En el piedemonte del santuario, José Marín alcanzó a sacar el celular a tiempo. Lo que grabó no se ve todos los días: una tayra trepando con decisión por el tronco de una ceiba, derecho hacia un nido de búho. Arriba, en las ramas, los chao chao ya estaban pitando — ese pitido nervioso y repetido que la semana pasada también sonó cuando una víbora patoco andaba cerca de Carlos. Ellos avisan así, en grupo, cuando algo no está bien.
La tayra llegó al nido sin titubear. Lanzó al polluelo al piso. El pequeño no sobrevivió la caída. No sabemos qué especie de búho era — eso quedará sin respuesta por ahora — pero el registro quedó en dos videos que José tuvo la fortuna de capturar en el momento exacto.
Lo que más llama la atención no es solo la predación, sino la cadena de señales que la rodeó: los chao chao funcionando como un sistema de alarma compartido, alertando a quien supiera escuchar. En el piedemonte, la selva habla antes de que pase cualquier cosa.
Dos rojas en los aviarios del Cerro
Esta tarde Carlos Mata alzó la vista y las encontró ahí: dos guacamayas rojas silvestres, con todo su rojo encendido, rondando la zona de aviarios del Cerro donde viven los individuos del programa Ara. No venían de paso. Estaban cerca, en ese lugar donde la selva y los aviarios se tocan.
Nadie sabe con certeza qué las trajo. Quizás el llamado de sus congéneres en cautiverio, quizás la memoria del territorio. Lo que sí quedó registrado en video es que dos *Ara macao* libres eligieron ese rincón de los 520 hectáreas para posarse hoy, 5 de abril de 2026. Y eso, en el largo camino de un programa de liberación, no es poca cosa.
Diecisiete guacamayas y una cheja en los alrededores
La mañana del 2 de abril llegó con más color del esperado. En los alrededores del santuario, alguien contó diecisiete guacamayas y una cheja moviéndose por la zona — un avistamiento que no pasa desapercibido aunque el día esté ocupado en otras cosas. Alejandro lo registró al día siguiente, con la economía de palabras de quien sabe que los números hablan solos.
Dentro del aviario, dos guacamayas rojas (Ara macao) se tomaban su tiempo frente a las bandejas del desayuno: trozos de tomate, pepino, semillas de girasol. Detrás de la malla metálica, las buganvilias rosadas florecían como si también quisieran participar. Un poco más allá, en el área donde todavía se levantan los marcos de madera del nuevo recinto, dos guacamayas azul y amarillo (Ara ararauna) se habían instalado sobre una percha improvisada. Una de ellas abrió las alas de par en par bajo el sol de la mañana, sin apuro, como midiendo el espacio que tiene por delante.
La híbrida que no llegó al comedero
Ayer por la tarde estaba ahí, entre las escarlatas y las ararauna, moviéndose por el santuario con esa particularidad suya de no pertenecer del todo a ningún bando. Alberto la vio, como la había visto tantas otras veces, y no pensó más en ello. Pero cuando regresaron al caer el día, su lugar en las perchas estaba vacío. Esta mañana, las bandejas de sandía y papaya volvieron a llenarse de picos rojos y amarillos, y la híbrida —así la llamamos, sin nombre propio, como quien reconoce a alguien por su manera de caminar— no apareció.
Alberto recorrió los recintos y mandó las fotos: grupos de Ara macao disputándose las frutas, las ararauna alineadas sobre las vigas de madera con el cielo azul de fondo, todo en orden excepto ella. Siete fotografías, ninguna con la híbrida. El reporte llegó esta mañana del 3 de abril y ya lo tenemos en el radar. Si vuelve, lo sabremos.
Siete titis y una cría en el lago
Esta semana el Lago de los Titis guardaba un secreto que no tardó en revelarse. Blanca y sus compañeras, médicas mexicanas de visita en el santuario, se acercaron al espejo de agua cuando el grupo apareció entre las ramas: siete monos titis moviéndose despacio, con esa elegancia nerviosa que los caracteriza. Pero lo que hizo detenerse a las visitantes fue la cría, nacida apenas la semana pasada, aferrada al cuerpo de uno de los adultos como si el mundo entero dependiera de ese abrazo.
