El aguacero que despertó el lago
Omar Enrique Berdugo Cabeza llegó al Lago #1 justo cuando el cielo de la reserva terminaba de descargar su agua sobre todo. En las ramas del roble del nido, las guacamayas B29 y B127 sacudían las alas todavía mojadas, y adentro del árbol, acomodado en su nido como mochila colgada, dormitaba un torche que nadie esperaba encontrar ahí. Las tortugas, que en días secos prefieren el quieto fondo del lago, habían salido a explorar la orilla, comiendo la vegetación fresca y bebiendo el agua lluvia que corría entre las raíces.
Más adelante, en el aviario #2, los loros no se habían quedado atrás: se bañaban bajo los chorros que caían del techo, abriendo las alas y estirando el cuello con esa alegría particular que tienen cuando el calor y la lluvia llegan juntos. Y cerca del aviario #5, bajo la sombra quieta de un árbol de caucho, una ardilla había tomado posesión del comedero como si llevara años siendo suyo.
Fue uno de esos días en que llueve y todo en la reserva despierta al mismo tiempo.