Carlos y Alberto, la fruta y el calendario del monte
Ese lunes de abril, Carlos y Alberto salieron al santuario con las canastas vacías y regresaron con tres sabores distintos de la temporada: mangos de piel verde y amarilla, ciruelas costeñas —esa *Spondias purpurea* que va del verde rabioso al rojo encendido en cuestión de días— y carambolas, las que por estos lados llaman torombolo o fruta estrella. Los árboles estaban cargados, con las ramas llenas de frutos en todos los estados de madurez a la vez, como si el monte no se pudiera decidir entre guardar o soltar.
La cosecha va directamente a la dieta de los loros de la Fundación, pero hay algo más que frutas en esos cajones plásticos: hay información. Cada foto registrada ese día es un dato fenológico, una anotación en el calendario invisible que el santuario lleva sobre sus propios árboles — cuándo florece, cuándo carga, cuándo hay abundancia y cuándo hay escasez. Saber eso es, a la larga, saber cuándo los loros comen bien.