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Noventa y siete litros al amanecer

Todavía era de madrugada cuando Eder, Nilson y Jender llegaron al corral del sector Guardianes de la Reserva. El suelo de tierra húmeda aún guardaba el frío de la noche, y las vacas — Brahman blancas, Gyr de lomo alto, y algunas que podrían ser Girolanda — se movían despacio entre las cercas de madera mientras los terneros cafés pegaban el hocico buscando su parte. Los tres encargados de la ganadería de la Fundación Loros se pusieron manos a la obra: balde en mano, el ordeño manual de siempre, el mismo de cada mañana. Al final de la jornada, la cuenta fue clara: 97 litros de leche. Todo se entregó a Juancho, comprador externo, sin que quedara nada para venta al público ese sábado. No hubo fanfarria ni registro especial — solo tres hombres, un hato y el trabajo callado que sostiene la vida en la reserva antes de que el resto del mundo despierte.
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