Diecisiete guacamayas y una cheja en los alrededores
La mañana del 2 de abril llegó con más color del esperado. En los alrededores del santuario, alguien contó diecisiete guacamayas y una cheja moviéndose por la zona — un avistamiento que no pasa desapercibido aunque el día esté ocupado en otras cosas. Alejandro lo registró al día siguiente, con la economía de palabras de quien sabe que los números hablan solos.
Dentro del aviario, dos guacamayas rojas (Ara macao) se tomaban su tiempo frente a las bandejas del desayuno: trozos de tomate, pepino, semillas de girasol. Detrás de la malla metálica, las buganvilias rosadas florecían como si también quisieran participar. Un poco más allá, en el área donde todavía se levantan los marcos de madera del nuevo recinto, dos guacamayas azul y amarillo (Ara ararauna) se habían instalado sobre una percha improvisada. Una de ellas abrió las alas de par en par bajo el sol de la mañana, sin apuro, como midiendo el espacio que tiene por delante.