Blanca documentó el momento en cuatro videos que capturan al grupo familiar en su rutina tranquila, ajenos casi por completo a los ojos que los observaban desde la orilla. Las imágenes quedan en el registro del santuario como prueba de que el grupo sigue adelante, que nació una vida nueva, y que a veces los mejores testigos de eso llegan desde muy lejos sin haberlo planeado.
Un pelao de pie en Vista Hermosa
Cuando Nilson llegó al corral esa noche, el trabajo ya estaba hecho. Ahí estaba el recién nacido — todavía húmedo, las patas temblorosas pero firmes sobre la tierra —, y la madre, marrón y blanca, comiendo tranquila mientras lo lamía con esa calma que solo tienen las vacas que saben que todo salió bien. Era macho, y ya estaba de pie. En Vista Hermosa, eso es todo lo que uno necesita ver.
Detrás de ellos, la cerca de madera rústica y las matas de plátano cerraban la escena como si el trópico mismo hubiera querido arropar al recién llegado. No hubo alarmas ni intervenciones — solo Nilson con su linterna, el sonido de la noche y ese ternero plantado en el mundo como si siempre hubiera sabido que iba a quedarse.
Siete titís y una cría en el Lago 2
Carlos Andrés Matas Contreras iba haciendo su recorrido por el sector Lago 2 de la Finca El Paraíso cuando los vio: siete titís cabeciblanco moviéndose entre las ramas con esa agilidad inquieta que los caracteriza. Entre ellos, una cría. El grupo se turnaba para acercarse al tronco habilitado como comedero, donde había sandía y mango cortados, y comían con calma mientras los demás esperaban en las ramas de arriba, sacudiendo las colas largas y oscuras contra el verde denso del bosque.
El tití cabeza blanca —Saguinus oedipus, con ese pelaje blanco brillante que parece una corona— es endémico del norte de Colombia y figura entre las especies en peligro crítico de extinción. Verlos así, siete juntos y con cría, usando activamente este rincón de bosque tropical, dice bastante sobre lo que está pasando en silencio entre los árboles de El Paraíso.
El mamoncillo viejo de Los Guardianes vuelve a cargar
En la Finca Los Guardianes hay un árbol de mamoncillo que lleva muchos años siendo testigo silencioso de la finca. Esta semana, Angélica Cecilia Mármol Venegas notó que sus ramas volvían a doblarse bajo el peso de los racimos: frutos verdes, apretados, brillantes como canicas recién pulidas. Era la señal de que la cosecha del *Melicoccus bijugatus* había comenzado.
Para las aves de la Fundación Loros, el mamoncillo no es solo alimento — es entretenimiento. Tienen que trabajárselo: manipularlo, abrirlo, extraer esa pulpa anaranjada y dulce que se esconde bajo la cáscara dura. Angélica lo sabe bien, y por eso llama al inicio de la cosecha un gran acontecimiento. Por ahora los frutos siguen en el árbol, terminando de soltarse, pero pronto llegarán a los aviarios.
Hay algo especial en ese árbol antiguo que ya es parte del paisaje de Los Guardianes — un árbol que ha visto pasar temporadas, manos y aves, y que cada año vuelve a cumplir.
Era su día de descanso, pero Omar Enrique Berdugo Cabeza no puede apagar el ojo de guardián que lleva adentro. Asomado a la terraza de su alojamiento, notó a un muchacho del sector con la mirada clavada hacia arriba, hacia los patios traseros. Siguió esa mirada y ahí estaba ella: la guacamaya B29, posada tranquila sobre una mata de plátano, ajena al alboroto que su sola presencia despertaba.
El muchacho quería saber si se la podían coger. Omar le explicó, con la calma del que sabe, que las guacamayas son libres — que se disfrutan con los ojos, no con las manos. El joven entendió enseguida, pero le entró otra preocupación: ¿y si alguien más la atrapa? Entonces Omar orientó al ave hacia los predios de la Fundación, y el muchacho, al verla alejarse en esa dirección, soltó un alivio: allá sí está segura, donde no la van a molestar.
En ese patio trasero, sin buscarlo, se dio una pequeña lección de convivencia. La B29 siguió su vuelo sin saberlo, y un joven del barrio aprendió a mirar diferente.
