Un piscinaso en el lago Valle Verde
Era una tarde calurosa en los predios de Los Guardianes cuando Jender Torres y su compañero Eder salían a caballo en su labor de siempre: arrear los terneros hacia el corral. El sol pegaba fuerte sobre las colinas verdes del municipio de Villanueva, y el cielo se abría despejado sobre ese paisaje de finca que uno reconoce de memoria por su calma y su olor a tierra y monte.
Fue entonces cuando, al pasar por las orillas del lago Valle Verde —cuerpo de agua bien conocido en el pueblo—, los dos vaqueros se toparon con la escena: dos vacas metidas hasta el pecho en el agua turbia, disfrutando sin afán de un refrescón propio de esas horas calientes. Atrás quedaba el resto del hato pastando tranquilo en la ladera. Jender y Eder siguieron la marcha sin interrumpir el momento; el trabajo no esperaba, y las vacas tampoco iban a salir por cuenta de nadie.
En Los Guardianes, las jornadas tienen esa mezcla de rutina y sorpresa que solo el campo sabe dar. A veces el ganado también pide su pausa.