Nacidas solas en el monte
Jorge Alcalá caminaba por el santuario cuando algo lo detuvo: entre las sombras del sotobosque caducifolio, sobre una alfombra de hojas secas y troncos desnudos, una planta joven arbustiva de hojas grandes y verde intenso había brotado sin que nadie la sembrara. Un poco más adelante, erguida entre la vegetación densa, una papaya silvestre —Carica papaya— extendía su corona de hojas lobuladas hacia el cielo azul de marzo, alta y delgada como si siempre hubiera sabido exactamente hacia dónde crecer.
Nadie las plantó. Nadie preparó la tierra para recibirlas. El suelo del santuario lo hizo solo, como lleva años aprendiendo a hacerlo. Las dos plantas, registradas en coordenadas GPS por Jorge, son señal de que el bosque tiene memoria propia: sabe cómo volver.