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Amor en los bongas, calor en el cajón

El 14 de marzo, Omar Enrique Berdugo Cabeza salió a recorrer el santuario y encontró que la vida tenía prisa. En la vegetación que rodea los árboles de bonga, unos chinches de color marrón-rojizo —posiblemente de la familia Rhopalidae o Coreidae— se apareaban sobre hojas llenas de los huecos que ellos mismos habían dejado al alimentarse. Y como si el bonga hubiera convocado a todos, en su copa más alta dos porfus hacían lo mismo: aparearse sin apuro, balanceándose en la brisa de media tarde. Más adentro, en el aviario, tres loritos habían encontrado refugio en un cajón de madera que el propio Omar construyó para protegerlos del frío y del sol fuerte. Ahí estaban los tres, quietos y acomodados, como quien conoce bien dónde quedarse cuando el día aprieta. Al llegar al lago dos, la tarde todavía tenía algo que mostrar: un morocollo y una polloneta se movían por el espejo de agua con esa calma que solo tienen las aves cuando sienten que nadie las apura. Omar los registró, cerró la bitácora y dejó que el santuario siguiera su ritmo.
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