Tercer encuentro con el rey del cerro
Hay avistamientos que se anotan en la bitácora y hay otros que se clavan en la memoria. El rey gallinazo que Maicol encontró sobrevolando el cerro El Peligro una mañana reciente pertenece a la segunda categoría — y más aún porque no es la primera vez, ni la segunda, sino la tercera que lo ve planear sobre ese mismo punto. Sobre el cerro es habitual ver decenas, a veces cientos, de gallinazos comunes dibujando círculos lentos en el aire caliente, pero el Sarcoramphus papa — con su pecho blanco y las alas negras bien abiertas contra el cielo azul — es otra historia: un visitante escaso que parece guardarle cariño a ese cerro.
El recorrido de ese día empezó desde la finca El Paraíso y subió hasta el cerro El Peligro, por senderos rocosos bordeados de vegetación densa en ese momento particular en que el bosque todavía no sabe bien si es verano o invierno. En el camino, Maicol también encontró tres loros verdes posados en una rama — cola amarilla y naranja encendida entre el follaje —, una monjita carigris (Nonnula frontalis) con su ojo oscuro y brillante, una rapaz grande planeando en silencio, una ardilla rojiza trepando ágil, y las vainas abiertas de una leguminosa del género Ormosia mostrando sus semillas bicolores negro y blanco como pequeñas joyas silvestres. Un día completo.
La bonga blanca en el monte sediento
En algún rincón del monte seco de la reserva, donde la vegetación se aprieta en arbustos bajos y el suelo guarda el calor del mediodía, un tronco blanco se yergue por encima de todo. Es una bonga —ceibo, palo borracho, como quiera llamársele— y su corteza pálida contrasta con el azul sin piedad del cielo de abril. José Marín alcanzó a capturar la imagen antes de que la señal se cortara, y la foto tardó en llegar, como tantas noticias que viajan despacio desde los rincones más apartados de las 520 hectáreas.
El árbol está solo en su tamaño. A su alrededor, las ramas de los arbustos aparecen sin hojas, rendidas a la temporada seca, mientras él permanece de pie con esa quietud que tienen los árboles muy antiguos. No sabemos aún en qué sector exacto vive esta bonga, ni quién fue el primero en detenerse a mirarla. Esos detalles llegarán cuando la señal regrese. Por ahora, queda el registro de su presencia: un tronco blanco, un cielo azul y el silencio caliente del monte.
Sombra y silencio bajo el guásimo
En los últimos días de verano, cuando el sol aplasta el Valle Verde sin misericordia y el suelo se agrieta en silencio, Eder encontró esta imagen: un grupo de vacas y terneros arrimados bajo un guásimo, quietos, como si el árbol les hubiera dicho que ahí era el lugar.
El guásimo —Guazuma ulmifolia, uno de los árboles más generosos del paisaje caribeño— llevaba ahí mucho antes que el calor de esta temporada. Su copa ancha y su sombra tupida son, para el ganado de la región, lo más parecido a un refugio: no hay cerca, no hay techo, solo ese árbol que conoce bien su oficio. El terreno alrededor lo decía todo: seco, amarillento, con la vegetación dispersa y rendida ante el verano.
Eder capturó la escena sin intervenir. Los animales descansaban juntos, ajenos a la cámara, en esa calma pesada de las horas del mediodía. Una postal sencilla del Valle Verde que recuerda, de paso, por qué los árboles en potreros no son adorno.
José Marín caminaba por la reserva ese lunes cuando los tres venados aparecieron de golpe entre la vegetación. En cuanto lo sintieron, saltaron al monte con esa elegancia nerviosa que tienen — pero uno de ellos, quizás el más curioso o el más hambriento, dio media vuelta y regresó a seguir comiendo como si nada. José tuvo la calma de grabarlo todo, y ahí quedó: un venado pastando tranquilo en los alrededores del punto 10.4448616, a espaldas de quien lo observaba.
Unos minutos después, a escasos trescientos metros al noreste, tres tucanes cruzaron el cielo antes de posarse en un roble. Quietos sobre las ramas, con ese pico desproporcionado que parece una broma de la naturaleza, se dejaron ver el tiempo suficiente para que José levantara la cámara de nuevo. Dos videos, dos registros, una mañana de campo que no se veía venir.