La alfombra rosada de El Paraíso
En la entrada de la finca El Paraíso, un roble viejo tiene la costumbre de recibir a los visitantes de la única manera que sabe: vaciándose entero sobre el camino. Sus flores rosadas cubren la tierra desde el primer paso, y el sendero deja de ser sendero para convertirse en algo que Angélica Cecilia llama, con toda la razón, su alfombra rosada.
No hay aquí una bienvenida que se anuncie. Llega sola, suave, como llega la brisa que baja del estanque donde los árboles florecidos se miran en el agua verde. Las buganvilias arden en fucsia y morado a los lados del camino, y todo junto —el color, el olor a tierra húmeda, el roce del viento en la cara— produce en quien entra una sensación difícil de explicar pero fácil de reconocer: la de haber llegado a algún lugar que lo esperaba.
Esa es la magia del santuario. No se anuncia, no se busca. Está ahí desde siempre, guardada entre los pétalos del roble y el reflejo quieto del estanque, esperando a cada visitante que se atreva a cruzar el umbral de El Paraíso.