Cuatro años entre los mismos ladrillos
En un rincón de la reserva donde las paredes de ladrillo rojo nunca terminaron de levantarse, la vida encontró su propio ritmo. José Marín lleva cuatro años notando lo mismo: cuando llega la temporada, los goleros vuelven. No a un árbol imponente ni a un peñasco lejano, sino a ese hueco quieto entre escombros, donde la tierra seca guarda hojas caídas y unas ramas silvestres crecen sin que nadie las haya sembrado.
Esta vez, como el año anterior, hay una sola cría. El polluelo —todavía vestido de negro sin el lustre del adulto— caminaba despacio sobre el suelo de tierra cuando José lo fotografió, ajeno al mundo de afuera, protegido por esas paredes inconclusas que para alguien más serían abandono y para él son hogar. El Coragyps atratus, que la gente llama golero o gallinazo, tiene fama de ave de mal agüero; pero hay algo terco y admirable en la forma en que esta familia regresa al mismo punto, temporada tras temporada, con una fidelidad que pocas criaturas demuestran.
Cuatro años es tiempo suficiente para llamarlo costumbre. O quizás algo más.