Escolta de guacamayas camino al cerro Peligro
Omar Enrique Berdugo Cabeza salió en cuatrimoto hacia el cerro Peligro con el alba todavía fresca, y los senderos lo recibieron como siempre: con el canto áspero y festivo de las guacharacas abriéndole paso entre la espesura. A mitad del camino, bajo una estructura de techo de paja junto a un tamarindo, lo detuvo un mural que no había visto antes. Lo había pintado Isabella (@Isabella_GM22), y en esa pared estaban dos perezosos y un tití de cabeza blanca —ese mono pequeño y raro que habita estas tierras— entre hojas tropicales de un verde tan intenso que parecían recién lavadas por la lluvia.
Más adelante, desde lo alto de un camajorú en una finca vecina, dos guacamayas lo escucharon pasar. Omar frenó la cuatrimoto. Ellas lo vieron. Bajaron un poco, se acomodaron en un árbol de bonga más cercano, y cuando él reanudó el camino y las llamó, lo siguieron. Volaron de árbol en árbol, ruidosas y confiadas, como si llevaran años reconociendo el sonido de ese motor y esa voz. Así lo acompañaron, sin alejarse, hasta que la cuatrimoto llegó al pie del cerro Peligro. Hay vínculos que no se explican del todo, solo se atestiguan.