Un mosquito de testigo en el aviario
Hay momentos en el campo que no se planean ni se repiten. Omar Enrique Berdugo Cabeza estaba solo en el aviario N°2 cuando lo encontró: una pareja de guacamayas enredada en ese lenguaje lento y antiguo del cortejo, ese intercambio de miradas y roces que las aves practican sin apuro. Sacó el celular y empezó a grabar.
Fue entonces cuando apareció el mosquito. No llegó a molestar ni a interrumpir — llegó a flotar, con una calma que no le corresponde a un insecto de su tamaño. Sobrevolaba a la pareja con movimientos precisos, casi calculados, y Omar lo miró y pensó lo que cualquiera hubiera pensado: eso no parece un mosquito, parece un dron. Un testigo diminuto y zumbante que alguien hubiera mandado a documentar el momento.
Así es la naturaleza a veces: te da la escena que buscabas y de regalo te manda algo que no esperabas. Las guacamayas seguían en lo suyo, ajenas al observador y al intruso. Omar grabó todo, guardó silencio, y dejó que el aviario hiciera su trabajo.