Voces entre los cultivadores nuevos
El miércoles al caer la tarde, José Marín caminaba por el área de los nuevos cultivadores cuando el aire se llenó de cantos que no esperaba. Primero llegaron las guacharacas con su alboroto inconfundible, ese coro ronco y festivo que rompe el silencio de la montaña; luego, entre los matorrales, el silbido más delicado de las tangaras azuladas, pájaros que llevan el color del cielo en las alas.
Que haya actividad de aves en esta zona —recién intervenida, aún encontrando su ritmo— dice algo importante: la vida no espera invitación. Las tangaras azuladas buscan frutos e insectos en los bordes de cultivo, y las guacharacas se mueven con la misma confianza de siempre, sin importarles mucho quién llegó primero. La presencia de ambas especies sugiere que, incluso en áreas de transición, la reserva sigue siendo un lugar donde la fauna se mueve con libertad.
José lo escuchó todo. A veces, en el campo, lo más valioso que uno puede hacer es quedarse quieto y prestar oído.