Un nogal argentino en caucho caribeño
Cerca del límite de la finca Piedemonte, donde la tierra de la Fundación Loros se despide antes de ceder paso a otro paisaje, hay un nogal que guarda una historia de viaje largo. Las semillas llegaron desde Argentina, cruzaron fronteras en algún bolsillo o maleta, y terminaron aquí, en la costa Caribe colombiana, plantadas dentro de un neumático viejo que ahora hace las veces de maceta.
Fueron Rosangela, Chiarita y Alejandro quienes lo sembraron. El árbol todavía es joven, casi frágil al ojo que no sabe mirar. Pero quien se agacha a observarlo bien ve los brotes nuevos asomando rojizos en la punta de las ramas, esa coloración que en las plantas es señal de que algo está funcionando, de que la vida sigue su curso sin pedir permiso.
El neumático no es decoración: es ingenio puro, la solución práctica de quienes trabajan con lo que tienen. Y ahí está el nogal, quieto entre la maleza y la luz del trópico, llevando en su madera joven la memoria de otro suelo y la promesa de echar raíces en este.