La Vara Santa y sus guardias invisibles
En algún rincón del bosque de la Fundación Loros, entre troncos caídos y hojas secas que alfombran el suelo, Michel Salas se detuvo frente a una planta que no pasaba de las rodillas. Era una Vara Santa joven —Triplaris sp.—, con hojas verdes y brillantes como si acabaran de ser pulidas, nervaduras marcadas como ríos en un mapa, y un tallo de ese rojo morado que tienen las plantas cuando todavía están aprendiendo a crecer. A primera vista, una planta más en el sotobosque. Pero Michel miró con más cuidado.
Sobre el tallo y entre las hojas se movían hormigas con esa urgencia característica suya, sin pausa, sin destino aparente. No era casualidad: la Vara Santa y las hormigas llevan siglos en un trato silencioso. La planta les ofrece refugio dentro de sus tallos huecos; las hormigas, a cambio, la defienden. Y esa defensa tiene un valor concreto en este bosque: las flores de la Vara Santa son tan vistosas que sin sus guardianes, alguna mano las habría cortado hace rato.
Michel documentó el hallazgo con fotos y video antes de seguir camino. Una planta joven, unas hormigas trabajadoras y un pequeño pacto que lleva tiempo funcionando, ahí, en las coordenadas 10.4411, -75.2575.