Ocho plantas y una papaya arrancada a mano
Corina conoce el sector Casa Guardianes como si fuera su propio patio. Esta tarde llegó acompañada de cuatro visitantes y los fue llevando de planta en planta: primero el limón, luego la piña con sus hojas puntiagudas apuntando al cielo, después la hierba limón que suelta su olor apenas uno la roza. Más adelante, el marañón con sus frutas amarillas y rojas colgando al sol, la poma rosa, el caimito, la guama y el cilantro de monte, esa mata pequeña y discreta que huele a todo lo que su nombre promete.
Los turistas no solo miraron. Olieron, tocaron, probaron. Y cuando llegaron a la papaya, no se conformaron con recibirla cortada: la arrancaron ellos mismos del árbol, con las manos. Ese momento —el peso de la fruta madura, el látex blanco en los dedos, el sol de las tres de la tarde cayendo entre los árboles— es difícil de explicar desde afuera. Corina dice, sin rodeos, que les gustó. Y en ese «les gustó» cabe todo.