Raaa raaa raaa en el Cerro Peligro
Había algo en el aire sobre el Cerro Peligro esa mañana. Omar Enrique Berdugo Cabeza lo supo antes de ver nada: un coro de alarma —raaa raaa raaa— que rompió el silencio del cerro con la claridad de quien lleva años leyendo ese lenguaje. Dieciocho guacamayas, dos chejas y dos loros miraban hacia arriba, tensos, siguiendo con los ojos algo que daba vueltas muy elevado en la cima.
Era un gavilán. Volaba en círculos anchos, sin prisa, pero no estaba solo. Lo acompañaban varios goleros, esas aves oscuras y pacientes que, según lo que Omar ha aprendido en el campo, se mezclan con los depredadores en el aire para despistar a sus posibles víctimas, sembrar confusión antes de que llegue el peligro real. Una estrategia vieja, silenciosa, que los loros de la reserva conocen bien.
El gavilán nunca atacó. Siguió girando y se alejó. Pero el grupo no bajó la guardia de inmediato —las vocalizaciones de alerta lo dicen todo: en el Cerro Peligro, las aves no dejan pasar nada sin nombrarlo.