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Sombra, ají y vacas en el sendero

El miércoles en la tarde, José Marín salió a recorrer uno de los predios de la Fundación en la zona rural cerca de Cartagena, donde el sol pega duro y el pasto lleva semanas sin agua. No tardó mucho en encontrar lo que andaba buscando: dos bovinos de color marrón rojizo, bien tranquilos, tumbados a la sombra de un árbol grande. Son animales de la Fundación, y estaban exactamente donde uno los esperaría en un día caluroso — quietos, pacientes, ajenos al mundo. Unos pasos más adelante, entre la vegetación seca y los árboles que bordean el sendero con sus flores rosadas, José se topó con una mata de ají picante silvestre cargada hasta los topes. Los frutos colgaban en todo su desorden: unos rojos y anaranjados, brillantes de maduros; otros morado oscuro, casi negros, en su propio tiempo. Una planta que nadie sembró, que creció sola en ese terreno árido y decidió florecer de todas formas. Fue un recorrido sin grandes novedades, de esos que sirven para confirmar que el predio está en orden. Pero a veces basta con eso — con dos vacas a la sombra y una mata de ají encendida en colores — para que un día de campo valga la pena contarse.
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