Nueve especies, una tarde apresurada
El martes llegaron al predio de la Fundación Loros funcionarios del EPA de Cartagena y de Cardique con jaulas, cajas y prisa. La lista era larga: iguanas, morrocoy, chau chau, papayero, azulejo, degollados, pigua, perezoso, boas y un cardinal pechirojo de pecho escarlata que miraba desde su jaula de madera con una calma que contrastaba con el ajetreo a su alrededor. El bosque los recibió a todos, sin el tiempo que cada animal merecía.
El personal de la Fundación notó que varias aves llegaron con sed, el pico seco, los ojos alerta. La liberación fue rápida — el tipo que los técnicos llaman "dura": sin preacondicionamiento, sin el período de adaptación gradual que permite a un animal recalibrar su instinto antes de volver al monte. La Fundación abre sus puertas a las autoridades competentes cuando llegan con fauna decomisada, porque alguien tiene que recibirla. Pero lo ocurrido ese martes queda registrado como una observación institucional: la urgencia no siempre es aliada del bienestar.
El cardinal pechirojo fue el último en salir de su jaula. Por un momento se quedó quieto en el borde, como midiendo el aire. Luego desapareció entre el follaje verde y denso del bosque, que a esa hora de la tarde olía a tierra húmeda y a algo que no tiene nombre fácil — algo parecido a la libertad, aunque llegara sin la preparación que debió haberla precedido.