Un guásimo peleando en varios frentes
En Loma del Alcón, Michel Salas se paró debajo de un guásimo viejo y miró hacia arriba: el cielo azul se colaba entre las ramas con más facilidad de lo normal, porque el follaje escasea. Desde abajo se veía todo: el tronco grueso y rugoso lleno de cavidades abiertas por carpinteros o por insectos xilófagos, y enredada entre las ramas altas, la silueta inconfundible de una Loranthaceae —esa planta parásita que hunde sus raíces en la madera ajena y se queda.
El árbol, sin embargo, no ha dicho su última palabra. Algunas ramas conservan hojas verdes, una señal de que por dentro todavía circula algo de vida. Pero el panorama es el de un organismo bajo presión: la parásita aprovechando la copa, las cavidades debilitando el tronco, el follaje retrocediendo poco a poco. Michel tomó dos fotos, registró las coordenadas y dejó constancia del hallazgo. En Loma del Alcón queda marcado este guásimo —imponente todavía, resistiendo, pero claramente en tensión— para que el santuario sepa dónde está y pueda seguirle el pulso.