Un tití recién nacido y un árbol para las guacamayas
Victoria y Rosa llegaron a la reserva con ganas de meterse de lleno, y el día les respondió. Con Alejandro y Carlos, recorrieron los aviarios desde temprano: prepararon el alimento de los loros, hicieron ejercicios de vuelo y se detuvieron a evaluar cómo va la rehabilitación de algunos individuos. El B177 todavía no despega — se mueve solo por las paredes del aviario 1 — y el B190 ya vuela, pero aún no domina el aterrizaje y choca contra la malla. Son los avances lentos, los que se miden en semanas, los que más importan. Los loros B11 y B12, en cambio, recibieron a las visitantes en el parque de niños con toda la confianza del mundo.
Durante el recorrido en el Can-Am, Carlos demostró tener ojos de halcón: en movimiento, fue identificando ardillas, iguanas, tortugas y, escondido en lo alto de un árbol, un coendú —el puercoespín arbóreo de estas selvas— tan camuflado entre las ramas que parecía parte del paisaje. En el lago de la ceiba, una hembra de tití se asomó entre los árboles con algo pequeñísimo aferrado al cuerpo: una cría nacida el día anterior. No bajó a los comederos. Se quedó a diez metros de altura y quince de distancia, observándonos con cautela, como debe ser. Happy, la perrita mestiza de la reserva, acompañó cada paso del recorrido. Al final, Victoria y Rosa tomaron una pala y sembraron un árbol en la zona donde las guacamayas aprenden a volar libres.