Piedra a piedra, el nombre del santuario
Ese domingo, sin que nadie se lo pidiera, Omar Enrique Berdugo Cabeza recogió piedras del jardín del santuario y empezó a acomodarlas sobre la tierra, una por una, dejándose llevar por la imaginación. Cuando terminó, el nombre de la Fundación Loros aparecía escrito en el suelo entre bugambilias rosadas y moradas, con la palapa de paja de fondo. Una idea que nadie le había sugerido, nacida sola en el medio de la tarde.
Después, la jornada siguió al aviario #2, donde los loros hicieron lo que mejor saben: contagiar. Hay algo en su bullicio y en sus colores que rompe la seriedad de cualquier visitante, y ese día no fue la excepción.
Al salir del aviario, el campo deparó una última sorpresa: dos morollos —esas palomas medianas de plumaje pardo que habitan los bordes del santuario— estaban en pleno cortejo. Una escena discreta y precisa, que Omar registró con calma. Dos aves, la primavera avanzando, y el ciclo siguiendo su curso entre los árboles de la reserva.