, pigua, perezoso, boas y un cardinal pechirojo de pecho escarlata que miraba desde su jaula de madera con una calma que contrastaba con el ajetreo a su alrededor. El bosque los recibió a todos, sin el tiempo que cada animal merecía. El personal de la Fundación notó que varias aves llegaron con sed, el pico seco, los ojos alerta. La liberación fue rápida — el tipo que los técnicos llaman "dura": sin preacondicionamiento, sin el período de adaptación gradual que permite a un animal recalibrar su instinto antes de volver al monte. La Fundación abre sus puertas a las autoridades competentes cuando llegan con fauna decomisada, porque alguien tiene que recibirla. Pero lo ocurrido ese martes queda registrado como una observación institucional: la urgencia no siempre es aliada del bienestar. El cardinal pechirojo fue el último en salir de su jaula. Por un momento se quedó quieto en el borde, como midiendo el aire. Luego desapareció entre el follaje verde y denso del bosque, que a esa hora de la tarde olía a tierra húmeda y a algo que no tiene nombre fácil — algo parecido a la libertad, aunque llegara sin la preparación que debió haberla precedido.
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Primer día de un ternero en Vista Hermosa

El 6 de abril, en el corral de Vista Hermosa, una vaca girolanda de pelaje negro parió un ternero café rojizo con la cabeza blanca. El recién nacido apenas encontraba el equilibrio sobre sus patas temblorosas cuando Nilson notó lo que no debía pasar por alto: una pequeña infección en el ombligo, ese hilo delgado entre la vida dentro y la vida afuera. Sin demora, Nilson hizo la curación y aplicó antibiótico, analgésico y antiinflamatorio. Las fotos del atardecer —tomadas a las 5:28 de la tarde— muestran al ternero junto a su madre, el pelaje todavía húmedo del parto, la cerca de madera al fondo y los árboles cerrando el horizonte verde. Una escena tan antigua como la ganadería misma, pero con un detalle nuevo: alguien estuvo mirando de cerca. Para el final del día, el ternero ya estaba mejor.
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El guayacán que florece solo

José Marín andaba por los potreros de la Fundación cuando lo vio: un guayacán reventado de amarillo en medio de la tarde nublada. Handroanthus chrysanthus, con sus flores de color sol y el tronco gris abierto en brazos, dominaba el paisaje como si fuera el único árbol que tuviera algo que decir ese lunes de abril. Lo que hace especial el registro no es solo el árbol en flor, sino lo que está delante de él: un palo seco, sin una sola hoja, con las ramas desnudas apuntando al cielo encapotado. El contraste es casi deliberado — como si la reserva pusiera los dos tiempos del bosque frente a frente, el que descansa y el que celebra, y dejara al que mira decidir cuál es cuál. El guayacán florece sin anuncio, sin lluvia que lo convoque ni fecha en el calendario. Aparece así, de golpe, cuando a él se le da la gana. Y José estuvo ahí para verlo.
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La trepadora rosa que nadie sabe nombrar

José Marín la encontró sin buscarla, como suelen aparecer las cosas más hermosas en el campo. Una trepadora enredada entre la vegetación baja, con flores rosa-púrpura de centro blanco que abrían junto a capullos verdes todavía cerrados, como si la planta mostrara su historia completa en un solo vistazo. Las hojas, grandes y brillantes, captaban la luz de la tarde con una intensidad que hacía difícil pasar de largo. Está en las coordenadas 10.4459413, -75.2642093, dentro de la reserva, y por sus flores tubulares podría pertenecer a la familia Bignoniáceas, aunque eso está por confirmarse. En campo no fue posible ponerle nombre, y quizás eso es lo más honesto que puede hacer un observador: registrar lo que ve sin inventarse certezas. La foto quedó, la ubicación quedó, y ahora le toca el turno a quienes saben de botánica. Mientras tanto, esa trepadora sigue floreciendo sin que le importe si tiene nombre o no.
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La gallineta y el túnel de hojas

Ese lunes de abril, José Marín caminaba por uno de los senderos más tupidos de la reserva cuando la encontró: una gallineta solitaria, quieta entre la hojarasca, como si fuera parte del suelo mismo. El corredor boscoso formaba a su alrededor una bóveda cerrada de ramas y follaje verde, de esas que solo dejan pasar el sol en hilos finos que se pierden al fondo del camino. El ave estaba sola. Sin compañía, sin prisa, sin registrar mayor perturbación ante la presencia del observador. José alcanzó a grabarla en video antes de que se perdiera entre la vegetación densa, y la foto que quedó del lugar lo dice todo: tierra húmeda, hojas caídas, silencio. El tipo de escena que uno encuentra cuando el bosque lleva tiempo recuperándose sin que nadie lo moleste. Fue un avistamiento breve, casi discreto. Pero en una reserva donde cada especie cuenta su propia historia sobre el estado del monte, ver una gallineta tranquila en ese sendero es una buena señal de que algo está funcionando bien por allá adentro.
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Cheja cedió el turno y la ardilla llegó

José Marín estaba solo esa mañana cuando decidió dejarle un mango a la ardilla. Pero antes de que ella apareciera, llegó Cheja —una de las guacamayas de la reserva— atraída quizás por el color o el olor de la fruta madura. Se acercó, la examinó a su manera, y algo en ella supo que ese alimento no era para sus picos. Sin drama ni forcejeo, dio media vuelta y se fue. Unos minutos después, la ardilla tomó lo que le correspondía y se quedó con el mango sin contratiempos. Todo quedó en video. Más adelante, a pocos metros de distancia, José encontró una cría de ave en aparente buen estado. No había señales de herida ni de angustia: estaba saludable, según su propio juicio de campo. También eso quedó grabado. Fue un día tranquilo en la reserva —sin urgencias ni emergencias—, de esos en que la vida silvestre simplemente sigue su curso y uno solo tiene que estar ahí para verla pasar.
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