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Guacamayas en los ciruelos del vecindario

Alberto llegó al punto de liberación esa mañana con frutas frescas y semillas de girasol: papaya, limón, pepino, pimiento. Las plataformas de madera se llenaron pronto de color — azul eléctrico y amarillo encendido de las guacamayas azul y amarilla (Ara ararauna), y el rojo vivo de las escarlatas (Ara macao) — mientras los picos fuertes destrozaban los pedazos de fruta con esa familiaridad impaciente que tienen las guacamayas con la comida. Pero lo más importante de la jornada no ocurrió en los comederos. Alberto notó que varias de las aves habían salido a forrajear solas en los árboles frutales de los alrededores de la reserva. Los ciruelos (Spondias purpurea) están cargados estos días, y las guacamayas lo saben. Verlas moverse entre las ramas por cuenta propia, eligiendo sus frutos sin esperar la bandeja servida, es una de esas señales silenciosas que el equipo aprende a leer: las aves están encontrando su camino. Esta fructificación de los ciruelos también le permite a la Fundación rastrear los ciclos naturales de la vegetación del entorno — un dato que se irá volviendo más valioso a medida que las guacamayas dependan cada vez más de ese paisaje y menos de los comederos.
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