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El Loro 31 y su bosque en formación

Entre los aviarios #3 y #4 de la Fundación Loros hay un rincón que todavía huele a tierra recién removida y hojas jóvenes: el Bosquecito, así lo bautizó Alejandro, el fundador argentino que un día llegó a esta tierra caribeña con la idea de devolverles a las aves algo parecido a un hogar. El bosque apenas está aprendiendo a serlo, pero ya tiene habitante fijo: el Loro 31, un amazónico de verde brillante, manchas rojizas en las alas y un destello amarillo en la cabeza que lo delata desde lejos. Al cuello lleva su placa numerada, pequeña como una medalla ganada a pulso. Omar Enrique Berdugo Cabeza lo sabe bien, porque el 31 lo acompaña cada vez que Omar hace su ronda de alimentación por esa zona. No es que el loro espere la comida y ya — es que aparece, se posa cerca, observa. Como si los recorridos de Omar fueran también los suyos. Alejandro imaginó este sector con nidos artificiales para loros y guacamayas, un trabajo que avanza con monitoreos y liberaciones graduales, dejando que las aves encuentren solas el camino hacia una vida silvestre sostenible. El Loro 31, con su placa al cuello y su costumbre de andar libre entre los árboles nuevos, es hoy la prueba más viva de que ese camino existe.
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