El orejero que alimenta a todos
Omar Enrique Berdugo Cabeza andaba solo esa tarde del 5 de marzo cuando se detuvo cerca del tamarindo del sector de los guardianes. Ahí, en ese rincón conocido de la reserva, lo esperaba un orejero en plena floración y cargado de frutos: uno de esos árboles que en la Fundación Loros ya tienen historia propia. En los registros de la fundación hay imágenes de loros guacamallas disfrutando de sus semillas, aunque ese día Omar no alcanzó a capturar el momento — el árbol estaba ahí, generoso y callado, sin público visible.
Pero el orejero no es solo para los loros. Omar lo describe como un punto de encuentro para venados, ñeques y ganado, que lo frecuentan atraídos por sus frutos. Los propios guardianes de la fundación suelen pasar por allí, no solo a observar sino a descansar bajo su sombra, que en las horas más bravas del sol caribe se agradece como un favor.
Es ese tipo de árbol que sostiene muchas vidas sin hacer alboroto: da fruto, da sombra, da refugio, y sigue de pie mientras todo lo demás pasa a su alrededor.