Empezar de cero en lo alto del roble
Omar Enrique Berdugo Cabeza hacía su ronda habitual en la Fundación Loros cuando levantó la vista hacia el roble y notó algo que no cuadraba: el nido de la pareja de chejas estaba vacío. Las abejas africanas se habían adelantado, colonizando el interior con sus huevecillos y obligando a la pareja a retirarse. Pero la historia no terminó ahí. Pasados los días, una vez retirada la invasión, las chejas regresaron. Sin aspavientos, sin rodeos, volvieron a su roble y comenzaron de cero, como si el tiempo perdido fuera simplemente parte del oficio de anidar.
Más abajo en la reserva, otra pareja escribía su propio capítulo. La guacamaya B29 salió temprano en busca de alimento mientras su compañera, la B127, esperaba asomada a la ventana del nido, aireándose en la quietud de la mañana. Este no era el nido que les habían asignado originalmente — ese lo bajaron para restaurarlo y, cuando lo devolvieron al roble, la pareja simplemente lo rechazó. Encontraron otro y allí se quedaron, tan resueltas como las chejas, demostrando que en la Fundación Loros la terquedad y la vida a menudo son la misma cosa.